Patos Salvajes: Mercenarios Occidentales en el Congo, 1964-1967

Mercenarios en el CongoLos mercenarios occidentales tuvieron un papel muy destacado en los conflictos bélicos que sacudieron el Congo durante los años siguientes a su descolonización. Su fama y el romanticismo de sus vidas, reflejado en diversas novelas y películas como “Patos Salvajes”, esconden sin embargo una realidad muy distinta. La mayoría de estos hombres carecía de ideales o ética, y solo les movía un interés: el dinero. En una joven África, sacudida por las guerras de descolonización y en la que los ejércitos de las nuevas naciones emergentes eran poco más o menos que hordas de milicianos mal armados, los mercenarios eran, curiosamente, los únicos militares profesionales, y, gracias a su veteranía, podían incluso alterar el curso de una guerra. Los mercenarios, en definitiva, eran héroes a sueldo.

1 – La situación en el Congo: matanzas y caos.

En 1885, tras la Conferencia de Berlín, en la que las principales potencias europeas se repartieron África, el Congo pasó a ser propiedad personal del rey Leopoldo II de Bélgica. La colonización belga fue bastante benigna y consiguió perdurar en el tiempo hasta que, a finales de los años 50, el Congo, al igual que la mayoría de naciones africanas, inició su camino hacia la independencia. Bélgica no deseaba un conflicto armado en su colonia y por tanto, tras negociar con los principales movimientos políticos congoleños, les otorgó la independencia a cambio de que se constituyera un gobierno de unidad nacional, conformado por representantes de los principales partidos políticos (evitando así que pelearan por el poder), y de que se respetaran las propiedades de los ciudadanos europeos.

Tras este acuerdo, el Congo proclamó su independencia el 30 de junio de 1960. Sin embargo, casi de inmediato, comenzaron a aparecer graves conflictos entre las diversas tribus que habitaban el país. El ejército, encargado de velar por el orden público, se amotinó días después. Los soldados negros arrestaron a sus oficiales blancos y exigieron que fueran reemplazados por oficiales negros. La revuelta se fue incrementando, y los soldados amotinados tomaron las calles, atacando a la población blanca: saqueando y quemando sus propiedades y cometiendo atroces violaciones y asesinatos. Estas atrocidades causaron la indignación de la opinión pública en Bélgica y, el 8 de julio, el gobierno belga reaccionó enviando al Congo un contingente de soldados paracaidistas para proteger a los ciudadanos blancos y sus propiedades.

El caos en el país se agravó cuando días después, el 11 de julio, Moise Tshombe, gobernador de la provincia de Katanga, decidió separarse del resto del país y proclamó la independencia de esta región. Katanga era la principal zona minera del país y, por tanto, su independencia significaba para el Congo perder la principal fuente de ingresos del país. El primer ministro del Congo, Patrice Lumumba, creyó que la independencia de Katanga era una maniobra política del gobierno belga, que pretendía asegurarse de que sus empresas mineras continuaran explotando los yacimientos del país. Tras reunirse con el presidente Joseph Kasavubu, ambos acuerdan pedir ayuda a la ONU para restablecer la integridad territorial de su país.

El 13 de julio, la ONU decide enviar “cascos azules” al Congo, esta decisión, y sobre todo el respaldo de EEUU al gobierno congoleño (EEUU temía una posible intervención soviética en el país), obligaron a Bélgica a retirar a sus soldados del país. Sin embargo, Moishe Tshombe, el autoproclamado presidente de Katanga, impidió a los cascos azules entrar en su territorio y el apoyo militar que recibía del gobierno belga proseguiría, aunque de una forma más sutil: los intereses mineros belgas serían protegidos por mercenarios occidentales. Estos mercenarios eran un grupo de soldados franceses y belgas comandado por el coronel Roger Faulques, que, además de entrenar a los soldados de Tshombe, actuaron como tropas de choque, manteniendo a raya a las tropas de la ONU y defendiendo Katanga de los ataques del ejército congoleño.

Viendo que las tropas de la ONU no querían entrar en combate en Katanga y que su ejército solo era capaz de realizar tímidos avances en el territorio sublevado, el primer ministro Lumumba comienza a plantearse seriamente pedir ayuda a la Unión Soviética. Finalmente, tras el estallido en la provincia de Kasai de una nueva revuelta independentista, Lumumba recurre a la ayuda militar de la URSS. Esta decisión significará el final del propio Lumumba. El Congo era un país católico, y la llegada del comunismo choca frontalmente con las creencias y tradiciones de la mayoría de la población. Los ataques de Lumumba contra la Iglesia y las masacres cometidas por el ejército en la represión de la rebelión de Kasai, provocan un gran malestar entre la población. Ante el peligro de una sublevación popular, el presidente Kasavubu decide disolver el gobierno y destituir a Lumumba. Por su parte, Lumumba decide hacer lo propio con Kasavubu. El enfrentamiento entre Kasavubu y Lumumba parece estancarse en una especie de punto muerto hasta que un ex – sargento del ejército, Joseph Mobutu, reconvertido en Jefe del Estado Mayor del ejército, decide dar un golpe de estado incruento y destituye a Lumumba, poniéndolo bajo arresto. A continuación, el presidente Kasavubu expulsará del país a los asesores soviéticos, ganándose así el apoyo de EEUU y Occidente. Lumumba, arrestado y torturado por los hombres de Mobutu (será apaleado públicamente frente a los periodistas occidentales), fue, junto con varios de sus ministros, entregado a Katanga. Una vez allí, el presidente Tshombe decidirá librarse de él para siempre y ordenará su asesinato y el de varios de sus hombres de confianza.

Tras estos meses de turbulencias políticas, a comienzos de 1961 la situación en el Congo se puede calificar de absoluto caos. Los partidarios de Lumumba, que han abrazado abiertamente el marxismo, dominan varias zonas del país, mientras que en Katanga la rebelión continua gracias a los mercenarios franceses, los cuales son capaces de mantener a raya a las tropas de la ONU y de detener las ofensivas sobre su territorio de los hombres de Lumumba, y del ejército congoleño. Finalmente, la ONU decide negociar con Tshombe para que Katanga se reintegre en el Congo como un estado federal. Sin embargo, la muerte del secretario general de la ONU, Dag Hammarskjöld, en un accidente de avión (supuestamente provocado), mientras se dirigía a Katanga, y la reticencia de Tshombe a negociar, ocasiona que la ONU se decida finalmente a poner fin a la rebelión de Katanga por la vía militar.

Tras dos años de combate, en 1963, Katanga es ocupada y Moishe Tshombe parte hacia el exilio en la España franquista. Parecía que el Congo volvía a la normalidad, sin embargo, en 1964 estalló la “Rebelión de los Simbas”: una sublevación a gran escala, dirigida por antiguos partidarios de Lumumba, entre ellos Pierre Mulele y Christophe Gbenye, que combinaba el comunismo de corte maoísta con las antiguas costumbres tribales y el odio al hombre blanco. Ante esta grave amenaza, el gobierno congoleño de Kasavubu tomo una arriesgada medida, promovió al exiliado Tshombe al cargo de primer ministro. Para acabar con la rebelión, Tshombe además de pedir la ayuda militar de Bélgica y EEUU, recurrió al uso de un nuevo grupo de mercenarios: los Patos Salvajes.

2 – El nacimiento del comando: “Patos Salvajes”.

Como hemos visto, Moishe Tshombe había recurrido al uso de mercenarios occidentales durante la Rebelión de Katanga y el éxito de estos hombres hizo que una vez más recurriera a ellos. Para ello, Tshombe se puso en contacto con Mike Hoare (apodado Mad Mike), uno de los mercenarios que había combatido en Katanga, y le encargó que conformara una nueva fuerza de mercenarios que sirviera de “punta de lanza” en los ataques del ejército congoleño contra los rebeldes simbas (leones, en el idioma Swahili). Hoare era un irlandés que había sido oficial del ejército británico en la Segunda Guerra Mundial, alcanzando el rango de mayor durante la Campaña de Birmania. Tras la guerra Hoare emigro a Sudáfrica, y, a raíz del estallido de los diversos conflictos de descolonización que sacudieron el continente africano, decidió poner su experiencia militar al servicio del mejor postor.

Para organizar a su nueva tropa de mercenarios, Hoare contactó con otros veteranos de la Segunda Guerra Mundial, en su mayoría británicos y alemanes, cuya misión seria actuar como oficiales, encargados de entrenar y dirigir en el combate a los hombres reclutados como mercenarios. La tropa de mercenarios estaría compuesta en su mayoría por jóvenes blancos procedentes de Sudáfrica, Rhoedesia y Africa Sudoccidental (Namibia) que, en su mayoría, carecían de experiencia militar previa y que se vieron atraídos por diversas ofertas de trabajo publicadas en periódicos locales. El contrato como “mercenarios” tenía una duración de 6 meses y estaba remunerado con 160 libras esterlinas al mes, un sueldo atractivo, si se sobrevivía para cobrarlo.

El nombre oficial de los mercenarios de Hoare sería 5º Comando, pero serían más conocidos como Wild Geese (Patos Salvajes), un nombre romántico, elegido por Hoare para honrar a los Wild Geese originales: los mercenarios irlandeses del siglo XVII. Por otro lado, y como distintivo, el grupo de mercenarios usaría una boina de color verde oscuro, al estilo de las tropas de élite de la mayoría de países occidentales. Dado su pasado, era normal que Hoare se inspirara en el ejército británico para formar su comando de mercenarios, no solo en su uniforme, emblemas y armamento, sino también en su adiestramiento y en su rígida disciplina. Sin embargo, en este último aspecto, el nivel de disciplina de los mercenarios nunca llegaría a los estándares de un ejército regular y le causaría a Hoare más de un problema.

Tras un intenso periodo de instrucción de un mes en la base de Kamina, en Katanga, en julio de 1964 el primer grupo de 38 jóvenes partió hacia el combate. Obviamente, el grupo no estaba perfectamente preparado, pero las necesidades de la contienda les obligo a entrar en acción antes de tiempo. De estos 38 hombres, 9 decidieron abandonar e irse antes de entrar en acción. Los 29 restantes, comandados por Siegfried Muller, un antiguo soldado alemán que había ganado la Cruz de Hierro en el Frente del Este, partieron al asalto de Albertville, una localidad de gran valor estratégico que estaba en poder de los Simbas. Dado el reducido número de hombres que componían el comando, el asalto era casi una locura y acabó bastante mal. Dos mercenarios resultaron muertos y el resto se tuvo que replegar. Los simbas celebraron la victoria como si fuera una cacería, tomándose varias fotografías con los cadáveres de los hombres muertos, ensartados en lanzas tribales, a sus pies. Obviamente, estas fotografías no sentaron nada bien al resto de mercenarios, y algunos de ellos cometerían varios desmanes en represalia.

El grupo de Muller había fracasado, pero otra subunidad del 5º Comando, denominada 51º comando, y comandada por el teniente Gary Wilson, conseguiría tomar Albertville poco después. Esta victoria, además de reforzar la moral del grupo de mercenarios, sentaría las bases de las exitosas tácticas que usarían a partir de entonces. Dado su escaso número, los mercenarios no podían afrontar el desgaste de las batallas convencionales, ni combatir como la infantería regular. Por ello, para tener éxito debían golpear al enemigo de forma rápida y contundente, impidiéndole reaccionar y causándole el mayor daño posible, con objeto de minar su moral y obligarle a retirarse. Obviamente, estos ataques relámpago no podían hacerse a pie, así que los mercenarios usaban profusamente vehículos todoterreno armados con ametralladoras, entre ellos el mítico Jeep, y blindados ligeros como el Ferret y el Dingo.

A la hora de asaltar una posición enemiga, los mercenarios atacaban por sorpresa, sin apoyo artillero o bombardeos previos que delataran sus intenciones. Entraban en las localidades a toda velocidad, sin bajarse de sus vehículos y ametrallando a todo lo que se movía. Los milicianos simbas, carecían de disciplina y de un entrenamiento militar adecuado, así que normalmente emprendían la huida ante estos vertiginosos ataques. Sin embargo, en ocasiones, los mercenarios se topaban con grupos de simbas “fanáticos”, hombres que bajo los efectos de diversas drogas eran capaces de combatir hasta el final, llegando al extremo de cargar en masa, lanza en mano, contra las ametralladoras de los mercenarios, sin importarles las bajas. Ante estos furibundos ataques, los mercenarios, normalmente agrupados en unidades de tan solo 30 hombres, se veían sobrepasados y acababan siendo masacrados salvajemente.

A medida que fueron llegando voluntarios, la tropa de mercenarios creció en número, llegando a tener un total de cerca de 300 soldados, agrupados, como hemos visto, en subunidades de unos 30 hombres al mando de un oficial veterano y denominadas: comandos (la numeración de estas subunidades se iniciaba a partir del número 50 para indicar su posición, es decir, el 52º comando era en realidad el 2ª grupo del 5º comando y así sucesivamente).

El mayor número de efectivos permitió a Hoare realizar ataques más arriesgados y continuar con la estrategia que había puesto en marcha con el pasado asalto a Albertville: olvidarse del campo y tomar, una a una, cada localidad en manos enemigas, hasta que la rebelión fuera sofocada.

El 5 de noviembre, el 56º comando, al mando del teniente Jeremy Spencer, se lanzó a la captura de la ciudad de Kindu. Tras internarse en la localidad con sus vehículos disparando a discreción, los mercenarios consiguieron arrinconar a los milicianos simbas contra el río y acabar con ellos, llegando a hundir una barcaza con 50 rebeldes a bordo. En el intenso combate, murió el autoproclamado “general” rebelde Olenga.
El carismático teniente Spencer, moriría también 9 días después, durante un contraataque enemigo.
La pérdida de este oficial fue un duro golpe para los mercenarios, pero la guerra no esperaba y una vez asegurada Kindu, los mercenarios agruparon sus fuerzas y se prepararon para dar un golpe mayor: la captura de Stanleyville, la capital enemiga.

El atardecer 23 de noviembre, el 5º comando, es decir, la unidad de mercenarios al completo, se dirigió hacia el norte, a Stanleyville para encabezar el ataque sobre la ciudad. La misión de los mercenarios era abrir brecha en las defensas de la ciudad, para que pudiera entrar en la misma una potente columna de soldados regulares congoleños, denominada en clave “Lima Uno”. Los simbas de Stanleyville, dirigidos en persona por Pierre Mulele, tenían en su poder a un buen número de rehenes occidentales, en su mayoría belgas, y habían amenazado con sacarles el corazón y despellejarles si el gobierno congoleño no satisfacía sus demandas, por ello, en el asalto a la capital rebelde, la velocidad era el factor más importante. Los mercenarios condujeron sus vehículos durante toda la noche, sufriendo en el trayecto varias emboscadas enemigas que les causaron un buen número de muertos y heridos. Este duro peaje, era fruto de la necesidad de desplazarse a máxima velocidad, sin reconocer previamente el terreno y sin tomar precauciones. Los mercenarios alcanzaron Stanleyville con las primeras luces del amanecer, encontrándose con la agridulce sorpresa de que la ciudad ya había sido liberada por paracaidistas belgas.

La operación había sido un éxito, aunque, antes de huir de la zona, los simbas tuvieron tiempo de asesinar a 29 rehenes. Por su parte, los mercenarios, cansados y furiosos por la dura marcha nocturna, se dedicaron a “liberar” varias entidades bancarias de la ciudad y a cometer otros actos de pillaje al más puro estilo medieval. Mike Hoare intentó poner algo de disciplina en sus muchachos, pero no tuvo demasiado éxito. Por ejemplo, a uno de sus hombres, que había sido futbolista profesional y que violó y mato a una joven de la ciudad, como castigo le cortó los pulgares del pie, para que nunca más pudiera jugar al futbol. Obviamente, si la chica hubiera sido blanca, el castigo habría sido mucho más severo, pero en aquella época, el racismo tenía mucha fuerza aun en África.

En enero de 1965, finalizó el contrato de 6 meses firmado por los mercenarios y la mayoría regresó a sus hogares. Hoare, se dirigió a Johanesburgo para reclutar un nuevo grupo de 150 voluntarios y proseguir la campaña contra los simbas.

Durante los siguientes meses, los mercenarios se dedicaron a dos tareas: acabar con los últimos reductos rebeldes, situados en el noreste del país, y rescatar rehenes blancos, en su mayoría religiosos, que estaban secuestrados en diversas aldeas. Por su parte, los simbas también se habían reforzado con la entrada de armamento soviético y chino a través de Sudán y con la llegada de asesores militares chinos. Sin embargo, sus tácticas seguirían siendo anticuadas y fueron incapaces de defenderse de los asaltos combinados de los mercenarios y del ejército regular congoleño. En marzo caía la localidad de Watsa y con ello, los simbas perderían su principal fuente de financiación: las minas de oro de Kilo-Moto.

A mediados de año, solo quedaba un último reducto rebelde: la región de Fizi-Baraka, ubicada al sur de la provincia de Kivu. Esta región montañosa era casi inexpugnable, ya que solo tenía un acceso por carretera: el escarpe de Lulimba. Y precisamente, este será el nuevo objetivo encargado a los comandos de Hoare. El 27 de septiembre de 1965, una fuerza de 100 hombres, al mando del teniente Wicks, se lanzó al asalto de la posición enemiga. En realidad, la maniobra era una finta para distraer a los rebeldes y obligarles a concentrar sus efectivos en Lulimba mientras el ejército congoleño atacaba la importante localidad de Baraka, a orillas del lago Tanganika. Tras durísimos combates que les causaron enormes pérdidas, los soldados congoleños consiguieron tomar la ciudad. Tras ello, el frente se desmoronó y los soldados regulares se desplazaron para continuar su maniobra envolvente hacia Lulimba y aplastar definitivamente al enemigo. A mediados de octubre, cayeron los últimos reductos rebeldes y la rebelión de los simbas llegó a su fin. Con ella, desaparecía la necesidad de contar con mercenarios.

Un mes después de la victoria, el 25 de noviembre de 1965, el general Mobutu daba un golpe de estado y se convertía en el nuevo dictador del Congo. Entre sus primeras medidas, Mobutu decidió despedir a los jefes de los mercenarios: Mike Hoare y Alastair Wicks, a los que acusaba de ser aun leales al anterior gobierno. El 5º Commando pasaría a ser comandado por John Peters, otro antiguo suboficial del ejército británico. Sin embargo, las tareas que encargo Mobutu a los mercenarios dejaron de tener que ver con el combate. Mobutu uso a la tropa de mercenarios como fuerza represora, encargada de hacerle el trabajo sucio y acabar con cualquier posible opositor o detractor del nuevo régimen. En julio de 1966, los mercenarios acabaron con la vida de 3.000 soldados katangueños que estaban prisioneros desde su fallida rebelión. Tras acabar el trabajo sucio, el 5º comando dejó de ser necesario y su contrato no fue prolongado. En enero de 1967, los mercenarios abandonaron el país.

En 1968, Pierre Mulele, que había partido al exilio tras la derrota, vuelve al Congo atraído por una falsa promesa de amnistía y es torturado, mutilado y finalmente asesinado por órdenes de Mobutu. Con su muerte, desaparece el principal líder de los simbas, pero los antiguos seguidores de Lumumba, reconvertidos en guerrilleros revolucionarios, no se extinguirán y, comandados por Laurent-Désiré Kabila, continuarán sus acciones, a menor escala, en la provincia de Kivu.

Por su parte, Mobutu se convertirá en un sangriento dictador que gobernara el Congo (rebautizándolo durante su gobierno como “Zaire”), hasta 1997, año en el que Kabila, el líder guerrillero, consigue tomar el poder con el apoyo del ejército de Rwanda. Kabila gobernara el Congo hasta 2001, año en que es asesinado y reemplazado por su hijo, Joseph Kabila, actual gobernante del país.

¿Y qué paso con Mike Hoare? El veterano mercenario siguió dedicándose a su oficio, siendo protagonista de un intento de golpe de estado en las Islas Seychelles, por lo cual fue condenado a 10 años de prisión. Hoy en día todavía sigue vivo, a sus 95 años…

3 – Balance:

Durante todos los años en que estuvo involucrada en las incesantes batallas libradas en el Congo, la fuerza mercenaria había demostrado la importancia que podía ejercer una fuerza moderna, bien entrenada y organizada, frente a tropas mucho más numerosas, pero desorganizadas y con comportamientos mas tribales que militares.

El 5º Comando de mercenarios fue la punta de lanza que acabó con la Rebelión de los Simbas. Cientos de hombres se impusieron a miles de enemigos gracias a sus tácticas, a su velocidad y a su potencia de fuego. Sin ellos, la guerra hubiera durado muchos más años.

Por otro lado, hay que destacar la influencia que tuvieron los mercenarios en los países vecinos. El romanticismo de la vida de mercenarios atrajo a muchos jóvenes blancos de Sudáfrica, jóvenes que, además de un buen sueldo, buscaban la aventura y la camaradería que les ofrecía esta forma de vida y que, ideológicamente, se veían amenazados por los cambios que estaba trayendo a África la descolonización. Para ellos, su trabajo era una especie de pequeña venganza, una forma de reivindicar que el hombre blanco todavía tenía un papel predominante en África. Por su parte, sus jefes y oficiales, los veteranos de la Segunda Guerra Mundial, eran mucho más pragmáticos, para ellos era solo un trabajo con el que poder mejorar su futura pensión de jubilación. Jugarse la vida una vez más, no por su país, sino por ellos mismos.

En el lado oscuro, hay que destacar los crímenes de guerra cometidos por los mercenarios. Ningún ejército se libra de esa lacra, pero por desgracia en fuerzas mercenarias estos crímenes se produce más a menudo. Los crímenes a título individual, como las violaciones o el asesinato de civiles fueron castigados solo levemente por los oficiales al mando, mientras que en crímenes de mayor envergadura, se pueden atribuir a las órdenes recibidas por sus empleadores. Los mercenarios fueron simplemente el cuchillo, el arma ejecutora, los verdaderos criminales fueron los políticos que ordenaron estos crímenes.

En definitiva, para concluir se puede decir que el grupo de mercenarios estaba perfectamente definido por su sobrenombre: Patos Salvajes

Fuentes:
“Las guerras de la Postguerra”, varios autores, Editorial Planeta-Agostini.
“Revista Cuerpos de Elite, nº1”, Editorial Planeta-Agostini.

© 2014 – Autor: Marco Antonio Martín García
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previo del autor.
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10 pensamientos en “Patos Salvajes: Mercenarios Occidentales en el Congo, 1964-1967

  1. Hola, te he nominado para los premios excellence, aquí tienes más información http://labitacoraestelardearistoteles.wordpress.com/2014/10/12/premio-excellence/, ¡Felicidades!

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  2. Muy interesante el artículo, pero creo que decir, al principio del mismo, que “La colonización belga fue bastante benigna”… En fín, hasta donde yo me he documentado el rey Leopoldo II de Bélgica debe estar ardiendo a fuego lento en el infierno, y su gobierno en el Congo fue un expolio indiscriminado, con genocidio de la población civil incluido. Con la enorme hipocresía de ser felicitado en la Europa de su tiempo por sus “contribuciones” al bienestar de la gente del Congo. La documentación del tema que se trata en sí en el articulo, sin quejas, buen trabajo. Pero es que lo del principio me hizo daño en los ojos. Un saludo.

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    • Buenas, cuando me refiero a lo de “colonización bastante benigna”, me refiero en comparación a las colonizaciones de otras potencias europeas en la zona y al hecho de que la descolonización se produjera, al principio, sin violencia. Los belgas, construyeron numerosas escuelas y hospitales, e intentaron dar una formación educativa básica a la mayor parte de la población nativa. Aunque, obviamente, dado el racismo de la época, solo los blancos podían alcanzar puestos en la administración o el ejercito, existía una fuerte segregación racial y la población nativa era explotada en las prosperas minas del país. Por tanto, no quiero dejar duda de que personalmente estoy en contra del mismo hecho de la colonización, que me parece una forma de esclavizar pueblos para expoliares económicamente y que a menudo a producido atroces genocidios.

      Un cordial saludo.
      El autor.

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  3. Muchas gracias por tu vuelta. Es un placer leer cada artículo de tu blog en los ratos libres. Yo también tenía entendido que el rey Leopoldo II de Bélgica cometió un genocidio en el Congo de magnitudes “desproporcionadas”, por decirlo de alguna manera. Pero toda esta parte de la historia del país que nos has contado la desconocía totalmente.

    Un saludo desde Salamanca

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  4. Hola, muy buenas, me alegro de que le guste el blog y mis artículos. Respecto al tema de la colonización belga, he de confesar que no he visto nada en los libros consultados sobre el tema de masacres y atrocidades, es mas, como digo en el anterior comentario, la mayoría de libros concluyen que la colonización belga, en la época “pre-independencia”, no era demasiado dañina y estaba bastante centrada en la educación de los nativos (aparte de la explotación minera).
    Puede ser, que al ser los libros consultados de los años 70 y 80, los autores lo desconocieran o puede ser que las matanzas de nativos se produjeran a finales del siglo XIX o principios del XX y que la situación hubiera cambiado en los años 60, que es el momento histórico al que me refiero.
    No obstante, sea como sea, prometo consultar mas sobre el tema y, en breve, actualizar este articulo con la información que encuentre. Y nuevamente, quisiera determinar que estoy totalmente en contra de la colonización, la explotación económica, el racismo y la violación de los derechos humanos, y por tanto no quisiera que mi articulo se malinterpretara.

    Un cordial saludo y gracias por su aportación.
    El autor.

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  5. Con que desfachated calificas a unos mercenarios de héroes????

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    • Bueno, yo opino que cualquier persona que se juega la vida y se enfrenta a las adversidades para mejorar su estatus socio-económico es un verdadero héroe. A veces la gente que lucha por dinero es mas integra que la que lucha por falsos ideales o mentiras pseudo-religiosas. Pero bueno, es mi opinión y es tan valida como la de cualquiera y si no estas de acuerdo puedes decirlo con formas quizás menos ofensivas.

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  6. José M. Magallón - 2ºREP/LEF

    Me ha sorprendido que escriba que el Rey Leopoldo ¿fue benigno? con 10 millones de asesinados siendo este uno de los mayores genocidas de la Tierra, creo Marco que aquí esta equivocado, revise la historia.

    Todo esto empezó en 1885 cuando el rey Leopoldo II de Bélgica ávido de nuevos territorios para su pequeño país compró a título personal una parte del Congo tan grande como Europa, gracias a los buenos oficios del explorador inglés Henry Morton Stanley. Leopoldo bautizó a este nuevo territorio como État Indepépendant du Congo en uno de los mayores eufemismos de la historia.

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    • José M. Magallón - 2ºREP/LEF

      Se me olvido La práctica genocida de Leopoldo II en el Congo Se calcula que durante los años de dominio de Leopoldo sobre el Congo fueron exterminados unos diez millones de nativos, la mayoría de ellos esclavizados, mutilados, asesinados o amenazados con la muerte para que trabajaran en la obtención de caucho.12 El historiador Adam Hochschild avanza la misma cifra basándose en investigaciones llevadas a cabo por el antropólogo Jan Vansina a partir de fuentes locales de la época, y estima que de 1885 a 1908 la población congoleña quedó reducida a la mitad por culpa de los asesinatos, el hambre, el agotamiento, las enfermedades y el desplome de la natalidad.13 El historiador congoleño Ndaywel e Nziem eleva la cifra a 13 millones de muertos,9 mientras que los historiadores Roger Louis y Jean Stengers consideran que esas cifras no tienen fundamento al no existir datos de población para aquellos años.14
      https://es.wikipedia.org/wiki/Leopoldo_II_de_B%C3%A9lgica

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      • Gracias por sus comentarios. Creo que tendré que revisar lo escrito, ya que en la mayoría de fuentes consultadas para el articulo se omiten estos detalles quizás por su antigüedad o por motivos políticos. El autor.

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