Pancho Villa, el Héroe Revolucionario. Primera Parte: 1878-1914

villa_pancho_8Pancho Villa fue uno de los principales héroes de la Revolución Mexicana. Un hombre hecho a sí mismo, que supo alzarse desde sus humildes orígenes para llegar a ser una de las principales figuras del país. Pasó de ser un simple bandido a convertirse en un carismático comandante guerrillero, cuya intervención fue clave para el ascenso de Francisco I. Madero a la presidencia del país, acabando con el largo gobierno personalista de Porfirio Díaz. Sin embargo, el asesinato del presidente Madero, y la ascensión del traidor Huerta, obligaron a Villa a continuar su lucha por las reformas sociales y los derechos de los campesinos sin tierras. Una nueva lucha que le llevó a lo más alto de su carrera, llegando a controlar todo México, junto a su aliado Zapata, a finales de 1914.

1 – Sus primeros años, de campesino a bandido (1878-1910).

José Doroteo Arango Arámbula (el verdadero nombre de Pancho Villa) nació, el 5 de junio de 1878, en un pequeño pueblo llamado La Coyotada, en el municipio de San Juan del Río, Estado de Durango, México. Sus padres fueron Agustín Arango y María Micaela Arámbula, y tuvo cuatro hermanos: Antonio, Martina, Hipólito y Mariana. Sus padres, eran campesinos sin tierras, y analfabetos, que trabajaban como peones en una hacienda cercana, por tanto, Villa tuvo una infancia muy humilde, no pudo ir a la escuela y tuvo que trabajar desde bien pequeño para ayudar a su familia. Cuando tenía tan sólo 12 años, su padre falleció y el joven José Doroteo Arango tuvo que encargarse de sostener al resto de la familia, entrando a trabajar como peón en la hacienda “El Cogojito”, perteneciente a la rica familia criolla de los López Negrete. Allí vivió los siguientes cuatro años, trabajando de sol a sol por un mísero salario, hasta que, el 22 de septiembre de 1894, sorprendió al dueño de la hacienda, Agustín López Negrete, tratando de llevarse a la fuerza a su hermana Marianita, de 12 años, para abusar de ella. Ante este repugnante hecho, el joven Doroteo respondió como todo un hombre, cogió un revólver y disparó a su patrón, alcanzándole en la pierna. Tras este acontecimiento trágico, Doroteo se vio obligado a huir a la sierra de la Silla para escapar de la justicia. Allí vagó durante días, hambriento y sediento, sin saber muy bien que hacer, o a dónde dirigirse, hasta que se topó con una partida de bandidos, dirigida por Ignacio Parra que decidió acogerlo. A partir de entonces, Doroteo se dedicó al robo de ganados y al asalto de ranchos. A los pocos meses, es capturado y enviado a la cárcel de San Juan del Río, pero logra escapar; aprovechando que los guardias le ordenan moler un barril de nixtamal, golpea a uno de ellos con la piedra de moler y logra escapar a las montañas, regresando con su grupo de bandoleros. Es en esta época cuando cambia su nombre por el de Francisco Villa, en “honor” a su abuelo, Jesús Villa, un hacendado que jamás reconoció a su padre, concebido ilegítimamente con una de sus empleadas, y que, por ello, fue bautizado como Agustín Arango, es decir, solo con el apellido de la madre.

Tras un tiempo de robos y asesinatos, en el que estuvo a punto de ser capturado en dos ocasiones más, Villa se cansa de esa vida y decide irse a Parral para empezar una nueva vida, trabajando en una mina, y tras eso, como albañil. Sin embargo, fue descubierto por la policía y se vio obligado a huir de nuevo. Tras asentarse en Chihuahua, reúne a un pequeño grupo, de cinco o seis hombres, con los que se dedica al asalto de haciendas y al robo de caballos para venderlos en el mercado local. A mediados de 1910, Villa alcanza notoriedad por el asalto, en marzo, a la hacienda de Talamantes, en donde robó 28 reses, y por otro asalto, en mayo, al rancho de San Isidro, asesinando al patrón de este, Alejandro Muñoz, y a su hijo, y robando unos mil pesos. Ese mismo año, uno de sus antiguos camaradas, José Claro Reza, se vendió a la policía (el Cuerpo Rural), y delató las actividades de la banda. Cuando Villa se enteró de esta traición, decidió resolver el asunto personalmente, disparando a Reza, el 8 de octubre de 1910, cuando éste salía de una carnicería de Chihuahua. Estas acciones criminales de Villa le costaron ser perseguido por la justicia, y que se pusiera precio a su cabeza, sin embargo, también le granjearon la simpatía de los campesinos sin tierras (más del 90% de la población de Chihuahua), cuya vida se reducía a trabajar como peones para los grandes hacendados.

La injusticia social que sufría el campesinado, y que Villa conocía bien, probablemente fue determinante para que el bandido se uniera, en agosto de 1910, al incipiente movimiento democrático de Francisco Ignacio Madero (1873-1913), que pretendía acabar con el largo gobierno “personalista” del general Porfirio Díaz (1830-1915). Francisco I. Madero, se había presentado a las elecciones federales a la presidencia de la República de México, celebradas el 26 de junio (primera vuelta) y el 10 julio (segunda vuelta) de 1910, al frente del Partido Nacional Antirreeleccionista, pero el fraude electoral había otorgado de nuevo la victoria a Porfirio Díaz, que obtuvo un 97,93% de los votos. El dictador, temeroso de la ascendencia de Madero entre las clases populares decretó su internamiento en prisión, aunque, el 5 de octubre, Madero fue liberado por sus partidarios y logró escapar a los EE.UU., desde dónde continuó su oposición al “porfiriato”.

El reclutador de Francisco Villa fue Abraham González Casavantes (1864-1913), el principal partidario de Madero en el estado de Chihuahua. González había sido tratante de ganado en su juventud y por ello conocía a Villa, que en alguna ocasión le había vendido ganado robado. Pero ¿por qué reclutó a un bandido para un movimiento esencialmente político? Probablemente, porque los “maderistas” necesitaban gente bregada, hombres que supiesen combatir, y también, eludir a sus perseguidores. Otro de los reclutados por Abraham González fue Pascual Orozco, un comerciante y transportista de clase media, dedicado al contrabando de armas desde EE. UU., para abastecer la naciente revolución. De esta forma, Villa comenzó su carrera como revolucionario. Nadie sabía entonces, que aquel bandido sin instrucción conseguiría llegar a ser uno de los principales héroes del México de comienzos del siglo XX.

2 – El bandido reconvertido en guerrillero revolucionario (1910-1912).

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Villa a caballo

Abraham González acordó con los partidarios de Madero en Chihuahua, entre ellos Villa, comenzar una insurrección armada el 20 de noviembre. Villa, que contaba en aquellos momentos con 15 hombres, fue puesto bajo las órdenes de Cástulo Herrera, otro de los dirigentes maderistas mientras el propio González se dirigiría a la frontera con EE. UU. para supervisar la entrada de armas y municiones de contrabando, y para facilitar la entrada de Madero, exiliado en Texas. El 17 de noviembre de 1910, Villa atacó la Hacienda de Chavarría para obtener caballos y provisiones, y dio muerte a su propietario, Pedro Domínguez, un partidario del porfiriato que estaba a punto de recibir su nombramiento como juez, y que había prometido perseguir a Villa sin descanso. De esta forma, mezclando bandidaje y motivaciones políticas, Villa comenzó su carrera como revolucionario. Tres días después, el 20 de noviembre, los partidarios de Madero se reunieron para comenzar su planeada insurrección. Entre todos, sumaban sólo 357 hombres, la mayoría mal armados, pero contaban con una buena motivación. Al día siguiente, la columna insurgente ocupó el pueblo de San Andrés, y emboscó un tren que arribó a la localidad con dos compañías de soldados federales, obteniendo así su primera victoria. Días después, y en virtud de su iniciativa, Villa recibe el mando de una compañía de 50 hombres, de un total de 227, con los que contaba por entonces la columna insurgente.

Su siguiente paso será la preparación del ataque a la capital, Chihuahua. Sin embargo, al explorar la localidad, acompañado por 10 de sus hombres, Villa descubre que ha llegado a la misma una fuerza de soldados federales de 1.800 hombres, al mando del general Juan J. Navarro Báez (1841-1934), y se repliega para avisar a los suyos. El general Navarro salió de la ciudad con una columna de 700 hombres para dar caza a los insurgentes, enviando como avanzadilla a un escuadrón de caballería, de 100 hombres, al mando del coronel Trucy Aubert. Dicha fuerza de caballería fue emboscada desde un cerro cercano al rancho de las Escobas por una veintena de guerrilleros maderistas, al mando de Santos Estrada. Villa, acudió en auxilio de Estrada con 23 hombres y se sumó al combate. Sin embargo, el coronel Aubert había avisado a la columna de infantería del general Navarro y en poco tiempo los dos grupos guerrilleros se vieron rodeados por una ingente tropa enemiga. Tras 90 minutos de tiroteo, el grupo de Santos Estrada había sufrido 8 muertos y tres heridos, entre ellos el propio Estrada, y el grupo de Villa había perdido 9 hombres, recibiendo el propio Villa un disparo en el muslo. Solo la llegada de la noche, y la torpeza táctica de Navarro, permitieron a los supervivientes romper contacto con el enemigo y escapar del cerco. En este primer combate a campo abierto con los federales, Villa pierde a muchos de sus viejos amigos, sin embargo, y pese a la disparidad de fuerzas, los guerrilleros maderistas lograron resistir un buen tiempo y causaron casi un centenar de bajas a los federales, entre muertos y heridos, obligando a Navarro a regresar a Chihuahua para que fueran atendidos sus hombres en el hospital. Mientras tanto, Pascual Orozco tomó con su grupo guerrillero la localidad de Villa Guerrero y Villa partió con su grupo para integrarse en sus fuerzas. El gobernador de Chihuahua, sabiendo que tanto Madero, como Abraham González, estaban en EE.UU., decidió negociar un armisticio con los jefes guerrilleros: Pascual Orozco, Cástulo Herrera, Francisco Salido, José de la Luz, y Francisco Villa, pero los insurgentes decidieron continuar la lucha.

El 11 de diciembre, un grupo guerrillero de 200 hombres, al mando de Francisco Salido, se enfrenta con una columna de 900 soldados federales, al mando de Navarro, en un cerro al sureste de la localidad de Guerrero. El resto de las tropas insurgentes acuden en su ayuda, pero sufren numerosas bajas a causa de la artillería enemiga y se tienen que replegar derrotados, tras tres horas de combate, dejando en el campo de batalla 80 muertos, entre los que estaba Francisco Salido, por tan solo 14 bajas de los federales. Villa no llegó a tiempo para participar en la batalla, y esto causó tensiones entre los líderes guerrilleros. Cansado de cómo dirigían la insurrección Orozco y el resto, Villa decide actuar por su cuenta. No era un hombre dispuesto a obedecer ciegamente, lo suyo era liderar con el ejemplo, desde la silla de su caballo.

Tras varias escaramuzas a mediados de diciembre, Villa consigue más hombres y más caballos, con los que forma una tropa de caballería de 300 hombres. A comienzos de enero ocupa varios pueblos y parte junto con dos hombres a explorar la localidad de Parral, defendida por 300 soldados federales. Allí, es reconocido por un vecino que lo delata, y es sorprendido de noche por una treintena de enemigos que pretendían apresarlo. Tras un breve tiroteo, Villa logra escapar a duras penas, recibiendo una herida de bala en el tórax y un rasguño en el vientre. Tras reunirse de nuevo con sus tropas, Villa toma Guadalupe el 7 de febrero y entra de nuevo en solitario en Chihuahua, en esta ocasión disfrazado como un carbonero, con objeto de establecer una red de informantes.

El 14 de febrero de 1911, Francisco I. Madero, salió de su refugio en Texas, EE. UU., y entró en el estado de Chihuahua para dirigir en persona la insurrección revolucionaria contra el régimen de Porfirio Díaz. Mientras Madero comienza a reunir sus fuerzas para tomar el estado, Villa, y sus 300, siguen a lo suyo: asaltan localidades controladas por los federales, destruye los postes del telégrafo y vuela puentes para aislar Chihuahua de las fuerzas federales acantonadas en Torreón, en el estado de Coahuila.

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Francisco I. Madero, 1873-1913

El 6 de marzo, Madero, al mando de una columna de 800 voluntarios, decide atacar la localidad de Casas Grandes, defendida por una guarnición de 500 soldados federales al mando del coronel Agustín A. Valdez. Madero no recurrió a los guerrilleros de Orozco, ni a Villa, quizás pensando que con su superioridad numérica bastaba. Sin embargo, no fue así y, tras la llegada de una columna de refuerzo, con otro medio millar de soldados federales y dos morteros, fue completamente derrotado, y se vio obligado a retirarse. En el sangriento combate, las fuerzas de Madero sufrieron 58 muertos (entre ellos 15 voluntarios estadounidenses), 41 prisioneros y un número indeterminado de heridos, entre ellos el propio Madero, que resultó herido en el brazo derecho, y que, de no ser por la intervención de su escolta, el futuro general Máximo Castillo, habría sido capturado. La humillante derrota, fruto de la inexperiencia, fue achacada a la inoperancia de los exploradores de la columna, que no avisaron de la llegada de los refuerzos federales. Por ello, Madero ordenó colgarles como castigo, dando así un severo aviso al resto de sus hombres. Otra lección que dejó la derrota fue la necesidad de Madero de contar con el consejo de Orozco y de Villa, los dos jefes guerrilleros más exitosos. Tras reunirse con Villa, éste le expone claramente que carecen de armas y municiones para atacar con éxito la ciudad de Chihuahua, y propone continuar desgastando a los federales con ataques guerrilleros. Sin embargo, Madero opta por avanzar sobre Ciudad Juárez, una ciudad fronteriza con los EE.UU., cuya posesión les garantizaría un fácil acceso a las armas y municiones de contrabando que tanto necesitaban para abastecer adecuadamente a sus tropas.

El 7 de abril de 1911, Madero comienza su marcha hacia el norte con un ejército de 3.500 hombres, compuesto por voluntarios mexicanos de diversa índole, entre ellos los contingentes de guerrilleros campesinos de Pascual Orozco, de Francisco Villa, y de José de la Luz Blanco y, también, por varios voluntarios extranjeros, entre ellos algunos notorios, como Oscar Creighton, un dinamitero estadounidense experto en volar puentes, Felix A. Sommerfeld, un agente secreto alemán, Benjamin Johannes Viljoen, un antiguo general bóer que actuaba como consejero personal de Madero, e, incluso, un nieto del famoso Garibaldi, llamado Giuseppe Peppino Garibaldi (1879-1950), que alcanzaría el grado de general y obtendría el mando de la “Legión Extranjera” de Madero (un pomposo nombre para el medio centenar de voluntarios de diversas nacionalices). Tras una marcha en la que comienzan a surgir disputas entre los diferentes grupos que integran el ejército de Madero, el 20 de abril alcanzan Ciudad Juárez, acampando a las afueras, a orillas del río Bravo, que sirve de frontera con EE. UU. Las defensas de la ciudad se reducen a 675 soldados federales al mando del ya conocido general Navarro, algunas ametralladoras, dos morteros, y varias trincheras y barricadas improvisadas para cortar las calles. Pese a contar con una gran superioridad numérica, Madero, escarmentado por su infructuoso ataque a Casas Grandes, decide optar por la cautela, y ordena cercar la plaza, con objeto de forzar su rendición. El 22 de abril, dos enviados del gobierno, Oscar Braniff y Toribio Esquivel Obregón, tratan de negociar una salida al conflicto con Madero, ofreciendo la dimisión del vicepresidente del gobierno, Ramón Corral (1854-1912), y de los gobernadores provinciales, pero manteniendo a Porfirio Díaz como jefe del estado. Madero no acepta dichas condiciones y exige la renuncia de Porfirio Díaz, aunque mientras se continúa la negociación acepta un cese el fuego. Mientras las negociaciones se alargaban en el tiempo, los caudillos revolucionarios, que exigían atacar la ciudad, se impacientaban y discutían entre ellos. Villa y Peppino Garibaldi tuvieron una seria disputa, en la que tuvo que intervenir el propio Madero para evitar un enfrentamiento mortal.

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Pascual Orozco, Alberto Braniff, Pancho Villa y Peppino Garibaldi

El 7 de mayo, Porfirio Díaz se reafirma en no abandonar el gobierno y, rotas las negociaciones, Madero, temiendo que EE. UU. intervenga en el conflicto para proteger la frontera, ordena a sus tropas levantar el cerco y dirigirse a Sonora. Sin embargo, ni Pascual Orozco, ni Villa, ni Garibaldi, están dispuestos a renunciar a la victoria, y, al día siguiente, el 8 de mayo, comienzan el ataque sobre la ciudad, tomando algunas trincheras y casas de las afueras. Tras dos días de intensos combates, casa por casa, el 10 de mayo, la guarnición federal, sobrepasada por los números, el ímpetu, y las tácticas de asalto con pequeños grupos, de los revolucionarios, no ve más salida que rendirse. La batalla se saldó con un centenar de bajas, entre muertos y heridos, para cada lado (aunque, como siempre, cada bando exageró enormemente las pérdidas del contrario). Pese a sus reticencias iniciales, con la toma de Ciudad Juárez, Madero consiguió una gran victoria, con resonancia internacional, que le permitió ganar legitimidad para su causa y poner en graves aprietos a Porfirio Díaz. Finalmente, tras varias rondas de negociaciones, el gobierno y Madero pactaron la salida negociada de Porfirio Díaz, mediante la firma de los Tratados de Ciudad Juárez, el 21 de mayo de 1911.

El 25 de mayo de 1911, Porfirio Díaz renunció a la presidencia y se embarcó rumbo al exilio, en Francia. Allí permaneció, viviendo en París, hasta su muerte, en 1915. De esta forma finalizaban tres décadas de gobierno personalista, y en México comenzaba una nueva era, marcada por la inestabilidad y las luchas de poder. Firmada la paz, los servicios de los jefes guerrilleros dejaban de ser necesarios.

A mediados de mayo, Orozco y Villa mantuvieron una fuerte discusión con Madero, por no abastecer con suficiente comida a las tropas, y, además, por impedirles fusilar al general Navarro, responsable de la ejecución de varios guerrilleros prisioneros (aunque siendo justos, a Villa también le gustaba ejecutar, ya fuera por sí mismo, o mandando fusilar, a los cabecillas enemigos, o a las autoridades civiles que se oponían a la revolución). La discusión llegó a tal punto que Orozco y Villa casi acaban a tiros con la escolta de Madero. Finalmente, el problema se solucionó con Madero dándoles un cheque de 40.000 pesos para adquirir comida, y con el traslado del general Navarro a la frontera con EE. UU., en dónde pudo refugiarse de las ansías de venganza de los guerrilleros. Pese a la reconciliación temporal, suavizada, días después con otro cheque de 11.500 pesos, que Madero concedió a Villa, para compensarle por los gastos realizados para mantener la causa de la revolución, continuó el malestar latente entre los jefes guerrilleros y Madero, aunque estos perdieron peso, tras la orden de desmovilización de los combatientes irregulares.

El 27 de mayo, Francisco Villa aprovechó el fin de las hostilidades para casarse con su prometida, Luz Corral, y establecerse en una casa a las afueras de Chihuahua. Por otro lado, su reclutador, Abraham González, logró la victoria electoral en las elecciones de agosto y fue elegido nuevo gobernador del estado. Orozco, que quiso presentarse también a las elecciones estatales, pero no pudo, por no tener aún la edad mínima, de 30 años, exigida (tenía 29 años), se sintió ninguneado, y aumentó su resentimiento con Francisco I. Madero, quien, por su parte, alcanzó finalmente la presidencia de México tras imponerse, con una mayoría aplastante, en las elecciones del 15 de octubre de 1911. Sin embargo, pese a obtener el triunfo, el gobierno democrático de Madero se enfrentaba a importantes retos, los campesinos exigían el reparto de los latifundios creados durante el porfiriato, y, al no ver atendidas sus demandas, en cuestión de meses comenzaron nuevos levantamientos, como el de Emiliano Zapata en el sur del país, el 25 de noviembre de 1911, y el de su antiguo aliado, Pascual Orozco, el 3 de marzo de 1912. La vida tranquila que pretendía Villa llegaría pronto a su fin.

3 – Villa sale en defensa de Madero y se enfrenta a la rebelión de Orozco (1912).

Mientras se producían estos estallidos sociales y revueltas políticas, Villa vivía plácidamente con su mujer en Chihuahua y, a mediados de enero de 1912, abrió una carnicería, con vistas a aumentar sus ingresos y poder vivir tranquilamente de sus negocios, como un pacifico civil. Sin embargo, en el fondo, las injusticias aún le removían por dentro y, a finales de ese mismo mes de enero, llegó a escribir una carta a Madero quejándose del asesinato de uno de sus antiguos camaradas de armas a manos del gobernador de Parral y diciendo que: “es una vergüenza nacional señor Madero contemplar, sin tomar parte en la materia, que el caciquismo sigue imperando”.

Ante la creciente inestabilidad, Villa decidió contactar con algunos de sus antiguos camaradas y comenzar a prepararse, reuniendo a sus tropas y consiguiendo armas y caballos, para enfrentarse a lo que aconteciera. Pese a compartir la idea de que los cambios políticos no se estaban transformando en cambios sociales y económicos a la velocidad necesaria, Villa no dudó en apoyar al gobernador Abraham González, confiando en sus promesas de una nueva ley agraria, la creación de un banco agrario, y la construcción de escuelas públicas, con objeto de mejorar las condiciones de vida de los campesinos. Mientras tanto, el 25 de febrero nació su primera hija, Luz Elena.

Finalmente, tratando de aprovechar en su favor el descontento reinante entre la población, el 3 de marzo, Orozco se sublevó contra Madero y se hizo con el control de la capital, Chihuahua, sin encontrar oposición, ya que, en aquellos momentos, Villa se encontraba persiguiendo al coronel Antonio Rojas, un antiguo revolucionario, que había escapado de la prisión de Chihuahua, en donde estaba recluido por alzarse contra el gobierno en diciembre de 1911. Ese mismo día, cuando Villa y sus hombres regresaban a Chihuahua, fueron recibidos a tiros por las tropas de Orozco. Ante la desproporción de fuerzas, Villa se tuvo que retirar y, a partir de entonces, comenzó a ser perseguido por los “colorados” de Orozco. Tras algunas escaramuzas, Villa se dirige a Parra y se hace con el control de la guarnición, ante el temor de que se pasasen también a las fuerzas de Orozco.

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Pascual Orozco, 1882-1915

Mientras tanto, el gobierno envió contra Orozco una columna de unos 8.000 soldados, al mando del general José González Salas. El 24 de marzo, las tropas de Orozco emboscaron a los federales de Salas cuando estos llegaban, en tren, a la estación de la localidad de Rellano, lanzándoles una locomotora cargada de explosivos que destruyó el tren federal y causó enormes bajas entre sus filas. Los supervivientes, escaparon a duras penas, perseguidos por los colorados y, ante la durísima derrota, el general Salas acabó suicidándose poco después. Tras esta contundente victoria, Orozco decidió al día siguiente, 25 de marzo, promulgar un manifiesto político, el conocido como “Plan de la Empacadora” mediante el que atacaba al gobierno de Madero por no cumplir las reformas agrarias y sociales prometidas, y por vender el país a los EE. UU., y en el que exigía un gobierno de transición y la convocatoria de nuevas elecciones, y mejoras sociales tales como una reducción de jornada laboral a 10 horas diarias, la prohibición de emplear como trabajadores a menores de 10 años, y la expropiación de los latifundios que no se trabajasen. Sin embargo, pese a creerse victorioso y tener grandes planes, Orozco había cometido el grave error de subestimar a Villa, quien, desde Parral, había conseguido incrementar sus tropas, tras obligar a los hacendados de la localidad a hacer una contribución de 100.000 pesos, con los que pudo comprar armas y municiones, y, pagar a más hombres.

Finalmente, Orozco envió a uno de sus hombres, el general Emilio P. Campa, con 1.500 soldados, dos ametralladoras y un cañón, para desalojar a Villa de Parral. El 2 de abril, las tropas de Campa atacaron Parral, pero las tropas de Villa se mantuvieron firmes y lograron resistir los ataques enemigos. Gracias a esa tenacidad, y también, a la intervención de un mercenario estadounidense residente en Parral, Tom Fountain (Thomas Lafountain), que, emplazado con una ametralladora en el cercano cerro de la Cruz, logró contener con su mortífero fuego a la caballería enemiga y abatir, además, a la dotación del cañón enemigo, las tropas de Villa lograron alzarse con la victoria, capturando a más de 100 enemigos, y un gran número de armas y caballos. Tras retirarse, el humillado Campa juró regresar para vengarse. Sin embargo, no sería Campa, sino otro de los generales de Orozco, José Inés Salazar (1884-1917), quien, el 8 de abril, se presentó ante Parral con 2.500 colorados. Villa, con 160 hombres trató de nuevo de rechazar el ataque enemigo, pero, en esta ocasión, y ante la desproporción numérica, se vio obligado a huir tras varias horas de combate. Tras su victoria, los colorados saquearon Parral brutalmente, lo que ocasionó el desprestigio de la causa de Orozco, y la perdida de un buen número de simpatizantes entre los sectores más humildes de la población. Además, durante dicho saqueo, los soldados colorados hallaron oculto al mercenario estadounidense, Thom Fountain, que fue capturado, y, tras ser juzgado, acabó siendo ejecutado. Este asesinato fue un grave error estratégico, ya que generó la animadversión del gobierno estadounidense hacia los rebeldes, y el cierre total de la frontera con México, impidiéndose así la entrada de armas y municiones. A partir de entonces, las tropas de Orozco tendrán serias dificultades para reabastecerse, y pasarán a estar en franca desventaja frente a los federales.

Tras retirarse de Parral, Villa se dirigió hasta la localidad de las Nieves, en dónde reunió a sus partidarios y se dispuso a apoyar a una nueva columna federal, al mando del general Victoriano Huerta (1845-1916), enviada por el gobierno para aplastar a los rebeldes colorados. Para entonces, Villa tenía bajo su mando directo a 400 soldados, y otro grupo de 500, actuaban bajo el mando de su “compadre”, Tomás Urbina Reyes (1870-1915). Con estas tropas, y la llegada de suministros de armas y municiones, enviadas por el gobierno federal, Villa creó su gran “División del Norte”, una fuerza de combate con la que poder hacer frente a Orozco exitosamente.

Tras reunirse con Huerta (un hombre que le causó a Villa una profunda desconfianza por su afición desmedida a la bebida) en Torreón, Villa recibe instrucciones de Madero de ponerse a sus órdenes y pasa a comandar la avanzada federal, abriendo camino con su división al resto del ejército para prevenir emboscadas. El 8 de mayo, Villa sorprende a un destacamento de colorados en la localidad de Tlahualilo y logra derrotarlos, capturando 600 caballos. Un éxito que le valió una felicitación oficial y su ascenso a general brigadier “honorario”, recibiendo, días después, el mando del ala derecha del ejército federal. El 12 de mayo, Villa comanda una carga de 800 de sus hombres contra un destacamento de caballería rebelde en Estación Conejos. El combate de ambas tropas montadas degeneró en una brutal melee de jinetes disparándose con sus revólveres, que causó grandes bajas en ambos bandos. Poco a poco se fueron sumando más tropas a la batalla, hasta que la llegada de la artillería federal decantó la batalla. Los colorados se vieron obligados a retirarse tras sufrir cuantiosas bajas.

El 22 de mayo de 1912, ambos bandos volvieron a enfrentarse, cuando los federales se encontraron al grueso del ejército colorado, unos 7.000 hombres, atrincherado en las lomas cercanas a la localidad de Rellano. Huerta, decidió aprovechar la ocasión para entablar una batalla formal en la que sacar partido de sus disciplinadas tropas, y, sobre todo, de sus 36 cañones de artillería. Villa, de nuevo, obtuvo el prestigioso mando del ala derecha del ejército, con la misión de combatir la caballería enemiga mientras la infantería de Huerta avanzaba por el centro, apoyada por un incesante bombardeo de artillería que causaría estragos entre las filas enemigas. Pese a todo, los colorados aguantaron firmes las cargas enemigas durante 22 horas de combate, hasta que, tras sufrir más de 600 bajas, entre muertos y heridos, se vieron forzados a retirarse hasta Chihuahua. La Batalla de Rellano fue un golpe decisivo para los rebeldes, no solo por las bajas sufridas sino porque muchos soldados se desmoralizaron ante el poderío de la artillería federal. Pese a todo, Orozco no se rindió y con los restos de su ejército continuó luchando. El 4 de julio de 1912, los federales se encontraron con las tropas de Orozco atrincheradas en el cañón de Bachimba, (a unos 42 kilómetros al sureste de Chihuahua), con intención de bloquear su avance hasta la capital. Ante esta situación, el general Huerta ideó una hábil maniobra: decidió fijar al enemigo con su artillería e infantería mientras su caballería realizaba un movimiento envolvente por el flanco con el que logró sorprender a los colorados por la retaguardia, causando el caos entre sus filas y forzándoles a retirarse desordenadamente tras sufrir unas 300 bajas, por tan solo 80 entre los federales. La conocida como Batalla de Bachimba, significó el final para la rebelión, cuatro días después, los federales entraban en Chihuahua mientras Orozco huía hacía el norte con un puñado de fieles para continuar la lucha, mediante guerrillas contra las guarniciones federales. En una de dichas acciones guerrilleras, Orozco fue herido, el 11 de septiembre, durante la toma de la localidad de Ojinaga, y pocos días después huyó a EE. UU., en dónde tuvo que esquivar a las autoridades, que le reclamaban para responder por el asesinato de Thomas Fountaine. Finalizaba así la rebelión de Chihuahua, pero los problemas para México estaban aún lejos de finalizar. Los dos generales victoriosos, Huerta y Villa, se vería las caras en un trágico episodio que puso fin al gobierno de Madero.

Antes de pasar al siguiente episodio, cabe destacar, como anécdota, que el 26 de mayo, Villa regresó a Parral, liberando la ciudad del control colorado. Los lugareños, decidieron celebrar su regreso victorioso realizando un banquete en su honor, y, durante la fiesta, Villa conoció a una hermosa muchacha, Piedad Nevárez, de la que se enamoró instantáneamente, y con la que decidió casarse esa misma noche. Como el lector habrá percibido, era su segundo matrimonio, pero no sería el último, al final de su vida, Villa dejó a 23 esposas documentadas, aunque solo 4 de ellas reclamarían oficialmente ser la esposa legal, y el congreso mexicano decretó que sería solo una, Soledad Seáñez Holguín, la viuda oficial del héroe. Aparte, Villa dejaría a la posteridad la friolera de 24 hijos, el último de los cuales, Ernesto Nava Villa, falleció la nochevieja de 2009.

4 – El final del gobierno de Madero y la campaña contra Huerta (1912-1914).

Durante la campaña militar contra Orozco, Villa y Huerta tuvieron varios roces fruto de una animadversión mutua. Huerta era un hombre hecho a sí mismo, siendo tan sólo un muchacho de origen humilde e indígena logró una beca para estudiar en el Colegio Militar y, en base a sus méritos, con el tiempo logró ascender al generalato, todo un logro. Era por tanto un militar brillante, cuando estaba sobrio…Su desmedida afición al alcohol sin duda le afectaba psicológicamente y le hacía tomar, de cuando en cuando, decisiones irreflexivas o incluso contradictorias, algo que Villa, criticaba abiertamente, lo que, a su vez, provocaba un profundo resentimiento en Huerta, que consideraba a Villa y a sus hombres poco más que malhechores indisciplinados. Ya durante la campaña, Huerta ordenó el arresto sin motivo aparente del compadre de Villa, Tomas Urbina, liberándolo poco después sin dar explicaciones, y, al término de ésta, decidió actuar contra el propio Villa, después de una discusión entre ambos a cuenta de unos caballos que el líder guerrillero había apresado sin permiso de Huerta. El 4 de junio de 1912, Villa fue detenido por dos oficiales de Huerta que lo llevaron frente a la tapia de un corral con intención de fusilarlo. Villa, con los ojos llorosos, por la rabia que le producía ese triste final, repartió sus pertenencias personales entre el pelotón de ejecución y se dispuso a morir, sin embargo, la fortuna quiso que se salvase en el último minuto gracias a la intervención de varios oficiales federales, entre los que estaban dos hermanos del presidente Madero, Emilio y Raúl, que mediaron ante Huerta para salvar la vida de Villa. Tras un intercambio de telegramas con Madero, Huerta decidió dejar el destino de Villa en manos de la justicia militar y ordenó su traslado en tren a ciudad de México para que fuera allí procesado por apropiarse de bienes ajenos y por su indisciplina al negar a devolverlos.

Villa pelotón fusilamiento
Villa a punto de ser fusilado

El 11 de junio de 1912 comenzó el juicio contra Villa, sumándose a los cargos previos, como nueva acusación, el haber saqueado Parral, en base a las quejas de ciudadanos de la localidad por las incautaciones realizadas por Villa de dinero, armas y municiones, con objeto de abastecer a sus tropas y poder defender la localidad. Pese a los alegatos en su favor del gobernador de Chihuahua, Abraham González, y al hecho de haber contado con autorización oficial para esas incautaciones, el juicio contra Villa siguió adelante alargándose en el tiempo. Un tiempo, que Villa pasó en prisión, renegando de las inquinas políticas de Huerta, pero que, como consuelo, le sirvió también para instruirse, gracias a la ayuda de otro preso, un joven revolucionario zapatista llamado Gildardo Magaña Cerda (1891-1939), que le enseñó a leer y a escribir, y, de paso, le habló de las reformas agrarias que proponían los zapatistas. Mientras tanto, sus abogados tratan de buscar nuevas estrategias, como la idea de que se le permita a Villa exiliarse en España, medida con la que Madero parece estar conforme, pero que no se acaba de concretar, y, el 7 de noviembre, Villa es trasladado a nueva prisión, la cárcel de Santiago Tlatelolco. En el fondo, Villa este preso por motivos políticos, muchos hacendados y militares desconfían de su popularidad entre las clases bajas, y tienen miedo de que se levante en armas y se convierta en un nuevo señor de la guerra, al estilo de Orozco. Finalmente, Villa acaba hartándose de la indecisión política de Madero y decide fugarse, sobornando al funcionario del juzgado de la cárcel, Carlos Jáuregui, para que le facilite dos pistolas. Armas que al final no necesitó, ya que el 26 de diciembre, gracias a la ayuda de Jáuregui, Villa salió tranquilamente por la puerta, “disfrazado” de doctor y con unas lentes oscuras. Tras afeitarse el bigote, para evitar ser reconocido, se desplazó, viajando en varios trenes, hasta el norte, llegando a la ciudad de El Paso, Texas, EE. UU. el 3 de enero de 1913. Allí, permanecerá Villa hasta que los acontecimientos políticos le obliguen de nuevo a tomar las armas.

El 9 de febrero de 1913, el general Manuel Mondragón (1859-1922), se levantó en armas en ciudad de México, con el apoyo de los cadetes de la Escuela Militar de Aspirantes de Tlalpanse y de la tropa del cuartel de Tacubaya. Los militares sublevados liberaron de prisión a dos generales golpistas Félix Díaz (1868-1945) y Bernardo Reyes (1849-1913), y trataron de tomar el Palacio Nacional, aunque fueron derrotados gracias a la tenaz defensa de las tropas leales que defendían el edificio y tuvieron que retirarse tras sufrir 1115 bajas, entre ellas el general Reyes. Tras estos acontecimientos, que dieron lugar al comienzo de la conocida como Decena Trágica, los sublevados se retiraron a un arsenal fortificado, conocido como la Ciudadela, en donde aguardaron a que otros mandos militares decidieran sumarse al golpe de estado. Los militares leales, bajo el mando de Huerta, trataron de retomar la Ciudadela en los días siguientes, pero sin ningún éxito. Nueve días, después, el 18 de febrero, el general Díaz, erigido en comandante de los sublevados, y el general Huerta, al mando de los leales, se reunieron en secreto, a instancias del embajador de EE. UU., Henry Lane Wilson (1857-1932), y acordaron derrocar a Madero y erigir a Huerta en presidente temporal, hasta la convocatoria de nuevas elecciones. Este Pacto de la Embajada sellaba el destino de Madero, ese mismo día, los hombres del traidor Huerta arrestaron al presidente Madero, a su hermano Gustavo, al vicepresidente José María Pino Suárez y a varios políticos aún leales. Los prisioneros fueron trasladados a la Ciudadela y, al día siguiente, los soldados torturaron vilmente y asesinaron a Gustavo Madero. El 22 de febrero de 1913, la conspiración culminó con asesinato, por orden de los generales sublevados, del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente Pino Suárez, ejecutados personalmente por el coronel Francisco Cárdenas (1878-1920) durante un traslado a la penitenciaría. Para ocultar el asesinato, los militares recurrieron a la tan manida excusa del intento de fuga…

Tras estos lúgubres acontecimientos, el general traidor, Huerta, tomó el control del país e instauró una dictadura personalista. Curiosamente, su viejo enemigo, el exiliado Pascual Orozco, celebró la llegada de Huerta al poder y se puso a su servicio, tratando de convencer a Emiliano Zapata para que hiciera lo mismo, y acatase al nuevo gobierno. Zapata, agraviado por la propuesta, le respondió fusilando, en abril de 1913, al mensajero, que era el propio padre de Orozco. Otro hombre que sufrió las consecuencias de la llegada de Huerta al poder fue el gobernador de Chihuahua, y viejo amigo de Villa, Abraham González, que, tras ser capturado, fue asesinado, el 6 de marzo de 1913, por la escolta que lo trasladaba en tren a ciudad de México.

Al conocer el asesinato de Madero, Villa, pese a sus desencuentros con el presidente, lloró de rabia y juró vengarse del traidor Huerta, regresando a México, el 8 de marzo de 1913, para comenzar una nueva lucha. En aquellos momentos solo contaba con ocho hombres, con los que inmediato, a partir del 10 de marzo, comenzará a asaltar haciendas para conseguir fondos, caballos y armas. En uno de estos asaltos, Villa ordenó la ejecución del administrador de la Hacienda de Terrazas, al que gustaba abusar de las sirvientas. De esta forma, Villa, ejerciendo su “justicia popular”, conseguirá hacerse con las simpatías de los campesinos jornaleros del norte de Chihuahua y reunir adeptos para su causa. Su principal objetivo, era hacerse con el control del territorio, y sumar fuerzas con otros opositores a la dictadura de Huerta, como el gobernador del estado de Coahuila, Venustiano Carranza (1859-1920), y con el gran líder revolucionario del sur, Emiliano Zapata. A comienzos de abril, Villa, que ya cuenta con unos 400 hombres y una amplia red de informantes, asalta un tren cargado de lingotes de plata, lo que le permite hacerse con una buena fortuna con la que expandir sus fuerzas guerrilleras.

Dictador huerta
Victoriano huerta, 1850-1916

Las continuas acciones de hostigamiento, y asaltos, de Villa, desbordaron al gobernador de Chihuahua, el general Rábago, que se mostró incapaz de contrarrestarlas. Ante esto, el dictador Huerta decidió sustituirle, a mediados de mayo, por el general Mercado, que se desplazó a Chihuahua con 900 soldados de refuerzo, dispuesto a acabar con Villa y sus hombres (curiosamente, el general Rábago, despechado por su relevo, se unió posteriormente a las fuerzas constitucionalistas de Carranza). Comenzaba así una nueva fase en la que el conflicto se intensificaría, mezclándose las acciones guerrilleras con verdaderas batallas en campo abierto. El 29 de mayo, Villa, pese a estar en inferioridad numérica, derrotó a una columna federal de 1.500 hombres, al mando del general Romero, en las afueras de Saucillo, apropiándose de un botín de 200 modernos fusiles Mauser, y haciendo 116 prisioneros. Tras esto, se desplazó hacia el norte de Chihuahua, para reorganizar la red de entrada de armas y suministros militares por la frontera de Ciudad Juárez. Estando allí, el 13 de junio emboscó, en la localidad de Bustillo, a dos trenes que transportaban un contingente de 500 soldados federales, reforzados con milicianos de Pascual Orozco (el cual, y pese a sus deseos de vengarse de Zapata por la muerte de su padre, seguía las órdenes de Huerta de actuar en Chihuahua para combatir a Villa con sus colorados). Tras una intensa refriega, los federales se vieron obligados a huir, tras sufrir medio centenar de bajas. Cinco días después, el 18 de junio, el segundo de Villa, Tomás Urbina, que lideraba su propio su destacamento, tomó la ciudad de Durango, capital del estado homónimo situado al sur, con lo que cortaba una importante vía de abastecimiento para las tropas federales en Chihuahua.

Estas acciones, obligaron a los federales a trasladar más tropas al norte, y a reconcentrar sus efectivos, lo que aprovechará Villa para atacar, el 20 de junio, a una guarnición federal de 400 soldados, en Casas Grandes, que acabaron rindiéndose tras sufrir un brutal asalto durante la noche, que ocasionó muchas bajas por ambas partes. La dureza del combate, y la procedencia de los soldados de la guarnición, que eran colorados de Orozco, ocasionaron un gran malestar entre las tropas de Villa, que exigieron represalias. Ante esto, y dado que los colorados eran considerados como traidores por sus paisanos de Chihuahua, Villa ordenó fusilar en masa a sus prisioneros. Un vergonzoso crimen de guerra, en el que solían incurrir todos los bandos de esta guerra civil y que se sumaba ya a una larga lista.

Tras esta victoria, Villa continuó asaltando haciendas, y reuniendo hombres con los que aumentar sus fuerzas, preparándose así para emprender acciones de mayor envergadura, y, además, se reunió con los emisarios de Venustiano Carranza: Adolfo de la Huerta, Juan Sánchez Azcona y Alfredo Breceda, para tratar la estrategia a seguir contra Huerta. En dicha reunión, Villa firma su adhesión al Plan de Guadalupe un documento promulgado por Carranza, el 26 de marzo de 1913, en el que, básicamente, se desconocía la autoridad de Huerta, y la del resto de poderes del Estado, y le otorgaba autoridad a Carranza para conformar un ejército con el que devolver por la vía de las armas el orden constitucional. Además, Carranza asumiría la presidencia hasta la convocatoria de elecciones. Era, por tanto, un documento en el que Carranza se erigía como máximo responsable de las operaciones contra el dictador Huerta. Por otro lado, Carranza quiso poner a las fuerzas de Villa bajo el mando del general revolucionario Álvaro Obregón (1880-1928), pero, Villa no estaba dispuesto a seguir órdenes de nadie, y menos de alguien de otro estado (Obregón era de Sonora) y que, por tanto, desconocía el contexto revolucionario de Chihuahua. Curiosamente, además de enviarle a sus emisarios, Carranza proporcionó a Villa un pequeño grupo de mercenarios estadounidenses, dirigidos por Emil Lewis Holmdahl (1883-1963), expertos en el uso de ametralladoras.

Gracias a las continuas acciones de Villa en el norte de Chihuahua, y de Maclovio Herrera y Tomás Urbina en el sur de Chihuahua y el norte de Durango, la presencia de los federales en el estado se redujo a la capital, Chihuahua, a Ciudad Juárez, y a unas pocas ciudades menores. Ante esta situación el general Huerta preparó un contraataque para recuperar el terreno perdido. El encargado de llevarlo a cabo fue Pascual Orozco, que, a comienzos de julio, salió de Torreón al mando de un ejército de unos 1.200 hombres. Tras derrotar a varias partidas de rebeldes, el 22 de julio Orozco entró en Chihuahua. Gracias a su contraataque, la vía de abastecimientos volvió a abrirse, y llegaron, en tren, a la capital estatal ingentes cantidades de municiones, armas, y artillería. Todo un revés para los rebeldes, que ya contaban con hacerse con el estado en poco tiempo. A esta mala noticia, se sumó la muerte, el 14 de agosto, de la primera hija de Villa, Luz Elena, en su residencia del pueblo de San Andrés. Tenía tan solo un año y medio de edad y sufrió, supuestamente, el fallo de una arteria (su madre, Luz Corral, atribuía su muerte a que la habían envenado en el pueblo). Además, por esas mismas fechas, San Andrés fue tomado por los colorados de Orozco, y su familia cayó prisionera. Ante estas noticias, Villa se desplazó a San Andrés para retomar el pueblo y liberar a su esposa. El 26 de junio, se enfrentó a los ocupantes colorados: mil soldados, apoyados por cuatro ametralladoras y dos cañones, al mando del coronel Félix Terrazas. Tras rodear la población, Villa lanzó a su caballería a la carga, esperando que una acción rápida le granjease la victoria, pero los colorados, apoyados por su artillería, aguantaron bien y repelieron la carga, causando fuertes bajas entre los jinetes de Villa. Sin embargo, Villa no se dio por vencido, y gracias a la intervención de Emil Holmdahl, que silenció los cañones enemigos, pudo tomar finalmente el pueblo tras un confuso combate nocturno. Tras este duro combate, Villa ordenó fusilar de nuevo a los prisioneros colorados: 237 hombres. Sólo se salvó de la muerte un puñado de artilleros que decidió unirse a sus fuerzas. De esta brutal forma, el líder guerrillero recuperó a su familia y vengó los agravios sufridos.

Pancho Villa a Caballo 3
Villa Cabalga

Tras nuevas escaramuzas, el 29 de septiembre, Villa concentra sus tropas en la Hacienda de la Santísima Trinidad de la Loma, alcanzando los 2.600 efectivos al sumársele los destacamentos de Tomás Urbina, Maclovio Herrera y Calixto Contreras, y vuelve a crear su Gran División del Norte. Con dicha unidad, y, con el apoyo de unos 2.000 guerrilleros locales, decide atacar la ciudad de Torreón, en el estado de Coahuila, una importante posición estratégica, defendida por una nutrida guarnición federal, de unos 4.000 hombres, y 13 cañones, al mando del general Eutiquio Munguía. Al día siguiente, 30 de septiembre, las tropas de Villa alcanzaron la localidad de Avilés, y se encontraron allí con una tropa federal, en misión de exploración, que estaba compuesta por un destacamento de 550 hombres, y dos cañones, al mando del general Felipe Alvirez. Tras dos horas de combate, el pueblo cayó en manos de los soldados villistas. Gran parte de los soldados del destacamento federal murió en el violento asalto de la población, entre ellos, el propio general Alvirez. Solo se hicieron una veintena de prisioneros, que, como siempre, fueron pasados por las armas, a excepción de los artilleros. Los escasos supervivientes huyeron a Torreón. El error del general Munguía, de enviar el destacamento a Avilés, le costó perder 500 hombres y dos cañones, una fuerza que habría sido muy útil para defender Torreón, además, al haber enviado otro destacamento de 1.000 soldados para reabrir la ruta hacia Monterrey, y otro, de 300 soldados, a Sacramento, se encontró, con que frente a las fuerzas de Villa solo podía presentar 2.200 soldados, de los 4.000 con que había contado anteriormente. Estos errores le supusieron la derrota, ya que Villa no le dio tiempo a concentrar sus fuerzas, ese mismo día 30, comenzó el ataque contra Torreón. Tras dos días de incesantes ataques y contraataques, el 1 de octubre de 1913, el general Munguía decidió retirarse con los 1.700 hombres que le quedaban, dejando atrás su artillería y municiones, que cayeron en manos de Villa, una decisión discutible, que le granjeó ser sometido a un Consejo de Guerra en ciudad de México. La conquista de Torreón fue una gran victoria para la División del Norte, aunque las tropas de Villa sufrieron grandes bajas en el combate y, para resarcirse, fusilaron a 109 de los 167 prisioneros capturados en la batalla. Además, en un arrebato, Villa ordenó fusilar también a 8 comerciantes españoles que encontró en la ciudad, pero, gracias a la intercesión de la mujer de uno de ellos, dio contraorden. Por desgracia, este tipo de masacres eran cada vez más frecuentes, por ambas partes, en esa cruenta guerra civil que era la Revolución Mexicana.

Candelario Cervantes, Pablo López Aguirre, Francisco Villa, Francisco Beltrán y Martín López Aguirre
Pancho Villa y sus generales

Después de tomar Torreón, Villa regresó al estado de Chihuahua, con sus fuerzas aumentadas a 5.000 hombres, gracias a la incorporación de nuevos reclutas. El 23 de octubre tomó la ciudad de Camargo, y se planteó atacar la propia capital, Chihuahua. Confiado en sus fuerzas, avanzó hacía allí con su ejército, conminando, mediante una misiva enviada el 2 de noviembre, al gobernador Salvador Mercado a rendirse. Sin embargo, Mercado optó por fortificar la ciudad y reunir sus fuerzas: 6.300 hombres, entre los que estaban las tropas de caballería irregular de José Inés Salazar, y una nutrida artillería. Pese a contar con tan buenas defensas, Villa no desistió de su intención y el 5 de noviembre comenzó el ataque contra Chihuahua. Sin embargo, tras tres días de combates sin tregua, las tropas de Villa quedaron agotadas, y, faltos de municiones, optaron por replegarse, sufriendo la persecución de la caballería de Salazar. Tras recobrarse de la derrota, Villa ideó una atrevida maniobra: dejó 1.500 hombres para contener a sus perseguidores, y con otros 2.000 de sus hombres decidió atacar por sorpresa Ciudad Juárez. El del 14 de noviembre de 1913, un tren cargado de carbón llegó a la estación de la ciudad. Cuál sería la sorpresa de los 850 defensores de Ciudad Juárez, cuando, de sus vagones comenzaron a salir soldados de Villa, que, rápidamente, se agruparon en columnas para atacar los cuarteles de la ciudad y capturar la artillería enemiga. Presas del desconcierto, y con muchos de sus oficiales en los casinos y bares de la ciudad, los soldados de la guarnición federal no pudieron organizar una defensa coherente de la ciudad, y se vieron obligados a huir o a rendirse. Tan solo un grupo de 120 colorados, al mando del coronel Enrique Portillo, logró resistir algunas horas, atrincherándose en la plaza de toros local. Una resistencia vana, ante la superioridad de efectivos de Villa, que fue aplastada tras un ataque apoyado con ametralladoras. De esta forma tan peculiar y atrevida, Villa lograba el control sobre la segunda ciudad en importancia del estado de Chihuahua y obtenía una victoria mediática, al verse reflejada su conquista en las portadas de varios periódicos estadounidenses. Por otro lado, para granjearse el favor de la población, Villa impidió a sus hombres saquear la ciudad y se limitó a expropiar los negocios de varios comerciantes españoles, con el fin de abastecer a sus tropas, un abastecimiento, que se complementó con la entrada de municiones de contrabando por la frontera con EE. UU. Por otro lado, hay que destacar que, por azares del destino, el militar federal al mando de la plaza era el general Francisco Castro, uno de los hombres que en su momento intercedió ante Huerta para evitar el fusilamiento de Villa, por este motivo, Villa le protegió, enfrentándose a Carranza, que había solicitado por telegrama su fusilamiento inmediato. Finalmente, Castro logró huir a EE. UU. en donde permaneció, al ser acusado también por su propio bando de haberse vendido a Villa. Eran tiempos duros para la gente que no tenía un bando definido, y simplemente, estaba en el medio de la contienda.

Poco duraría la alegría para Villa, ya que el general Mercado, humillado por la pérdida de Ciudad Juárez, envió de inmediato una columna de 5.250 soldados, al mando del colorado José Inés Salazar, para recuperarla. Para evitar que la ciudad se convirtiera en un campo de batalla, Villa decidió plantar cara a las tropas federales en campo abierto, posicionando a sus fuerzas, unos 6.000 hombres, a unos kilómetros al sur de Ciudad Juárez. El 23 de noviembre de 1913, ambos ejércitos se enfrentaron en la conocida como Batalla de Tierra Blanca. Los federales, confiados en la disciplina de sus soldados, atacaron con su táctica usual: usando a su infantería y artillería para fijar al enemigo en sus posiciones defensivas mientras la caballería, compuesta por los veteranos colorados, realizaba una maniobra envolvente, atacando por el flanco izquierdo. Frente a este ataque, las tropas de Villas trataron de mantenerse firmes, aguantando las cargas enemigas, hasta verse rodeados por el enemigo. Cuando la situación comenzó a ser insostenible, Villa ordenó un ataque con su caballería contra el centro de la línea enemiga, aunque no logró romperla por completo, y se vio obligado a replegarse. Tras sufrir un contraataque, también por el centro, de la caballería colorada, que fue rechazado con muchas bajas para los hombres de Salazar, la llegada de la noche impuso una tregua en los combates. Al día siguiente se reanudó la batalla, sin ningún avance significativo. Ambos bandos comenzaban a sufrir agotamiento y el número de bajas se incrementaba. Decidido a jugarse el todo por el todo, a las 3 de la tarde, Villa se lanzó al frente de toda su caballería contra las líneas de infantería federales, en una carga masiva y brutal que arrolló a sus enemigos, desbaratando sus líneas y obligándoles a huir en desbandada. Puede que Villa no fuera un genio táctico, pero, compensaba sus carencias como militar profesional con grandes dosis de audacia, y, con un arrojo que rozaba la temeridad. De Villa siempre cabía esperar lo inesperado. La victoria de Tierra Blanca se saldó con unas 1.000 bajas federales y unas 500 entre los villistas, además, capturaron a 700 prisioneros, de los que Villa ordenó, como siempre, fusilar a los colorados, y a los oficiales federales, respetando solo a la tropa de leva. Con esta gran victoria, Villa pudo conservar Ciudad Juárez.

Tras reabastecerse, el 3 de diciembre Villa salió con su División del Norte rumbo a Chihuahua, dispuesto a tomar la capital aprovechando el desgaste y la disensión reinante entre las filas de los federales. El general Mercado, falto de suministros y enfrentado con sus aliados colorados, decidió abandonar Chihuahua para unir sus fuerzas a las de la guarnición de la ciudad de Ojinaga, ubicada al noreste del estado, a orillas de la frontera con el río Bravo. Una decisión que tiene toda la pinta de haber sido tomada, para que, en caso de derrota, Mercado y sus oficiales pudieran escapar a los EE. UU. y escapar de la más que previsibles represalias. Gracias a esto, las tropas de Villa entraron en Chihuahua, el 8 de diciembre, sin necesidad de combatir. Con el control de la capital, el gobierno del estado era suyo, y Villa fue proclamado gobernador de Chihuahua. Curiosamente, una de sus primeras medidas fue decretar la “ley seca”, para evitar excesos alcohólicos en sus tropas. Además, decretó la expulsión del estado, bajo la amenaza de fusilarlos, de los ciudadanos españoles, a los que acusaba de colaborar con el régimen de Huerta, y la incautación de sus bienes y propiedades. Tras esto, días después ordenó la incautación de los cuantiosos bienes de las oligarquías terratenientes de Chihuahua, por conspirar contra la legalidad y apoyar a Huerta, y la nacionalización de los molinos de harina, para abaratar el precio de dicho producto básico. El gobernador Villa estaba dispuesto a implantar su visión particular sobre lo que para él era la Revolución, lo que produjo una mezcla de asombro y rechazo a nivel internacional. Opiniones que, a Villa, dicho de paso, le importaron bien poco, aunque, si se aseguró de no atacar los bienes de los ciudadanos de EE. UU. por temor a entrada de dicho país en el conflicto civil mexicano.

Mientras Chihuahua entraba de esta forma en el proceso de cambio revolucionario, la guerra no se detuvo, las tropas de Villa, unos 3.000 soldados, pusieron Ojinaga bajo asedio el 31 de diciembre de 1913. Sin embargo, tras varios días de combates infructuosos, las fuerzas villistas se tuvieron que retirar, el 4 de enero de 1914, ante un contraataque de la caballería de colorados de Orozco, probablemente la tropa federal más motivada. Ante esto, Villa decidió tomar personalmente el mando de sus tropas, y volver a la ofensiva el 10 de enero. Para entonces, el general Mercado ya había abandonado toda esperanza y decidió huir a EE. UU., al igual que gran parte de sus tropas, cediendo Ojinaga a Villa. De esta forma, Villa acaba con la presencia federal en el norte de Chihuahua, y pasaba a controlar la frontera. Un control que sería vital para la continuación de la contienda, tras levantar los EE. UU. el embargo de armas que pesaba sobre México el 3 de febrero. A partir de entonces, los revolucionarios podrían contar con un abastecimiento continuo de armas, municiones, y otras vituallas necesarias.

El 15 de febrero, uno de los rancheros más poderosos de Chihuahua, el escocés William Smith Benton, dueño de más de 100.000 hectáreas, fue personalmente a quejarse ante Villa de los robos de caballos, y de ganado vacuno, sufridos a manos de sus soldados, y a solicitar un salvoconducto para trasladar 400 cabezas de ganado a los EE. UU., con objeto de evitar más pérdidas económicas. Ambos personajes se conocían de antaño, y mantenían rencillas desde la época de cuatrero de Villa, por ello, y por la altanería con la que se presentó Benton, estalló una acalorada discusión entre los dos, hasta tal punto, que estuvieron a punto de llegar a las manos. Finalmente, cuando Benton, supuestamente, trató de sacar una pistola oculta, fue asesinado de dos disparos por Rodolfo Fierro, uno de los hombres de mayor confianza de Villa, que además hacía las funciones de verdugo (fue el responsable principal del asesinato de los prisioneros capturados, lo que le valió su sobrenombre de “el Carnicero”). Ante el revuelo que este asesinato causó en la prensa internacional y en las embajadas del Reino Unido y, de los EE. UU., Villa se justificó afirmando que Benton había venido a matarle, y por ello ordenó su fusilamiento. El Reino Unido, que reconocía a Huerta, solicitó a los EE. UU. que interviniesen en su nombre ante el gobierno provisional de Carranza, sin embargo, éste fue muy hábil diplomáticamente, negándose a responder ante un gobierno que no le reconocía, y afirmando que sólo respondería a los EE. UU. sobre los nacionales de dicho país, no sobre súbditos de terceros países. Además, se comprometió a crear una comisión de investigación que, básicamente, se encargó de defender a Villa, y se negó a entregar el cadáver de Benson (porque entonces se hubiera demostrado que nunca fue fusilado, sino asesinado a sangre fría). El asunto no fue a mayores, pero Villa perdió ante la opinión publica de EE. UU. su aura de héroe romántico. En el fondo, Villa no era ni un héroe ni un villano, era un ser de carne y hueso, como los demás, y como tal, era un hombre complejo capaz de lo mejor y de lo peor.

Tras varias aventuras amorosas, y nuevas incautaciones para abastecer a sus tropas, el 16 de marzo, Villa se pone de nuevo a la cabeza de su División del Norte (compuesta en aquellas fechas por 8.500 soldados y 29 cañones), para avanzar hacia Torreón y retomar la estratégica ciudad; un vital nudo de comunicaciones ubicado en la frontera entre los estados de Coahuila y Durango. El 22 de marzo, las tropas de Villa atacan la localidad de Gómez Palacio, en Durango, pero se encuentran con una resistencia federal mayor de lo esperado y sufren muchas bajas a causa de la artillería enemiga, y del fuego de las ametralladoras federales, emplazadas en cinco fortines excavados en el cerro de la Pila. Tras varios días de combates encarnizados, el 25 de marzo, las tropas de Villa logran tomar, a costa de 125 muertos, cuatro de los cinco fortines federales emplazados en el cerro, dejando la defensa de la localidad muy comprometida. Por ello, al día siguiente, la guarnición federal retirarse hacia Torreón. La batalla costó a las tropas de Villa un total de 420 bajas, entre muertos y heridos, frente a 360 bajas federales (aunque, estas cifras varían enormemente según las fuentes consultadas. En su parte oficial de la acción, Villa solo reconoce la pérdida de 38 muertos y 71 heridos, y aumenta las pérdidas federales a 467 muertos, y 19 prisioneros, que ordenó fusilar).

El 28 de marzo, las tropas de Villa comienzan el ataque contra la ciudad de Torreón, defendida por la División del Nazas del Ejército Federal, bajo el mando del General José Refugio Velasco. Las tropas de Villa, apoyadas por su inexperta artillería, logran algunos avances ese día, pero no logran consolidarlos y los combates se alargan durante los siguientes días y noches, hasta que la ciudad cae finalmente, el 3 de abril, tras la decisión del general Velasco de abandonar la plaza con sus tropas durante la noche anterior. Con la toma de Torreón, Villa abría el camino hacía Zacatecas y el interior del país.

Mientras tanto, y ante la progresiva debacle de sus ejércitos, el dictador Huerta recurrió a levas masivas, para incrementar sus tropas, pero, estos soldados, obligados a combatir, no eran rival para las tropas de voluntarios de Villa, Obregón, o Zapata, altamente motivadas por el ejemplo de sus comandantes. El general Velasco, tras huir de Torreón con sus tropas, decidió resistir en la localidad de San Pedro de las Colonias, Coahuila, pero, de nuevo, fue derrotado por las tropas de Villa, el 14 de abril de 1914, y se vio obligado a retirarse tras sufrir una gran cantidad de bajas. Una semana después, el 21 de abril, una flota estadounidense de 7 acorazados, cruceros, y 2.300 hombres, comandada por el almirante Frank Friday Fletcher (1855-1928), tomó el puerto de Veracruz para evitar que le llegasen al gobierno de Huerta nuevos cargamentos de armas y municiones, haciendo efectivo el embargo de armas decretado por el presidente Woodrow Wilson a comienzos del año anterior. Sin embargo, y pese a beneficiar a los revolucionarios, no despertó muchas simpatías. El aspirante a la presidencia, Carranza, no dudó en condenar esta intervención y exigir la salida de las tropas de ocupación extranjeras. Por otro lado, Carranza decidió acelerar la ofensiva contra Huerta, temiendo ver usurpadas sus aspiraciones políticas por las maniobras políticas estadounidenses.

A comienzos de mayo de 1914, Venustiano Carranza se reunió con Villa para coordinar el papel de éste en la ofensiva final contra Huerta. Carranza pretendía obtener el protagonismo para él mismo, y ordenó la marcha sobre Zacatecas a su División del Centro, mientras desviaba a la División del Norte, hacía un objetivo menor, como era Saltillo, la capital del estado de Coahuila, con objeto de evitar que Villa avanzase directamente sobre Ciudad de México y pudiese tratar de hacerse con el poder en el país. Tras acalorados debates, Villa accedió finalmente al plan de operaciones de Carranza, aunque de mala gana. Comenzaba a atisbarse una ruptura entre ambos caudillos.

Venustiano Carranza
Venustiano Carranza, 1859-1920

Siguiendo las órdenes de Carranza, las tropas de la División del Norte ocuparon el pueblo de Paredón, el 17 de mayo, tras una devastadora carga de caballería que sobrepasó las defensas de la plaza e hizo huir a la guarnición federal, y poco después, el 20 de mayo entraron en Saltillo sin necesidad de pegar un solo tiro, ya que las tropas federales huyeron sin presentar combate. Tras cumplir su misión, Villa regresó a Torreón, y quedó a la espera de acontecimientos.

El 10 de junio, la Primera División del Centro, 5.800 hombres al mando del general Pánfilo Natera García, comenzó el ataque sobre Zacatecas, que en aquellos momentos contaba con una guarnición de unos 3.000 hombres, al mando del general Luis Medina Barrón (1873-1937). Sin embargo, pese a su manifiesta superioridad numérica, Pánfilo Natera, falto de artillería y de tropas bien instruidas, fue incapaz de tomar por sí mismo la plaza y se vio obligado a retroceder ante la llegada de una columna de auxilio de 1.500 colorados, al mando del general Benjamín Argumedo (1876-1916). Ante este fracaso, Carranza se vio obligado a tragarse su orgullo y pedir el apoyo de Villa, que, pese a las rencillas pasadas, no dudó en marchar hacia Zacatecas, el 16 de junio, con el grueso de su División del Norte, unos 4.800 hombres.

Mientras tanto, la guarnición federal de Zacatecas recibió refuerzos federales, aumentando el número de sus defensores a 12.400 hombres, a los que se sumaban dos baterías de artillería de unos 6 cañones cada una, ubicadas en las alturas dominantes, y varios cañones y ametralladoras en posiciones fijas. Frente a ellos, las tropas de Villa, y de Pánfilo Natera, sumaban solo 10.600 efectivos, pero tenían una cosa a su favor: una alta moral. Tras algunas escaramuzas entre las tropas de avanzada, el 23 de junio, las tropas revolucionarias (o constitucionalistas) se lanzaron en masa al asalto de la ciudad, apoyadas por 24 cañones de artillería, cuyo posicionamiento y fuego, era dirigido magistralmente por el general Felipe Ángeles. El preciso y devastador fuego de la artillería revolucionaria machacó las posiciones federales, y permitió a la infantería avanzar y ocupar las trincheras enemigas sin sufrir demasiadas bajas. Tras varias horas de combate, los federales fueron perdiendo terreno, replegándose hacia el centro de la ciudad. Tras perder la estación de ferrocarril, a las 15:00 horas, gran parte de los soldados federales perdieron la poca moral que les quedaba y huyeron en masa. Tres horas y media después caía el último bastión federal en Zacatecas. Esta gran victoria de Villa dejaba abierto el camino para la toma de México capital.

Poco tiempo después, el 15 de julio de 1914, Huerta dimitía de su cargo como presidente y marchaba al exilio. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Huerta, captado por agentes alemanes, se dirigió, en abril de 1915, a los EE. UU. con la intención de cruzar la frontera de incógnito y regresar a México para retomar el poder y movilizar al país del lado de Alemania en la contienda. Sin embargo, cuando se dirigía hacía el Paso, acompañado por Pascual Orozco y un puñado de fieles, fue capturado por las patrullas fronterizas estadounidenses y encarcelado por atentar contra las leyes de neutralidad. Huerta pasó sus últimos días en la prisión estatal de Fort Bliss, Nuevo México, en donde murió, a causa de la cirrosis que padecía, el 13 de enero 1916.

Por desgracia para México, la victoria sobre Huerta no trajo la ansiada paz interior, y la estabilidad política. En poco tiempo, los vencedores comenzaron a pelear entre sí por el poder, desconociendo Villa la presunta autoridad de Carranza, que aspiraba a erigirse en presidente de la República. El 1 de octubre de 1914, Carranza convocó al resto de jefes militares constitucionalistas y a los gobernadores estatales, a una convención que se celebraría en Aguascalientes entre el 10 de octubre y el 9 de noviembre. El objetivo de la reunión era unificar posturas políticas y lograr la unidad de los constitucionalistas. Sin embargo, su resultado fue adverso para Carranza, que, rechazado por Villa y Zapata, acabo siendo destituido de sus cargos. El presidente elegido, el 6 de noviembre de 1914, en la Convención de Aguascalientes, resultó ser el general Eulalio Gutiérrez Ortiz (1881-1939), gobernador del estado de San Luis Potosí. Sin embargo, el poder real los ostentaba Villa y Zapata, que, tras firmar un pacto de alianza mutua, conocido como Pacto de Xochimilco (4/12/1914), entraron en Ciudad de México, el 6 de diciembre de 1914, al frente de un contingente de 50.000 soldados, y se hicieron con el control de la capital, obligando a huir a Carranza y sus partidarios a Veracruz. Comenzaba así el enfrentamiento entre los convencionistas, que acataban las decisiones tomadas en Aguascalientes, y los constitucionalistas de Carranza, y su indispensable aliado; Álvaro Obregón.

Continuará…

Fuentes:

Pancho Villa: una biografía narrativa, por el autor Paco Ignacio Taibo II, y publicado por la editorial Planeta. 2006. ISBN: 970-37-0334-8

Visión histórica de la frontera norte de México, por David Piñera Ramírez, publicado por el Centro de Investigaciones Históricas UNAM-UABC, Universidad Autónoma de Baja California. 1987.

Breve Historia de la Revolución Mexicana, por Francisco Martínez Hoyos, y publicado por Ediciones Nowtilus. 2015. ISBN-10: 8499677088

Las Fuerzas Armadas en la Revolución Mexicana, por varios autores, y editado por la Secretaría de la Defensa Nacional y la Secretaría de Marina-Armada de México. 2013
Versión online, gratuita.

Wars of the Americas, por David F. Marley, publicado por ABC-ClIO, en 2008.
ISBN 978-1-59884-100-8

The Hunt for Pancho Villa, por Alejandro M. Quesada y editado por Osprey en 2012.
ISBN: 978 1 84908 568 7

México Insurgente, por John Reed, y publicado por editorial Txalaparta, 2005.
ISBN-10: 8481363200

Diccionario de los Generales de la Revolución, tomos I y II, escrito por varios autores y publicado por Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. 2014. ISBN 978-607-9276-47-8

 

© 2020 – Autor: Marco Antonio Martín García
Todos los derechos reservados.Prohibido su uso comercial y
la reproducción parcial o total de este texto sin consentimiento
previo del autor.
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