Garibaldi en América, segunda parte: Uruguay 1841-1848

Garibaldi 1861

Tras sus aventuras en Brasil, en las que comenzó a forjarse como líder revolucionario, actuando como corsario, y oficial del ejército, al servicio de la República de Río Grande del Sur, Garibaldi se encaminó, en 1841, a Uruguay, en busca de nuevos horizontes. En aquellos momentos, el país estaba inmerso en la denominada Guerra Grande (1839-1851), un conflicto civil entre los blancos del ex presidente Manuel Oribe, y los colorados de Fructuoso Rivera, el nuevo presidente, al que Garibaldi decidió apoyar, ofreciéndole sus servicios como mercenario. Entre 1842 y 1848, Garibaldi combatirá por mar y tierra en este arduo conflicto, obteniendo, con sus victorias y derrotas, una gran experiencia como líder militar, que, a la larga, le sirvió para retornar a Italia ya como todo un veterano, y dar comienzo a su lucha por la independencia de su país. La forja de América convirtió a Garibaldi en el gran líder que fue posteriormente: el “Héroe de los dos Mundos” (el viejo y el nuevo).

 

1 – Llegada a Montevideo y primeros pasos en el país.

En 1841, Garibaldi, con 34 años por entonces, partió de Río Grande del Sur acompañado de su pareja Anita Garibaldi (Ana María de Jesús Ribeiro da Silva), su joven hijo Menotti, nacido el año anterior y, lo más curioso, de un cuantioso rebaño de ganado, cifrado en unas 900 cabezas, en el que había invertido su dinero. Sin embargo, su inexperiencia como ganadero, y la traición de varios de los conductores de ganado contratados, que se dedicaron más a robarle que a ayudarle, ocasionaron que perdiera la mitad de su rebaño al cruzar el Río Negro (Uruguay). Tras lo cual, viéndose incapaz de continuar camino con el resto de reses, opto por venderlas, o sacrificarlas para vender sus pieles, y seguir camino con el dinero obtenido. Tras pasar por San Gabriel (departamento de Florida), en donde trabó amistad con un inmigrante italiano llamado Francesco Anzani (1809-1848), que combatirá en sus filas posteriormente, Garibaldi consigue llegar finalmente a Montevideo a mediados de junio de 1841, pasando a hospedarse con su familia en casa de su amigo Napoleón Castellini. Para ganarse la vida y mantener a su familia, Garibaldi trabajó los primeros meses como profesor de matemáticas en el colegio de Pablo Félix Semidei, ubicado en la calle Rincón número 93, y como “corredor de mercancías”, equivalente hoy en día a lo que sería un comercial o viajante…Cualquier otra persona se hubiera conformado con esa vida tranquila y modesta, pero sin embargo, Garibaldi era un hombre de acción y ansiaba volver a combatir en defensa de sus ideales. La oportunidad se le presentará cuando el gobierno de Montevideo, inmerso en la Guerra Grande (1839-1851), le elija, a comienzos de 1842, para sustituir al comodoro estadounidense John Halstead Coe (1806-1864), al mando de la escuadra gubernamental, otorgándole, como buque insignia, la corbeta Constitución, de 18 cañones. Con dicha nave, y el apoyo del bergantín Pereyra, de 11 cañones, y la goleta Prócida, de 5 cañones, realizará sus primeras acciones militares en Uruguay. No obstante, y antes de entrar en detalle en las operaciones militares de Garibaldi, hay que contextualizar el nuevo conflicto en el que participaría: la Guerra Grande.

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El interior de la casa de la familia Garibaldi en Montevideo

2 – El contexto: la Guerra Grande, 1839-1851.

La denominada Guerra Grande fue un conflicto bélico que afectó a Uruguay, y gran parte de Argentina, entre 1839 y 1851. Sus orígenes se remontan a la rivalidad enconada entre los dos principales líderes políticos de Uruguay: José Fructuoso Rivera (1784-1854), primer presidente del país, y su sucesor: Manuel Oribe (1792-1857), fundador del partido blanco, o nacional. Un conflicto de carácter personal, y, al mismo tiempo, ideológico, entre dos puntos de vista opuestos: los blancos de Oribe eran nacionalistas, desconfiaban de las potencias extranjeras y tenían su apoyo en el mundo rural; más conservador, y partidario de las tradiciones nacionales, mientras que, por otra parte, los colorados de Rivera eran cercanos al liberalismo político europeo , tenían sus bases en las grandes ciudades, especialmente en Montevideo, y eran partidarios de abrir los mercados al comercio internacional (capitalismo en ciernes).

Esta rivalidad política pasaría a convertirse en conflicto abierto cuando Rivera, junto con sus partidarios del partido colorado, decide levantarse en armas, en julio de 1836, contra la presidencia de Oribe. A mediados de 1838, Rivera, que contaba con el apoyo de la República de Río Grande del Sur, y del general Juan Lavalle (1797-1841), uno de los principales líderes del partido unitario argentino, consiguió derrotar a las tropas de Oribe en la Batalla de Palmar (15 de junio de 1838). Esta derrota obligó posteriormente a Oribe a dejar el gobierno y exiliarse en Buenos Aires, en donde contaba con el apoyo de los federalistas del gobernador Juan Manuel de Rosas (1793-1877), principal artífice de la agrupación de provincias federales en la denominada “Confederación Argentina” (1835-1852).

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Fructuoso Rivera (1784-1854) a la izquierda, y Manuel Oribe (1792-1857), a la derecha. Fuente: retratos de la época obtenidos en Wikimedia Commons .

Este conflicto nace pues como una lucha política por obtener el poder en Uruguay, pero que se complicará progresivamente al interrelacionarse con el conflicto civil entre federalistas y unionistas en Argentina. A esto, se suma la intromisión de potencias extranjeras: Francia, buscando, prepotentemente, ejercer influencia en la zona, había exigido al gobierno federal argentino que eximiera a sus súbditos del servicio militar, y, ante la negativa de Rosas, decidió bloquear con su escuadra Buenos Aires, y el Río de la Plata, entre marzo de 1838 y octubre de 1840. Un bloqueo que en realidad buscaba que la Confederación Argentina otorgase a Francia derechos comerciales preferentes, y, de paso, evitar que Rosas pudiera ayudar militarmente a Oribe. La escuadra francesa también apoyó directamente a Rivera, bloqueando Montevideo, y, además, amenazando y presionando a Oribe para forzarle a abandonar la presidencia. Este apoyo francés a Rivera no era gratuito, ya que en el fondo lo que buscaba era obtener también derechos comerciales preferentes con Uruguay, y que el Río de la Plata quedase completamente abierto al comercio francés. Otra potencia extranjera que, a partir de 1845, intervendrá en el conflicto será Inglaterra. El gobierno británico decidió enviar una escuadra para proteger sus intereses comerciales y financieros en el Río de la Plata y, dar su respaldo a Fructuoso Rivera. A lo largo del conflicto, la escuadra anglo-francesa combatirá contra Rosas y Oribe, siendo decisiva para evitar la derrota de Rivera, pero finalmente, incapaces de someter a Rosas, ambas potencias firmarían acuerdos de paz con la Confederación Argentina. Finalmente, a mediados de 1850, cuando parecía que la alianza Oribe-Rosas se alzaría victoriosa, el Imperio de Brasil decide intervenir en el conflicto, forjando una alianza con los sucesores de Rivera, en el gobierno colorado de la Defensa, de Montevideo, y con Justo José de Urquiza, gobernador de la provincia argentina de Entre Ríos, que decide levantarse contra Rosas.

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Juan Manuel de Rosas (1793-1877). Fuente: retrato obtenido en Wikimedia Commons

En julio de 1851, el ejército de Entre Ríos, y el ejército imperial brasileño, invaden Uruguay y, sin apenas resistencia, destituyen a Oribe. Finalmente, el 8 de octubre de 1851 se firmó el armisticio que ponía fin a la Guerra Grande. Meses después, a comienzos de 1852, los ejércitos aliados invaden Buenos Aires y derrotan a Rosas, que se verá obligado a exiliarse en Inglaterra. El conflicto llegaba a su fin, aunque sus consecuencias perdurarán en el tiempo; especialmente: el intervencionismo y expansionismo del Imperio de Brasil a costa de sus vecinos.

En este confuso contexto, Garibaldi era un mercenario, pero un mercenario con ideales basados en el liberalismo, por ello siempre se puso del lado de los bandos que consideraba afines, en este caso; los colorados de Rivera.

3 – Primeras acciones militares: la expedición a Corrientes y la Batalla de Costa Brava.

Habíamos dejado a Garibaldi a bordo de la corbeta la corbeta Constitución preparando una expedición naval en la que contaría con el apoyo del bergantín Pereyra y la goleta de transporte Prócida. El objetivo de la expedición era transportar armas y municiones desde Montevideo hasta la provincia de Corrientes, Argentina (a unos 1.000 Km de distancia), con objeto de abastecer a las tropas de su gobernador: el general Pedro Juan Ferré (1788-1867). A comienzos de 1840, Ferré, a instancias del presidente Fructuoso Rivera, y del general Lavalle, había declarado la guerra a los federales de Juan Manuel de Rosas. Dos años después, a comienzos de 1842, tras sucesivos reveses militares, el ejército de la provincia de Corrientes había conseguido derrotar a los federales e invadir la provincia de Entre Ríos, pero, para continuar su campaña necesitaba pólvora y municiones.

Para abastecer a Ferré, la escuadra de Montevideo debía remontar el río Paraná, internándose en territorio controlado por el enemigo, lo cual hacía que la misión fuera sumamente peligrosa. Un hecho que no pasó desapercibido para Garibaldi, que, como se recoge en sus memorias, tenía la sensación de que algunos miembros del gobierno, y de la alta burguesía de la ciudad, querían librarse de su incomoda presencia. Ante el peligro real de no regresar con vida a Montevideo, y temiendo por la situación legal y financiera en que quedaría su familia tras su muerte, Garibaldi procede a casarse oficialmente con Anita el 26 de marzo de 1842 en la iglesia de San Francisco de Asís. De esta forma, en caso de muerte en acto de servicio, su familia recibiría una pensión del gobierno y no se vería abocada a la indigencia.

Finalmente, tras completar todos sus preparativos, la flotilla de Garibaldi se puso en marcha rumbo a Corrientes el 23 de junio de 1842. Dado lo arriesgado de la operación, y a la vista de su inferioridad numérica, Garibaldi decidió recurrir a un viejo subterfugio pirata: izar en sus naves la bandera de la Confederación Argentina para que éstas pasaran desapercibidas. Sin embargo, esta táctica (por la que posteriormente fue duramente criticado, siendo acusado de piratería) de poco le sirvió, ya que, tres días después, el 26 de junio, la escuadra fue descubierta por el enemigo cuando trataba de superar la isla de Martín García, una pequeña isla rocosa ubicada estratégicamente en la confluencia de los ríos Uruguay y Paraná con el estuario del Río de la Plata. La isla, ocupada por un destacamento federal al mando del coronel Francisco Crespo, contaba para su defensa con dos baterías de artillería, emplazadas en la costa, que abrieron fuego contra la escuadra de Garibaldi. Ante esta situación, Garibaldi ordenó al Pereyra y la Prócida que avanzaran a toda velocidad, para superar la isla cuanto antes, mientras la Constitución, más lenta, les cubría con sus cañones. Finalmente, tras un intenso intercambio de disparos, la escuadra colorada consiguió superar la isla sin sufrir daños graves, aunque Garibaldi hubo de lamentar la pérdida de uno de sus oficiales, un genovés apellidado Pocorobba, y de una decena de marineros muertos y heridos. Para colmo, a 3 millas de la isla, la Constitución encalló en un banco de arena. Para reflotar la nave, Garibaldi se vio obligado a aligerarla de peso, trasladando sus cañones, municiones, y otros objetos pesados a la goleta Prócida. Tras un día de arduo trabajo, el 27 de junio la Constitución se liberó y pudo continuar viaje, y en buen momento, ya que la potente escuadra federal argentina, comandada por el prestigioso almirante irlandés William Brown (1777-1857), héroe de la Guerra de Independencia de Argentina, había zarpado de Buenos Aires en su persecución, alertada por el combate de la isla de Martín García. Gracias a la oportuna aparición de una espesa niebla sobre el río, la escuadra de Garibaldi pudo zafarse de sus perseguidores e internarse en el delta del río Paraná.

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William (“Guillermo”) Brown, (1777-1857). Fuente Wikimedia Commons

Tras estos sucesos, la escuadra de Garibaldi comenzó a remontar el río en dirección a Corrientes, aprovechando el recorrido para actuar como corsarios y capturar algunas naves: el ballenero(o goleta) Joven Esteban y seis mercantes, que pasaron a incorporarse a su flotilla. A mediados de julio, recibe órdenes de enlazar con el ejército correntino, al mando del general Ferré, y entregarle los suministros de armas y municiones en su zona de operaciones, en la provincia de Entre Ríos. Para ayudarle en su tarea, y, además, proveerle de víveres, desde Corrientes se procede a enviar una flotilla de refuerzo, compuesta por balandro Caa-Guazú, al mando del teniente Alberto Villegas, y varias barcazas, que, tras apresar de camino un buque federal cargado con pólvora, conseguirá reunirse con la escuadra de Garibaldi el 6 de agosto, en Cabayú Cuatiá (La Paz). Una semana después, la escuadra de Garibaldi se vio forzada a detenerse, al encallar la Constitución en las proximidades de la isla Curuzú Chali. Sin poder seguir adelante, por los graves problemas de calado que sufrían sus naves mayores, la escuadra acabó fondeada en la zona de Costa Brava, entre las provincias de Corrientes y Entre Ríos. Allí varada, su escuadra era presa fácil, y acabó siendo descubierta por la flota federal de Brown, que se aprestó a combatirla. Sin escapatoria posible, a Garibaldi no le quedó más remedio que entablar combate. Ambas escuadras se enfrentarán finalmente en la Batalla de Costa Brava, librada entre el 15 y el 16 de agosto de 1842.

La escuadra de Brown, compuesta por el bergantín Echagüe, los bergantines-goleta: Americano, Republicano, y Vigilante, las goletas: 9 de julio, Argentina, Chacabuco, y Libertad, el místico Santafesino, y el cúter Federal, contaba con una amplia superioridad numérica sobre la escuadra uruguaya, que recordemos estaba compuesta por la corbeta Constitución, el bergantín Pereyra, la goleta-transporte Prócida, el balandro de Corrientes Caa-Guazú, el paquebote Joven Esteban y los otros seis mercantes capturados. Sin embargo, y pese a su superioridad, la escuadra federal sufría también de problemas de calado que complicaban su despliegue. Ante esta situación, Brown decidió evitar un ataque frontal y, en vez de ello, envolver al enemigo, enviando cuatro naves por el flanco izquierdo, y el resto por el flanco derecho. Las cuatro naves del flanco izquierdo serían remolcadas mediante sirga (tirando con sogas) por marinos desembarcados en tierra, para remontar así el río y aproximarse al enemigo. Mientras que, las naves del flanco derecho permanecerían fondeadas y atacarían desde lejos con disparos de cañón de larga distancia.

Para contrarrestar la maniobra de Brown, Garibaldi desembarcó a una parte de sus hombres con objeto de hostigar con su fuego a los “sirgadores” argentinos y detener su avance. A su vez, Brown desembarcó un centenar de hombres para que desalojasen a los tiradores de Garibaldi y que los remolcadores pudieran continuar su trabajo y colocar las cuatro naves en posición de disparo. Una vez en posición, ambos flancos pudieron atacar conjuntamente a la escuadra de Garibaldi, que, pese a todo, combatió valientemente durante todo el día. La llegada de la noche supuso una tregua en la batalla que Garibaldi aprovechó para hacer balance: su escuadra estaba cosida a cañonazos, había sufrido un gran número de bajas y comenzaban a escasear las municiones. La situación era desesperada, así que, sopesando sus opciones, Garibaldi decidió utilizar dos de los mercantes capturados como brulotes (barcos cargados de materiales incendiarios y explosivos que se lanzaban contra el enemigo con intención de incendiar sus naves y causar confusión). Sin embargo, la táctica fue desbaratada por Brown, que, alerta del peligro, envió a dos jóvenes oficiales, los valientes hermanos Mariano y Bartolomé Cordero, para desviar los brulotes hacia bancos de arena y, así, hacerlos encallar. Al fracaso de los brulotes se sumó el abandono de la lucha por parte del teniente Villegas y las tropas de Corrientes, que escaparon hacia la localidad de Esquina al amparo de la noche. Pero pese a todo, Garibaldi no se rindió y, al amanecer continuó la desesperada lucha. Finalmente, a las 14:00 horas, incapaz de continuar la lucha por falta de municiones, y por la gran cantidad de bajas sufridas, ordenó a sus hombres incendiar las naves, para evitar que cayeran en manos enemigas, y escapar a pie hacía Esquina, Corrientes, a donde llegará el 18 de agosto.

La dramática contienda se saldó con la pérdida de unos 160 hombres, entre muertos, heridos y prisioneros, entre las tropas de Garibaldi, por tan solo 20 muertos, y un número indeterminado de heridos, entre las tropas del almirante Brown. Además, la escuadra federal recapturó cinco de los seis mercantes apresados por Garibaldi, y el paquebote Joven Esteban. (Curiosamente, y como anécdota aparte, el Joven Esteban era propiedad del comerciante catalán Esteban Rams y Rubert (1805-1867) y transportaba las cenizas de su difunta esposa. Gracias a Brown pudo recuperar su nave y los restos de su esposa. Posteriormente, el agraviado Esteban Rams se unirá al ejército federal argentino en su invasión de Uruguay.)

Pese a haber peleado valientemente, “a cara de perro”, la derrota sufrida por la escuadra de Garibaldi era total. Sin más opciones, Garibaldi y los supervivientes emprendieron el largo camino de regreso a Montevideo.

Meses después, el 6 de diciembre de 1842, las fuerzas de Rivera y sus aliados de Corrientes fueron derrotados por Oribe y los federales en la Batalla de Arroyo Grande, librada en la provincia de Entre Ríos. La derrota puso fin a la ofensiva sobre Entre Ríos, y obligó a Rivera a replegarse a Uruguay. Además, el ejército de Corrientes quedó desbandado y, una semana después, la provincia cayó en manos federales, quedando pacificada momentáneamente su rebelión contra Rosas. Tras esta victoria, Manuel Oribe se dispuso a recuperar el poder y, apoyado por sus aliados federales, cruzó con su ejército el río Uruguay, rumbo a Montevideo.

El 16 de febrero de 1843, el ejército de Oribe, compuesto por unos 7.000 hombres, puso bajo asedio Montevideo, cuya defensa quedó a cargo del general argentino José María Paz (1791-1854), un líder capaz, que había tenido varios éxitos contra los federales en el frente de Corrientes-Entre Ríos, hasta que los celos del gobernador Ferré le hicieron abandonar la campaña y refugiarse con su familia en Montevideo. Por otra parte, Fructuoso Rivera trataba de reagrupar sus fuerzas en el interior del país para combatir a los aliados de Oribe: el ejército de federales argentinos, comandado por Justo José de Urquiza (1801-1870), el nuevo gobernador de Entre Ríos, encargado de pacificar el resto de Uruguay. Ante esta compleja situación, Garibaldi, que había logrado retornar a Montevideo a comienzos de año, decide organizar un cuerpo de voluntarios italianos; la Legión Italiana, para ayudar a la defensa de la ciudad frente a las tropas de Oribe.

4 – La Legión Italiana.

En 1843, Montevideo tenía una población de 31.000 habitantes, de los que más del 60% eran extranjeros: 3.170 argentinos y 15.252 inmigrantes europeos, de los cuales, los grupos más numerosos eran de franceses (5.324), italianos (4.205) y españoles (3.406). Dada esta situación, la implicación de la población inmigrante para la defensa de la ciudad era vital. Por ello, de entre los principales grupos de extranjeros se constituyeron legiones de voluntarios para la defensa de la ciudad. Los exiliados unitarios argentinos constituirán la Legión Argentina, comandada por Martín de Gainza (1815-1888), mientras que entre los europeos, el grupo más numeroso será el de la Legión Francesa, compuesta por 2.500 voluntarios al mando de un antiguo oficial napoleónico: Jean Chrysostome (Juan Crisóstomo) Thiébaut (1790-1851). Los españoles por su parte reunirían unos 700 hombres que se integraron en dos batallones de voluntarios: el Batallón de Extramuros al mando del coronel José Neira, y el Batallón Los Aguerridos, este último compuesto casi exclusivamente por vascos, al mando del coronel José Guerra (1784-1867). Por último, los italianos formarían la Legión Italiana, compuesta inicialmente por 400 voluntarios, que en poco tiempo se elevarían a 800 con la llegada de más inmigrantes italianos. Garibaldi, en vista a sus méritos y experiencia sería el elegido para comandar la unidad, otorgándole el rango de coronel.

Haciendo un paréntesis, cabe mencionar aparte el peculiar caso del Batallón de los Aguerridos, ya que a pocos días de iniciado el asedio, la noche del 22 de febrero de 1843, gran parte de sus componentes, de origen vasco, desertaron en masa y se pasaron al enemigo mientras estaban destinados extramuros, en misión de escucha y forrajeo. Según algunas fuentes, muchos de estos vascos eran carlistas que habían emigrado a Uruguay tras perder la guerra contra los liberales del gobierno de España, y, por tanto, tenían una ideología conservadora que les hacía ser más afines a Oribe que a Rivera. A estas diferencias ideológicas se sumó el descontento por el reclutamiento forzoso de muchos de ellos y el que a sus oficiales no se les reconociera el rango que habían tenido previamente en España. Con este caldo de cultivo solo bastaron las encendidas arengas del capellán del batallón, el cura Domingo Ereño y Larrea, para que decidieran pasarse en masa al enemigo. A partir de entonces formarían parte del Batallón de Voluntarios de Oribe u Oribe Erri. Esta unidad, de vascos carlistas, comandada por el coronel Ramón de Artagaveytia (1796-1852) y por el teniente coronel Lesmes de Bastarrica (1807-1881), tendría una actuación muy destacada durante el resto del conflicto, llegando sus mandos a convertirse en asesores y consejeros del presidente Oribe.

Volviendo con Garibaldi hay que destacar que dedicó los primeros meses del asedio organizando e instruyendo a su Legión Italiana, convirtiendo la amalgama de compañías improvisadas de voluntarios civiles en una verdadera fuerza de combate. Constituida oficialmente el 20 de abril de 1843, la Legión Italiana estaría finalmente compuesta por tres batallones de infantería al mando de Danuzio, Ramella y Mancini. Su instructor, y segundo al mando, sería Francisco Anzani. Como distintivo, la unidad portaría una bandera negra con el Vesubio en erupción, diseñada por Garibaldi, al igual que los uniformes de los legionarios: camisa roja con pantalón blanco, correajes negros y gorras rojas o azules (el mismo patrón que repetiría posteriormente con sus célebres Camisas Rojas en Italia). Por último, cabe destacar que en sus memorias Garibaldi afirma que los voluntarios no recibían paga del gobierno, solo alimentos para su manutención y que, a cambio de su servició, el Gobierno de la Defensa, se comprometía a dotar de tierras y animales a los supervivientes, al término de la contienda.

Legion Italiana
Garibaldi y voluntario de la Legión Italiana. Biblioteca Militar de Barcelona.

Una vez adiestrada y preparada, la Legión Italiana entró finalmente en combate el 2 de junio de 1843, participando en un asalto contra las líneas federales. Sin embargo, la actuación de los legionarios dejó mucho que desear, solo avanzó el batallón de Danuzio mientras que los otros dos batallones, cobardemente, se quedaron atrás. Esta mala actuación provocó las burlas de otros voluntarios y que Garibaldi, picado en su orgullo, decidiera asaltar de nuevo las líneas enemigas el 10 de junio, encabezando una ofensiva que tenía como objetivo atravesar las posiciones enemigas y alcanzar el Cerrito de la Victoria, en donde estaba emplazado el campamento principal enemigo y en donde Manuel Oribe había instalado su gobierno. En este nuevo asalto, los legionarios italianos actuaron valientemente, lavando su orgullo y ganándose los elogios del Ministro de Guerra del Gobierno de la Defensa; el coronel Melchor Pacheco.

La siguiente batalla en el que destacarán Garibaldi y sus legionarios ser el Combate de Tres Cruces, librado el 17 de noviembre del 1843. El combate comenzó al mediodía, cuando el coronel, de origen gallego, José Neira, jefe de las tropas de vanguardia, ordenó a sus hombres ocupar la línea de avanzada enemiga, logrando desalojar a sus ocupantes. Viendo una posibilidad de avance tras este éxito, Neira decidió continuar el ataque sobre las líneas enemigas atacando con 30 hombres en formación dispersa (o de guerrilla) la posición de Tres Cruces. Sin embargo, tras un breve combate, Neira fue derribado de su caballo blanco por un certero disparo de fusil enemigo, cayendo muerto. Al verlo, los soldados de Oribe salieron de sus posiciones para capturar el cadáver, con la intención de usarlo como trofeo (algunas fuentes señalan que querían decapitarlo y colocar su cabeza sobre una estaca en el Cerrito). Sin embargo, 13 soldados de vanguardia, comandados por el alférez José María Ortiz, consiguieron defender el cadáver de su apreciado comandante durante un buen tiempo, aunque la llegada de refuerzos enemigos hacía presagiar lo peor. Incapaz de dejar a esos valientes a su suerte, y preso de indignación por la falta de respeto al oficial caído, Garibaldi, se lanzó al ataque sable en mano, cargando a la cabeza de sus legionarios, con intención de recuperar el cadáver y evitar que fuera mancillado por el enemigo. El furioso ataque a la bayoneta de los italianos obligó a huir al enemigo, que solo pudo reagruparse tras alcanzar sus líneas y recibir apoyo de la artillería. Impertérritos, los impulsivos italianos continuaron el ataque, pero la apresurada llegada de refuerzos enemigos les colocó en una peligrosa situación ante su inferioridad numérica. La situación podía haber sido crítica si en auxilio de Garibaldi no hubieran acudido refuerzos aliados, en concreto; los batallones Nº 4 y Nº 5 de infantería de línea (compuestos por esclavos negros liberados) y la Legión Argentina. Tras ocho horas de cruento combate, y con el objetivo cumplido, ya que uno de los oficiales de Garibaldi, el capitán Luis Bottaro, había conseguido recuperar el cadáver de Neira, los italianos pudieron destrabarse del combate y retornar a Montevideo con la cabeza bien alta.

Tras este combate, el resto del año pasó sin grandes acontecimientos. A comienzos de 1844, Oribe recibió una petición de Urquiza para que le enviara refuerzos con los que acabar definitivamente con Rivera, que seguía activo en la campiña de Uruguay, con su ejército hostigando a los federales y tratando de abrir una vía de aprovisionamiento terrestre hasta Montevideo. La mengua de efectivos en el ejército de Oribe motivó a los defensores a realizar una salida, el 24 de abril de 1844, con objeto de atacar las posiciones enemigas con dos fuerzas realizando un movimiento envolvente. Sin embargo, la falta de coordinación de los atacantes le permitió a Oribe derrotarlos por separado. El combate acabó con una retirada apresurada, quedando Garibaldi y sus hombres a cargo de cubrir la retaguardia, el puesto de mayor peligro, y que dice mucho sobre la confianza que tenían los mandos en sus capacidades de liderazgo.

Sin embargo, y pese a sus esfuerzos, dos meses después Garibaldi volvería a sufrir un serio golpe con la deserción de sus dos principales oficiales subalternos: el coronel Mancini y el mayor Danuzio. Ambos comandantes de batallón aprovecharon un ataque realizado el 28 de junio 1844 contra las líneas enemigas para pasarse al enemigo junto con una veintena de sus hombres. Esta acción generó todo un escándalo en Montevideo y puso en entredicho la lealtad de los voluntarios italianos. Sin embargo, gracias a los servicios prestados con antelación, y al apoyo decidido de otros mandos militares, como el comandante Thiebaut, se pudo restablecer la confianza en Garibaldi y los suyos.

Ese mismo mes, el general José María Paz abandonó la ciudad con la intención de retornar a la provincia argentina de Corrientes y unirse a una nueva insurrección contra Rosas, que encabezada por los hermanos Madariaga se había hecho con el control de la provincia y había iniciado una ofensiva contra la provincia vecina de Entre Ríos, aprovechando que, como hemos visto antes, el gobernador provincial, Justo José de Urquiza, estaba con sus tropas en Uruguay, persiguiendo a Rivera. A finales de año, Paz llegó a Corrientes y se incorporó a ese segundo frente que se había abierto en la contienda. Ante esta situación, a Urquiza se le acababa el tiempo, debía acabar definitivamente con Rivera para poder regresar a su provincia y reinstaurar el orden. Por otra parte, también era la ocasión perfecta para que Rivera pudiera librarse de la persecución de sus enemigos y avanzar hasta Montevideo para levantar el sitio. Sin embargo, finalmente sería Urquiza quien logro cumplir con sus objetivos estratégicos: derrotó a Fructuoso Rivera en la Batalla de India Muerta, el 27 de marzo de 1845, y pudo retornar a Entre Ríos para defender su provincia y, además, poner fin a la sublevación de Corrientes. Rivera, tras la derrota huyó a Brasil, en donde quedó preso durante unos meses por su apoyo a la Revolución Farroupilha, de Río Grande del Sur. Dos años después regresará a Uruguay para continuar la lucha contra Oribe.

Mientras tanto, Montevideo veía agravada su situación tras la derrota de Rivera, ahora, el enemigo, libre de la amenaza de un ejército a su retaguardia, podía concentrar todos sus recursos en el asedio de la ciudad. Parecía que se aproximaba el fin de la resistencia de la ciudad, sin embargo, una circunstancia inesperada cambiaría los acontecimientos y aliviaría su situación: la intervención de la escuadra anglo-francesa.

4 – Garibaldi pasa a la ofensiva.

A comienzos de agosto de 1845, viendo peligrar sus intereses económicos ante la posibilidad de que Montevideo cayera finalmente en manos de Oribe, la flota anglo-francesa decidió intervenir militarmente para levantar el bloqueo naval que ejercía sobre la ciudad la escuadra de la Confederación Argentina. Ante el ataque anglo-francés, el almirante Brown se vio obligado a capitular y entregar sus naves. El apoyo de la flota extranjera permitió a Garibaldi, comandante en jefe de la flota de la Defensa, salir por fin del puerto de Montevideo y pasar de nuevo a la ofensiva. Para ello, en poco tiempo preparó una expedición militar, compuesta por 18 naves y 323 hombres, con la que zarpó para incursionar en territorio enemigo. El 31 de agosto, la flota de Garibaldi conquistó la ciudad de Colonia del Sacramento (Uruguay), a lo que se sumó la posterior ocupación, sin oposición, de la estratégica isla de Martín García, el 5 de septiembre de 1845. Tras esto, y mientras la escuadra anglo-francesa se encarga de hostigar las baterías costeras federales, con objeto de mermar progresivamente sus defensas, y poder bloquear sin oposición los puertos de la Confederación Argentina, la expedición de Garibaldi se internará en el río Uruguay para continuar sus operaciones militares contra los federales, capturando a su paso varios mercantes enemigos cargados de valiosos cueros y pieles que remitió a las autoridades de Montevideo. El 19 de septiembre, un destacamento de la flotilla asaltó, y conquistó por sorpresa, aprovechando la oscuridad de la noche, la villa de Gualeguaychú, en Entre Ríos, capturando 3 cañones, municiones, 80 fusiles, y 150 caballos. Posteriormente, el 3 de octubre de 1845, los hombres de Garibaldi conquistarán, sin apenas oposición, la importante ciudad de Salto (Uruguay). Dado su valor estratégico, y sus cualidades defensivas, la ciudad será ocupada permanentemente por las tropas de Garibaldi, quedando a la espera de ser relevados por otras unidades del ejército colorado.

La guarnición del ejército blanco en Salto, comandada por el coronel Manuel Lavalleja (1797-1852), se había retirado en un primer momento, sin presentar batalla (quizás pensando que los colorados abandonarían la ciudad tras saquearla), y quedó acampada en la margen izquierda del arroyo Itapebí, a la espera de refuerzos con los que contraatacar y retomar la ciudad perdida. Sin embargo, Garibaldi no pensaba darles esa oportunidad, y, tras recibir como refuerzo un contingente de caballería de 150 voluntarios locales, al mando del hacendado británico José Mundell, decidió atacar el campamento de Lavalleja.

El 25 de noviembre de 1845, en el conocido como Combate del Arroyo Itapebí, las tropas de Garibaldi derrotaron por completo al enemigo. Tras su victoria, los colorados de Garibaldi capturaron a más de 100 prisioneros, 500 caballos, un cañón, y numerosos carros de aprovisionamiento, armamento, y municiones. Gracias a esta victoria, que eliminó de presencia enemiga la zona, pudo arribar a la ciudad, el 29 de noviembre, un destacamento de 200 jinetes de caballería, al mando del coronel Bernandino Báez. Estos refuerzos serán de gran ayuda para Garibaldi y la guarnición de Salto, cuando días después, las tropas federales de Urquiza, que estaban en marcha hacia la provincia de Entre Ríos, lleguen ante la ciudad y la pongan bajo asedio.

El 6 de diciembre, Urquiza lanzó a sus tropas al ataque contra Salto, pensando que con su superioridad numérica (tenía un ejército de más de 3.000 hombres) conquistaría fácilmente la ciudad. Sin embargo, la tenaz resistencia de Garibaldi y sus legionarios obligó a los federales a suspender el asalto y replegarse, tras sufrir cuantiosas bajas. Ante este revés, Urquiza decidió continuar el asedio durante algunas semanas hasta que, cansado de esperar a que la ciudad se rindiera, el 22 de diciembre reemprendió la marcha con su ejército, dejando en la zona un contingente de 300 hombres, al mando del coronel Vergara, con órdenes de mantener la ciudad bajo vigilancia.

Decidido a eliminar la presencia enemiga en la zona, el 8 de enero Garibaldi decidió lanzar un ataque por sorpresa con su caballería contra el contingente del coronel Vergara. El enemigo no se esperaba la súbita y arrolladora carga de los jinetes de Báez contra su posición y fueron completamente derrotados, sufriendo un gran número de bajas. Tras esta victoria, Salto quedaba momentáneamente libre de amenazas. Esta circunstancia fue aprovechada por el general Medina, asilado en Río Grande del Sur, Brasil, para dirigirse con 220 hombres hacía Salto, con la intención de retornar a Uruguay y sumarse a la lucha.

Por otra parte, ante estos últimos reveses, Oribe y sus aliados federales decidieron enviar un nuevo ejército a la zona, bajo el mando del general Servando Gómez y que estaría compuesto por diversos contingentes uruguayos y argentinos, entre ellos el célebre batallón de Patricios de Buenos Aires. En total una fuerza de 1.250 hombres, que tenía como principal objetivo retomar la ciudad de Salto.

Mientras el ejército blanco/federal se aproximaba, Garibaldi recibió un mensaje de Medina que le comunicaba su próxima llegada a Itapebí y le solicitaba que, en caso de ataque, le auxiliara con sus fuerzas. Respondiendo a esta petición, al amanecer del 8 de febrero Garibaldi salió a campo abierto, en dirección a Itapebí, con un destacamento compuesto por cuatro compañías de infantería de la Legión Italiana (200 hombres), y dos compañías de caballería (100 hombres), comandadas por el coronel Báez: la 1º compañía, de tiradores a caballo, y la 2ª compañía, de lanceros. Su intención, era ocupar los altos cercanos al arroyo de San Antonio para proteger desde allí la llegada de las tropas del general Medina. Sin embargo, antes de que llegara Medina, se toparon con una avanzadilla del ejército federal de Gómez, que avanzaba para ocupar la zona. Comenzaba la que pasaría a la posteridad como Batalla de San Antonio (8-2-1846).

Ante esta circunstancia, y dada la gran superioridad numérica del enemigo, Garibaldi tomó posiciones con su infantería en el cobertizo de un saladero abandonado cercano, la tapera de don Venancio. Para reforzar esta posición defensiva el coronel Báez ordenó a su compañía de tiradores a caballo desmontar y unirse a la infantería, mientras que él, tratando de ganar tiempo, dirigió a la compañía de lanceros en una carga contra la caballería enemiga, que, con 300 jinetes, le superaba ampliamente en número. Tras un breve e intenso combate, en el que perdió 18 hombres, Báez se vio finalmente obligado a replegarse. Mientras la caballería se enfrentaba entre sí, la infantería enemiga, compuesta por 900 hombres, avanzaba contra las posiciones de Garibaldi, que, con tan solo unos 250 hombres, tuvo que hacer frente a su arremetida.

Al comienzo del combate, mientras la infantería enemiga rodeaba su posición, Garibaldi fue derribado al caer abatido su caballo blanco por los disparos enemigos, impertérrito, se levantó, tomó un fusil y se dispuso, hombro con hombro junto a sus hombres, a rechazar la carga enemiga. Hora tras hora se sucedieron las cargas enemigas, mientras las municiones se agotaban y los caídos se apilaban sobre la posición, pero los bravos italianos no cedieron y mantuvieron su posición a lo largo de todo el día. Con la caída de la noche, el combate comenzó a perder intensidad y Garibaldi aprovechó la ocasión para retirarse con sus tropas hacía Salto. En el combate la Legión Italiana había sufrido 30 muertos y 53 heridos, pero había aguantado su posición a lo largo del día contra un enemigo casi diez veces más numeroso, causándole además 156 muertos y más de 200 heridos. Esta humillante derrota impidió a los federales cortarle el paso al general Medina, que, dos días después, consiguió por fin entrar con sus tropas en la ciudad de Salto. Otro efecto de la derrota, fueron las disensiones y reproches mutuos de cobardía entre el contingente federal, llegando a comentarse que durante la batalla el general Gómez había mostrado un carácter indeciso, supuestamente por haber estado bajo los efectos del alcohol.

Cuando se tuvo noticias en Montevideo del duro combate protagonizado por Garibaldi y sus hombres, el gobierno de la Defensa lo ensalzó como una gran victoria y, el día 25 de febrero se decretaron diversas medidas en reconocimiento al valor de los voluntarios italianos, entre ellas la incorporación a su bandera de la siguiente inscripción conmemorativa: “Hazaña del 8 de febrero de 1846, realizada por la Legión Italiana, a las órdenes de Garibaldi”. Además, el gobierno decidió ascender a Garibaldi al grado de Coronel Mayor, aunque este rehusó, pidiendo en lugar de eso que se recompensara a las familias de los voluntarios que hubieran resultado mutilados o que hubieran muerto. La Batalla de San Antonio fue el último episodio importante en las aventuras de Garibaldi en Uruguay.

En julio, Garibaldi y sus hombres fueron relevados por las tropas del coronel Santiago Artigas Cuenca (hijo del famoso libertador José Gervasio Artigas), emprendiendo, a bordo de su flotilla naval, el camino de regreso a Montevideo, a donde arribaron el 4 de setiembre de 1846. Meses después, el 9 de enero de 1847, Salto cayó en manos de los federales, tras 15 horas de furioso combate, en el que las tropas del coronel Servando Gómez pudieron cobrarse venganza por la humillación sufrida en la Batalla de San Antonio.

De regreso a Montevideo, Garibaldi vivió los meses más tediosos de una guerra que se había enquistado, sin que ningún bando pudiera conseguir la victoria. A esto, se sumaba el conflicto abierto entre el gobierno de la Defensa y Fructuoso Rivera, que, tras un breve retorno al poder, acabó siendo derrotado por los federales y, finalmente, desterrado por el gobierno de la Defensa a Brasil. Dos factores: la rebelión de Urquiza contra Rosas y la intervención brasileña, pondrán definitivamente final a la Guerra Grande el 8 de octubre de 1851. Lo más curioso, es que ninguno de los dos rivales políticos que iniciaron el conflicto: Manuel Oribe y Fructuoso Rivera, consiguió finalmente hacerse con el poder en Uruguay.

Antes de todo esto, Garibaldi, cansado de politiqueos y de la guerra, decidió regresar a Europa, acompañado de Anita y sus hijos: Menotti (1840-1903), nacido en Brasil, Teresa (1845-1903), y Ricciotti (1847-1924), nacidos en Uruguay. Su otra hija nacida en Montevideo, Rosita (1843-1845), había muerto trágicamente durante un incendio en su dormitorio, en el que también falleció su niñera.

El 28 de marzo de 1848, Garibaldi zarpó de Montevideo rumbo a Niza. En el viaje le acompañaban su secretario personal, Andrés Aguilar, y un puñado de voluntarios italianos y uruguayos, apenas 100 hombres, entre los que se encontraba su inseparable amigo Anzani (que, ya enfermo, moriría de Tisis en Génova, poco tiempo después de arribar a Europa). Según sus memorias, Garibaldi pretendía con su retorno: “secundar la Revolución allí donde ya se hubiese pronunciado en armas y suscitarla en los Abruzzos y otros lugares donde permanecía todavía en estado de gestación…“. Se refería a la Revolución de 1848 en Italia, que dio lugar a la primera guerra de independencia italiana. Llegaba la hora de comenzar la liberación y unificación del país, un episodio en el que Garibaldi sería pieza fundamental.

5 – Conclusión:

Se puede decir que el paso de Garibaldi por la Guerra Grande no dejó a nadie indiferente. Alabado como un héroe por el gobierno colorado y sus aliados unitarios, fue odiado y repudiado por blancos y federales, que le acusaron de actuar como un pirata y permitir a sus hombres saquear poblaciones y robar a civiles. La victoria del liberalismo permitió que su figura fuera reivindicada en el Río de la Plata, erigiéndose sendas estatuas en su honor, en las capitales: Buenos Aires y en Montevideo, y monumentos conmemorativos en otras ciudades como Salto, La Plata, ect…

Personalmente, creo que estas experiencias en América sirvieron para forjar al héroe, al hombre que nunca se rendía, y para reafirmar su ideología, conociendo de primera mano el pensamiento de los grandes libertadores americanos. Por ejemplo, hay que destacar su admiración por Simón Bolívar o por José Gervasio Artigas, de quien alababa su preocupación por los más desfavorecidos y su lucha por la justicia social.

Una buena comparación, no ideológica, sino de repercusión mundial en su época sería con Ernesto Che Guevara. Republicano, liberal, aventurero…Garibaldi fue, y siempre será: el héroe de dos mundos.

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Artículo relacionado: Garibaldi en América, primera parte: Brasil 1836-1841

Bibliografía:

Anales de la Defensa de Montevideo, 1842-1851, (Tomos 1, 2, 3 y 4), por Isidoro de María, publicado por Imprenta a vapor de El Ferro-Carril, Montevideo, 1884.

Memorias de Garibaldi, por G. Garibaldi y publicadas por Alejandro Dumas, 1860. Edición online de la Universidad de Nuevo León.

Los procesos inmigratorios en el Uruguay del Siglo XIX: visión de conjunto, un artículo de Juan Carlos Luzuriaga. Sociedad de Estudios Vascos, Montevideo, 2010.

Memorias militares del general Don Ventura Rodríguez, publicadas por el doctor Carlos Travieso en Montevideo Talleres gráficos A. Barreiro y Ramos. 1919. Consultado en la Biblioteca Nacional de España.

Páginas de Historia, por Bartolomé Mitre. Editado por elaleph.com. 2000.

Los extranjeros en la Guerra Grande, por Setembrino Pereda, publicado por el Siglo Ilustrado, Montevideo, 1904.

© 2017 – Autor: Marco Antonio Martín García
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