La Retirada Estadounidense de Afganistán, 2021

A finales del mes de agosto de 2021 asistimos atónitos a la rápida reconquista de Afganistán que realizaron los talibanes sin apenas oposición. Una fulgurante victoria que fue el resultado, principalmente, de dos factores: la retirada del país de las tropas estadounidenses, y la incapacidad del ejército afgano para resistir frente al avance enemigo. Finalmente, la entrada de los talibanes en la capital de Afganistán, Kabul, provocó la acelerada huida de las delegaciones extranjeras en el país, y también de aquellos civiles que habían colaborado con los occidentales, o se habían opuesto a los talibanes, y que, presas del pánico, se agolparon a las puertas del aeropuerto a la espera de poder subir a un avión y escapar del país antes de que los talibanes pudieran tomar represalias contra ellos o sus familias. Una triste imagen que servía de epílogo para los 20 años de guerra contra los fundamentalistas islámicos afganos, y que recordaba a otra vergonzosa retirada, como la acontecida tras la caída de Saigón, a finales de abril de 1975, con los helicópteros evacuando a cientos de personas desde el tejado de la embajada estadounidense en la ciudad, y que tiene el mismo significado: derrota. Tantos años de muerte y destrucción para que, al final, todo vuelva a quedar como estaba, es decir; con los talibanes gobernando Afganistán con mano de hierro.

Refugiados afganos a la espera de poder subir a un avión que los saque del país

1 – Las causas de la retirada estadounidense de Afganistán.

A raíz de los terribles atentados contra su territorio, acontecidos el 11 de septiembre de 2001, el ejército de EE. UU. invadió Afganistán, el 7 de octubre de 2001, para dar caza al responsable intelectual de estos; Osama Ben Laden (1957-2011), líder del grupo terrorista Al-Qaeda, y, también, para acabar con el régimen de los talibanes; los fundamentalistas islámicos que gobernaban el país con mano de hierro y que, hasta entonces, habían protegido, y apoyado, a los terroristas de Al Qaeda, negándose a entregarlos a las autoridades de EE.UU. para que respondieran por sus crímenes.

En apenas tres meses, la exitosa campaña militar de los estadounidenses, y sus aliados del Reino Unido, Canadá, y Australia, consiguió expulsar a los talibanes de las principales zonas del país. Sin capacidad operativa, la mayoría de los talibanes supervivientes se dispersaron o huyeron a países vecinos, especialmente a Pakistán. Tras esto, los principales señores de la guerra afganos que habían combatido contra los talibanes, se reunieron en Bonn, Alemania, el 5 de diciembre de 2001, para negociar la creación de un nuevo gobierno, basado en el consenso, que estaría encargado de crear una nueva constitución, y sentar las bases para establecer un régimen democrático en Afganistán. Dicho nuevo gobierno, conocido como la Autoridad Interina Afgana, fue creado el 22 de diciembre de 2001 y estuvo encabezado por Hamid Karzai, un jefe tribal pastún, que había combatido como muyahidín contra la Invasión Soviética (1979-1989), y que también tenía experiencia política, al haber trabajado en el Ministerio de Asuntos Exteriores del país desde 1992 hasta 1996, cuando los talibanes se hicieron con el control del gobierno. Karzai era un hombre comprometido en la lucha contra los “árabes” (los terroristas de Al-Qaeda), lo que le permitió contar con el apoyo decidido de EE. UU. y de una buena parte de la población local. Gracias a ello, logró alzarse con el triunfo en las primeras elecciones democráticas a la presidencia del país, en 2004, y ser reelegido para un segundo mandato (2009-2014) pese a las acusaciones en su contra de corrupción y de tolerancia con el narcotráfico de opio y heroína.

Para proteger a este nuevo gobierno de transición, y apoyarlo en sus tareas de reconstrucción del país, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas decidió crear la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (International Security Assistance Force o ISAF), un destacamento militar multinacional con base en la capital, Kabul, que con el tiempo llegaría a estar compuesto por unos 130.000 efectivos de 48 países, y que, a partir de 2003, pasaría a estar comandado por la OTAN.

 Años después, 2 de mayo de 2011, las fuerzas especiales estadounidenses (el sexto equipo de los SEAL de la Marina o Six Team Seal) lograron matar a Ben Laden en su casa refugio ubicada en la ciudad de Abbottabad, Pakistán, concluyendo así su objetivo de castigar al máximo responsable de los atentados del 11-S. Sin embargo, y pese a estos éxitos, la guerra en Afganistán no concluyó y, a partir de 2006, la insurgencia contra el nuevo gobierno, y la ISAF, comenzó a incrementarse. Dicha insurgencia, estaba compuesta por grupos guerrilleros de los talibanes (unos 25.000 hombres), apoyados por señores de la guerra locales, como la red del clan Haqqani (unos 5.000 hombres), por milicias locales como las de Hezb-e Islami Gulbuddin (unos 1.500 hombres que combatieron hasta 2016, año en que firmaron la paz con el gobierno afgano) y por terroristas internacionales de Al-Qaeda.

Estos insurgentes contaban con una amplia financiación, gracias al suculento negocio del tráfico de opio para fabricar heroína, al control de zonas mineras, y al apoyo de terceros países, principalmente de Irán, del emirato de Qatar, de Pakistán, y de Arabia Saudí (irónicamente, estos dos últimos países “oficialmente” son aliados de EE. UU.). Gracias a todo esto, los talibanes y sus aliados pudieron adquirir armas y municiones con las que incrementar progresivamente sus ataques guerrilleros y atentados terroristas a lo largo del país.

 Este incremento de la insurgencia obligó a la ISAF a aumentar sus efectivos en el país para apoyar al ejército afgano en su difícil tarea de combatir a los rebeldes. Además, EE. UU. inició una política de asesinatos selectivos contra los principales líderes insurgentes, y aumentó el número de contratistas privados en el país como una forma de evitar desplegar un mayor número de soldados propios. Sin embargo, la insurgencia no cesó y la guerra fue consumiendo cada vez más recursos, y vidas humanas, hasta hacerse casi insostenible, ante la opinión pública, la presencia militar extranjera en Afganistán. Una situación que acabó probando que la Coalición Internacional decidiese reducir gradualmente su presencia en el país.

El 31 de diciembre de 2014 la ISAF fue disuelta y reemplazada, a partir de enero de 2015, por una nueva misión, de menor entidad, denominada: “Apoyo Decidido” y compuesta por 16.000 soldados de diferentes países que se encargarían principalmente de entrenar al ejército y la policía de Afganistán. Es decir, a partir de 2015, el peso de combate contra la insurgencia talibán, y contra sus aliados, lo llevarían los propios soldados afganos. Sin embargo, el ejército afgano distaba mucho de estar preparado para la misión de combatir a unos rebeldes mejor motivados, y mucho más curtidos en batalla, tras sus combates contra la Coalición. Por ello, y pese a contar con el temible apoyo aéreo estadounidense, las fuerzas de seguridad del gobierno afgano sufrieron cuantiosas bajas a medida que los combates se fueron intensificando.  Si entre 2001 y 2014 sufrieron 14.000 muertos, entre 2015 y 2020 la cifra se triplicó, llegando a 45.000 muertos. Un periodo (entre 2015 y 2020), en el que solo 93 soldados estadounidenses murieron en Afganistán, lo que deja bien a las claras quien llevó el peso de los combates, y explica en parte por qué las fuerzas de seguridad afganas fueron progresivamente desmoralizándose, sobre todo en 2021, cuando a medida que se aproximaba la retirada de los estadounidenses los talibanes comenzaron a lanzar ofensivas para conquistar progresivamente las diversas provincias del país.

Además de su desmoralización, por creerse abandonados a su suerte frente a los talibanes, la debacle del ejército afgano también se explica por el alto grado de corrupción gubernamental en el país, y el desvío de fondos internacionales que debían ser para armamento y entrenamiento. Como saco a relucir el Washington Post, muchos comandantes militares afganos no dudaban en inflar las cifras de sus plantillas de efectivos para quedarse con las pagas, y de unos efectivos sobre el papel de 352.000 soldados, solo había en la práctica, 254.000 efectivos. Pese a todo, en teoría eran efectivos suficientes para haber combatido eficientemente a los talibanes si hubieran tenido una mayor moral y entrenamiento. Sin embargo, EE. UU. ya no estaba dispuesto a asumir el coste, tanto en vidas, como en dinero, de la guerra más larga de su historia.

 Desde el inicio de la guerra, en 2001, hasta su final en 2021, la Coalición Internacional sufrió la pérdida de 3.609 soldados muertos (entre ellos 2.465 estadounidenses), y 20.467 heridos. A estas cifras hay que sumar la muerte de 3,846 contratistas privados (mercenarios encargados de tareas de seguridad), y las bajas sufridas por las fuerzas de seguridad del gobierno afgano, que, para el final de la contienda, se elevaron a más de 62.000 muertos en total. Por otro lado, los talibanes, y sus aliados, sufrieron en este mismo periodo la muerte de 51.191 combatientes. Además, hay que sumar a estas cifras de muertos militares las bajas colaterales que ha causado el conflicto: 47.245 civiles muertos, más 444 trabajadores de ayuda humanitaria, y 47 periodistas.

A estas espantosas pérdidas humanas, se suma el gasto de 2,3 trillones de dólares por parte del gobierno estadounidense en los 20 años de guerra. Una impresionante cifra a la que habría que sumar los gastos de las dos potencias que mayor implicación tuvieron entre las fuerzas de la Coalición Internacional: Gran Bretaña, que gastó 30.000 millones de dólares en la guerra, o Alemania, que gastó 19.000 millones. A esto habría que sumar los millones de dólares que gastaron otros países participantes en el conflicto, como los 3.500 millones de euros gastados por España, y el coste de las ingentes ayudas que organismos internacionales donaron para la reconstrucción del país, por ejemplo 4.000 millones de euros por parte de la Unión Europea. Un coste enorme que no dio demasiados frutos, y que fue el principal motivo por el que el gobierno de los EE. UU.  decidió abandonar una guerra interminable. Una decisión que obligó a hacer lo propio al resto de la Coalición Internacional.

Estimación Coste de la Guerra para EE. UU. según el Instituto Watson

2 – El acuerdo de paz y la ofensiva de los talibanes.

El 29 de febrero de 2020, Zalmay Khalilzad, el enviado de los EE. UU. para negociar con los talibanes, y el líder de estos, Abdul Ghani Baradar, firmaron en Doha, Qatar, un acuerdo para “traer la paz a Afganistán”. Con esto, la administración del presidente Donald Trump decidió poner fin a 20 años de intervención militar en Afganistán, sellando un acuerdo de paz en el que se estipulaba la retirada estadounidense del país, a cambio de que los talibanes se comprometiesen a no albergar en su territorio a grupos terroristas que fueran una amenaza para la seguridad de los Estados Unidos. Un acuerdo que dejaba fuera al gobierno de Afganistán, que, al mismo tiempo, entabló en Doha sus propias negociaciones con los talibanes, acordando además un intercambio de prisioneros, pero, ambas partes fueron incapaces de llegar a mayores acuerdos, y los combates continuaron.

 A comienzos de mayo de 2021, mientras la retirada de las tropas internacionales aún seguía en marcha, los talibanes iniciaron, por sorpresa, una ofensiva para conquistar varios distritos del país y aumentar progresivamente el territorio bajo su control. En poco tiempo, 15 distritos cayeron en sus manos, con lo que pasaron a poseer un total de 88 distritos de los 407 en los que se divide el país. Además, se hicieron con el control de la importante presa de Dahla Dam, en la provincia de Kandahar, y de una base militar en la ciudad de Ghazni, capital de la provincia homónima (Ghazni). Un mes después, en junio, lograron hacerse con el control de más distritos del país, aumentando el número de los que poseían a 157, y entraron por primera vez en las importantes ciudades de Kunduz, y de Puli Khumr. Además, se hicieron con el control del principal cruce fronterizo con el vecino Tayikistán. De esta forma, poco a poco, los talibanes fueron estrechando el cerco sobre el centro del país, haciéndose con el control de las zonas rurales, y aislando a las capitales provinciales, con la intención última de privar al gobierno de Kabul de sus apoyos tradicionales, en el norte del país.

En julio de 2021, los talibanes conquistaron otros 64 distritos, y pusieron bajo asedio Kandahar y Herat, las dos principales ciudades del país, después de la capital, Kabul. Además, asaltaron Qala-i-Naw, la capital de la provincia de Badghis, liberando a los presos de la cárcel local, y tomando el control de buena parte de la urbe, hasta que un contraataque, liderado por el gobernador de la provincia, los obligó a retroceder y abandonar Qala-i-Naw. Un pequeño éxito para unas fuerzas gubernamentales que estaban abrumadas, y desmoralizadas, por los constantes avances enemigos. Sólo las Fuerzas Especiales afganas eran capaces de combatir eficientemente contra los talibanes, pero, el número de sus efectivos era reducido (por su propia condición de élite), y aparte, su constante actuación, como tropas de choque encargadas de galvanizar la defensa de las principales ciudades, les generaba un gran desgaste

A comienzos de agosto, los talibanes intensificaron su ofensiva con la intención de capturar las principales capitales provinciales del país. El 6 de agosto, la ciudad de Zaranj, capital de la provincia de Nimruz se entregó a los talibanes, sin combatir. Un día después, el 7 de agosto, tomaron Shibirghan, capital de la provincia de Jawzjan. El 8 de agosto las siguientes ciudades en caer fueron Taloqan, capital de la provincia de Tahār, Kunduz, y Sar-e-Pol (Sari Pul), capitales, respectivamente, de las provincias homónimas. Finalmente, este primer asalto concluyó, el día 9, con la caída de Aybak, capital de Samangan.

Ante esta difícil situación para el gobierno afgano, la Fuerza Aérea de EE. UU. (USAF) redobló sus esfuerzos para tratar de detener a los talibanes con ataques aéreos. Sin embargo, esto no pudo evitar la caída de la histórica ciudad de Kandahar, el 12 de agosto, ni de Lashkar Gah, capital de Helmand, que fue tomada el 13 de agosto, tras una semana de intensos combates callejeros. Ese mismo día, los talibanes consumaron su control sobre más de la mitad de las provincias del país, con la conquista de las capitales provinciales de Qalat, Tarin Kot, Pul-i-Alam, y Fayroz Koh.

De esta manera, los talibanes, tras una semana de ofensivas implacables, lograron hacerse con el control de las principales ciudades, y provincias del país, y, el 14 de agosto, llegaron hasta las puertas de Kabul, dispuestos a consumar su reconquista de Afganistán. Con el ejército afgano desarticulado, y en desbandada, nadie pudo evitar su entrada en la ciudad, y la toma del palacio presidencial, el 15 de agosto, mientras el presidente Ashraf Ghani huía apresuradamente del país en helicóptero, con 169 millones de dólares en metálico, rumbo a los Emiratos Árabes Unidos.

Talibanes desfilando en vehículos Humvee capturados (Fotografía de JAVED TANVEER / AFP)

3 – La evacuación de Kabul.

Con la caída de Kabul en manos de los talibanes, el aeropuerto de la ciudad, controlado aún por el ejército de los EE. UU., se convirtió en la única vía de escape para los diplomáticos extranjeros, y para todos aquellos afganos que habían colaborado con las potencias extranjeras, o que eran destacados opositores.  Para estos últimos la situación era particularmente grave, y su única esperanza era abandonar el país, o quedar a merced de la barbarie ideológica de los talibanes.

Sin embargo, el gran número de refugiados agolpándose en el aeropuerto, o en sus vías de entrada, y el pánico que generaba el hecho de contar tan solo con dos semanas para su evacuación, por el acuerdo firmado entre EE. UU. y los talibanes, que obligaba a abandonar Afganistán antes del 31 de agosto, provocó una situación inicial de caos y descontrol, que estuvo a punto de llevar al traste toda la operación de evacuación. Felizmente, con el paso de los días los soldados estadounidenses lograron poner orden en el aeropuerto y los aviones comenzaron a evacuar a los diplomáticos extranjeros, y a sus auxiliares afganos. En total, desde el 14 hasta el 31 de agosto se logró evacuar del país a más de 122.000 personas. Una ingente tarea, en la que además de EE. UU., participaron también los principales países europeos, que aportaron aviones, y personal militar, para facilitar la evacuación de los refugiados. Entre ellos destaca la labor de Gran Bretaña, que logró evacuar a 13.146 refugiados, de Alemania que evacuó a 5.347, de Italia, con 5.011, o de España, que evacuó a 2.206 refugiados.

Pese a estos encomiables esfuerzos, el 26 de agosto la tragedia tiñó de luto la evacuación de refugiados, a causa de un atentado terrorista. Un miembro del Estado Islámico de Afganistán (ISIS-K) se suicidó, detonando los explosivos que portaba en su cuerpo, en uno de los controles de acceso al aeropuerto, ocasionando con ello la muerte a 170 refugiados civiles, y a 13 soldados estadounidenses, y heridas de diversa gravedad a otras 150 personas. El miedo a que pudieran acontecer nuevos atentados obligó a las potencias extranjeras a acelerar el fin de la evacuación, destinando sus últimos esfuerzos a la evacuación de su propio personal militar durante los últimos días de agosto. Finalmente, el 30 de agosto, el último avión estadounidense abandonaba Kabul, dejando atrás 20 años de guerra, y un país que volvía a estar como al principio, es decir: en manos de los fundamentalistas islámicos. Y es que, la exitosa operación de evacuación de refugiados no lograba enmascarar la triste realidad de la derrota.

Una semana después, el 6 de septiembre, los talibanes anunciaron la conquista del mítico valle de Panjshir, el último foco de resistencia que quedaba en Afganistán. De esta manera, lograron controlar por fin todo el país, y se dispusieron a la ardua tarea de organizar un nuevo gobierno. Comenzaba así una nueva era para Afganistán.

4 – Consecuencias.

Hasta ahora, la principal consecuencia de la retirada estadounidense de Afganistán ha sido el desprestigio internacional de la administración Biden, por su nefasta planificación de la misma, y, además, de los propios EE. UU. por renunciar a su papel de épocas pasadas de garante de los derechos y libertades en el Mundo. Los Estados Unidos ya no pueden soportar por sí solos el enorme peso que supone afrontar las amenazas en seguridad a las que se enfrenta Occidente, y están apremiando a sus aliados de la OTAN a que aumenten su compromiso económico en la defensa común. En este caso, como en muchos otros, ha pesado más la realidad económica que los ideales democráticos, y eso ha tenido, y tendrá, funestas consecuencias para Afganistán.

La acelerada retirada de las tropas extranjeras dejó a su suerte a las Fuerzas de Seguridad Afganas, que se vieron incapaces de hacer frente a la ofensiva de los talibanes, y evitar que se hicieran con el control del país, con todo lo que esto conlleva para los derechos humanos de sus habitantes, especialmente de sus mujeres y niñas.

Hasta ahora, los talibanes han tratado de mostrar un perfil más tolerante, tras su conquista de Kabul, con la intención de que su gobierno obtenga el reconocimiento internacional, y, con ello, el dinero destinado por organismos, y países extranjeros, para la reconstrucción del país y la ayuda humanitaria de sus habitantes más desfavorecidos. Un perfil de tolerancia de cara a la galería que enmascara una triste realidad; los talibanes no han cambiado mucho, siguen rigiéndose por la Ley Islámica, y gobernarán en base a esta, reduciendo los derechos civiles de las personas. Además, no han dudado en reprimir salvajemente las manifestaciones de mujeres que protestaban en Kabul contra la pérdida de los derechos y libertades de los que han gozado los últimos años, sobre todo el derecho a la formación y al trabajo.

Por otro lado, aunque silenciadas, hay noticias de represión y de asesinatos de civiles por parte de los talibanes. Especialmente de periodistas, y de activistas contrarios al régimen talibán, como el asesinato del famoso cómico Khasha Zwan que fue degollado, a finales de julio, por burlarse de ellos en las redes sociales, o el asesinato de un familiar de una periodista que trabajaba para la cadena alemana Deutsche Welle, tras entrar en casa de esta para arrestarla. Episodios que indudablemente se repetirán en cuanto el resto del Mundo mire para otro lado.

Khasha Zwan en el momento de ser apresado por los talibanes

Cambiando de tema, a nivel estratégico la victoria de los talibanes también generará importantes consecuencias. En primer lugar, con su abandono de Afganistán, Estados Unidos pierde presencia en Asia Central, y deja de ser una amenaza directa para el vecino Irán. Un vacío que sin duda ocuparan otros países fronterizos con Afganistán, como Pakistán, Rusia, y, sobre todo China. El gigante asiático está interesado en la riqueza minera de Afganistán (litio, cobre, y tierras raras), y planea incluir al país dentro de la vía comercial que está desarrollando en Asia Central, la denominada como Nueva Ruta de la Seda.  Además, China también está preocupada por su seguridad interior, y teme la posible influencia que pueden tener los fundamentalistas afganos al otro lado de los 76 Km de frontera común, en la provincia de Sinkiang (Xīnjiāng), donde habita la etnia uigur, de religión musulmana. Esta confluencia de intereses probablemente conllevará que China se comprometa a hacer importantes aportes de dinero a la reconstrucción de Afganistán a cambio de recibir ventajas comerciales y compromisos en la seguridad de su frontera.

Rusia por su parte, mantiene una postura mucho más recelosa hacia los talibanes, ya que ha tenido su propia lucha contra el terrorismo islamista en las décadas pasadas (Chechenia, Daguestán, ect…), y teme que el país se convierta de nuevo en un refugio para terroristas. Además, también le preocupa el posible incremento en el tráfico de heroína hacía su país, por el fomento del mismo por parte de los talibanes. Sin embargo, Afganistán también puede ser un buen cliente para la industria armamentística rusa, y por ello, mantiene la intención de tener relaciones diplomáticas con el nuevo régimen a la espera de que como evoluciona el mismo.

En definitiva, muchos cuestionamientos geoestratégicos aún por resolver. Habrá que esperar aún acontecimientos para obtener respuestas al desafío que supone el retorno de los talibanes.

Fuentes:

– FDD’s Long War Journal, un proyecto de la Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD) publicado por Public Multimedia Inc.

– Newtral: Más de 116.000 evacuados de Afganistán ante el fin de la fecha límite el 31 de agosto.

– Foreign Affairs Latinoamérica:  Afganistán: lecciones geoestratégicas de una derrota anunciada.

© 2021 – Autor: Marco Antonio Martín García
Todos los derechos reservados.Prohibido su uso comercial y
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previo del autor.
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