La guerra de Estados Unidos contra México, 1846-1848

La guerra entre EE. UU. y México fue una trágica contienda desatada por las ambiciones territoriales del naciente imperialismo expansionista estadounidense. Los conflictos territoriales en Texas, y la anexión de este territorio por parte de los EE. UU. en 1845, sumados a las tentativas de anexionarse California y Nuevo México, obligaron al gobierno mexicano a intervenir militarmente para defender su territorio. Finalmente, los choques militares en la frontera sirvieron de excusa al Congreso de los EE. UU. para declarar la guerra a México, una guerra en la que la superioridad económica e industrial de los EE. UU. acabó imponiéndose al coraje de las tropas mexicanas, mal preparadas y peor abastecidas, que, además, estaban comandadas por el incompetente general, y futuro presidente y dictador, Antonio López de Santa Anna. En 1848, tras la firma de la paz, México acabó cediendo a los EE. UU. la mitad de su territorio original, estableciéndose definitivamente la frontera en el río Bravo. El conflicto selló el destino de ambos países: los EE. UU. continuarán a lo largo del siglo su ascensión al estatus de gran potencia internacional, mientras que México se vio sumido en un caos continuo de enfrentamientos políticos y sociales, agravados por la intervención neocolonialista de potencias europeas, como Francia.

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1 – El origen de la contienda: expansión estadounidense e independencia de Texas.

A comienzos del siglo XIX, aprovechando que las principales potencias europeas estaban enfrascadas en las “Guerras Napoleónicas”, los EE. UU. comenzaron una política de expansión territorial sobre las colonias europeas en Norteamérica: en 1803 compran el territorio de Lousiana a Francia, en 1818 invaden parte de la colonia de Florida y obligan a España a cedérsela mediante un tratado firmado al año siguiente, 1819, y ratificado en 1821. A esto, hay que sumar la expansión estadounidense hacía el norte, ocupando territorios de la colonia británica de Canadá, lo que provocó una guerra entre ambos países; EE. UU. y Reino Unido, entre 1812 y 1815, que, aunque acabó en “empate”, sin que hubiera cambios significativos en la frontera entre ambos países, dejaba bien a las claras las intenciones expansionistas de los EE. UU. y su belicismo imperialista.

En este contexto, a comienzos de 1821 el gobierno español aprueba la iniciativa del empresario Moses Austin para asentar colonos estadounidenses en Texas, un territorio muy poco poblado. El proyecto, continuado tras su muerte ese mismo año, por su hijo; Stephen Fuller Austin, consistía en la compra, a un precio muy asequible, de 307 parcelas de tierra situadas en una zona despoblada de Texas, comprendida entre el río Brazos y el río Colorado, en las que se instalarían 300 familias de estadounidenses católicos, la mayoría procedentes de Lousiana. Sin embargo, este acuerdo, beneficioso para ambas partes, no había previsto que ese mismo año de 1821, las élites económicas y políticas del virreinato de Nueva España (el México colonial), de ideas conservadoras (católico-absolutistas), decidieran decantarse por la independencia, tras haber triunfado en la metrópoli la Revolución Liberal, que impuso un gobierno constitucionalista y laico.

La independencia de México, proclamada oficialmente el 27 de septiembre de 1821, invalidaba el acuerdo de asentamiento de colonos norteamericanos en Texas, ya que este territorio pasaba a estar bajo soberanía mexicana. Ante esta nueva situación, Stephen Austin viajó a México capital para negociar un nuevo acuerdo con el gobierno mexicano, encabezado por Agustín de Iturbide (que se proclamaría emperador un año después, en 1822). Finalmente, el emperador Iturbide firmaría un nuevo acuerdo, el 3 de enero de 1823, en el que concedía a Stephen Austin autorización para llevar a cabo el plan de colonización en Texas. Dos años después, en 1825, ya se habían instalado las 300 familias acordadas en la colonia texana de Austin. Pero, la colonización no se detuvo ahí, como estaba acordado, y en los siguientes años, entre 1825 y 1829, se instalaron otras 900 familias adicionales. A este incumplimiento se sumaban otros como que la mayoría de los colonos no eran católicos, como se acordó en un principio, o la práctica del esclavismo (los colonos venían con sus esclavos, adquiridos en EE. UU.). Además de los incumplimientos, en 1826, el colono, y especulador de tierras, Haden Edwards, trató de independizar el territorio de Nacogdoches con apoyo de los colonos de esta parte de Texas y de los indígenas Cherokee que habitaban la zona, obligando al gobierno mexicano a intervenir militarmente para sofocar la rebelión. La rebelión no triunfó, pero sembró un grave precedente de lo que podría pasar en el futuro. Todo esto, provocó un profundo malestar en el gobierno mexicano, en aquel entonces encabezado por el presidente Anastasio Bustamante, que, mediante un conjunto de leyes, proclamadas el 6 de abril de 1830, decidió prohibir la inmigración estadounidense a Texas, además de la trata de esclavos y el establecimiento de colonias de menos de 150 habitantes.

Las leyes dictaminadas por el gobierno de Bustamante causaron un profundo malestar en los colonos, que, tras reunirse en dos Convenciones, o asambleas populares de colonos, en 1832 y 1833, y elegir a Stephen Austin como su representante legal, exigieron al gobierno mexicano su derogación, y otras medidas, como el permiso para convertirse en estado con gobierno propio, el permiso para crear escuelas bilingües en terrenos públicos, o la creación de una milicia con la que defenderse de los ataques de los nativos, con los que tenían choques por la posesión de las tierras. Sin embargo, en aquellos años había llegado al poder en México el general Antonio López de Santa Anna, un hombre autoritario y firme partidario del centralismo político que solo accedió al levantamiento de la prohibición de inmigración, rechazando el resto de las propuestas, especialmente la de conceder el estatus de estado federal a Texas (por entonces era parte del estado de Coahuila y Texas). Los colonos, cada vez más radicalizados, se organizaron militarmente; creando un ejército de voluntarios bajo el mando del “comandante” Stephen Austin (pese a su carencia de formación militar), e iniciaron la sublevación armada en octubre de 1835, enfrentándose a un pequeño destacamento del ejercito mexicano en San Antonio de Béjar.

Los comienzos del conflicto, con un ejercito texano mal armado y entrenado, no fueron muy halagüeños, teniendo que retirarse continuamente ante el avance del ejercito federal mexicano. Sin embargo, los texanos no se dieron por vencidos y, el 2 de marzo de 1836, proclamaron oficialmente la independencia, eligiendo además a Sam Houston, un veterano militar estadounidense que había llegado a Texas pocos años antes, en 1832, como comandante en jefe del ejercito de voluntarios texanos, cambiaría el destino de la contienda. Houston organizó una fuerza militar eficaz y disciplinada con la que, pese a su inferioridad en hombres y armamento, poder plantar cara al ejército mexicano.

El general Santa Anna, por su parte, decidió castigar con dureza a los rebeldes y se puso personalmente a la cabeza de un contingente de soldados mexicanos veteranos con el que invadió Texas para pacificar el territorio. Tras derrotar la resistencia inicial texana en la misión de El Álamo, el 6 de marzo de 1836, y Santa Anna avanzó implacablemente por el territorio, obligando a retroceder continuamente a los texanos. Confiado en obtener una fácil victoria, el 21 de abril de 1836, Santa Anna ordenó a sus tropas, cifradas en unos 1.300 hombres, en las cercanías del río San Jacinto, con objeto de darles descanso, antes de reanudar la persecución de los rebeldes. Sin embargo, mientras los soldados mexicanos echaban la siesta, fueron atacados por sorpresa por los hombres de Sam Houston, unos 800 voluntarios, que en tan solo 20 minutos les infringieron una humillante y completa derrota, causándoles más de 600 muertos, 200 heridos, y 730 prisioneros, entre los que se encontraba el propio general Santa Anna. La que pasó a la posteridad como “Batalla de San Jacinto” selló el destino de Texas, que alcanzó la independencia efectiva, con la firma del Tratado de Velasco, el 14 de mayo de 1836. En dicho tratado, Santa Anna reconocía la independencia de Texas y el establecimiento de la frontera entre ambos países en el río Bravo (río Grande para los EE. UU.). Sin embargo, posteriormente, tras ser liberado Santa Anna, el gobierno mexicano renunció a reconocer el tratado, aludiendo a que el presidente Santa Anna fue obligado a firmarlo mientras estaba en cautividad, y que, por tanto, carecía de validez jurídica. No obstante, el gobierno mexicano, envuelto en numerosos problemas internos, no pudo realizar un esfuerzo importante para recuperar militarmente el territorio.

Por otro lado, Sam Houston, el héroe de guerra investido como primer presidente de Texas, maniobró hábilmente para fomentar su idea de solicitar la anexión a los EE. UU., una anexión que, en su opinión, favorecería el desarrollo económico del territorio, y, además, lo protegería de los intentos mexicanos por recuperarlo militarmente. Tras varios intentos fallidos, en los que la anexión fue denegada por el gobierno (1837) y por el Senado de los EE. UU. (1844), la llegada al poder, en 1845, del presidente demócrata James Knox Polk, firme partidario de la expansión territorial a lo largo del continente y de la doctrina del Destino Manifiesto (EE. UU. como pueblo elegido por Dios para gobernar América), supuso un cambio de postura y que la anexión de Texas fuera finalmente aprobada. Tras ser ratificada la decisión por el Congreso de la República de Texas, y por su presidente, Anson Jones, el 13 de octubre se decretó la anexión y el territorio se convirtió en un estado más de los EE. UU.

NI que decir tiene que la anexión de Texas, un territorio aún considerado como propio, causó una gran indignación en México, que, a modo de protesta, decidió retirar su representación diplomática en Washington. Además, la anexión generaba un problema territorial entre ambos países: EE. UU. establecía la frontera con México en el río Bravo, mientras que éste ultimo la establecía más al norte, en el río Nueces.

A este conflicto fronterizo, se sumó, si cabe, otro aún más grave: a finales de 1845, una expedición científica de 60 hombres, dirigida por el explorador, y militar, John Charles Frémont, entró en el territorio mexicano de la Alta California con la intención secreta de sublevar a los colonos de origen estadounidense establecidos en el territorio. Frémont pretendía reproducir el caso de Texas: independizar el territorio para posteriormente anexionarlo a los EE. UU. (un hecho que se produciría finalmente entre junio y julio de 1846, con la proclamación de la “República de California” tras el estallido de la guerra contra México). La intervención del capitán Frémont en California obviamente no fue casual, ni realizada a título personal, sino que era una parte más de la política expansionista del presidente Polk, que ansiaba controlar un territorio rico en recursos (oro), como era la Alta California y que, además, le permitiría hacer realidad su sueño de unos EE. UU. que se extendieran desde el Atlántico hasta el Océano Pacífico.

Ante el aumento de la tensión con los EE. UU., el presidente de México, José Joaquín de Herrera, decidió, como medida de disuasión, enviar un ejército a la frontera compuesto por 6.000 hombres al mando del general Mariano Paredes y Arrillaga. Sin embargo, el general Paredes decidió dar un golpe de estado, entre el 30 y 31 de diciembre de 1845, derrocando a Herrera para proclamarse él mismo como presidente. Paredes tenía intención de postergar cualquier posible guerra, abogando que primero era necesario realizar reformas políticas, con una nueva constitución, y económicas, dada la grave crisis fiscal que atravesaba el país, y que limitaba en gran medida el presupuesto disponible, y los fondos para adquirir las armas, y municiones, que tanto necesitaba el ejército mexicano. Sin embargo, y pese a sus buenas intenciones, las tendencias pro-monárquicas (a favor de ofrecer el trono de México a Enrique de Borbón), y centralistas, del presidente Paredes, suscitaron la aparición de movimientos opositores federalistas que abogaban por el retorno al poder del general Santa Anna, y que acabaron provocando su caída.

Ante esta situación de enorme debilidad política/económica de México, el presidente Polk decidió enviar a México, como “ministro plenipotenciario”, al político John Slidell, con órdenes de solucionar el conflicto, tratando de convencer al gobierno de Paredes para que reconociera el establecimiento de la frontera en el río Bravo a cambio del pago de 5 millones de dólares, y, lo más importante, para que aceptara la compra del territorio de Nuevo México por 5 millones de dólares, y de California a cambio de 25 millones de dólares. Sin embargo, el gobierno mexicano rechazó recibir al “plenipotenciario” Slidell, y éste, sintiéndose ofendido, aconsejó al presidente Polk la entrada en guerra contra México de forma inmediata. Ante esto, Polk decidió entrar en guerra contra México y lograr la expansión territorial que ansiaba. Tan solo necesitaba una excusa, de cara a la opinión publica.

En busca de dicha excusa, Polk envió un destacamento militar, compuesto por unos 3.500 hombres, al mando del general Zachary Taylor, a la zona entre el río Nueces y el río Bravo, con la misión de asegurar la frontera con el establecimiento de un fuerte denominado Fort Texas (posteriormente rebautizado como Fort Brown), cerca de la desembocadura del río bravo en el gofo de México, en lo que hoy en día es la ciudad de Brownsville. Ante esta provocación, el presidente Paredes envió a su vez un contingente de tropas, comandado por el general Mariano Arista, para defender el territorio mexicano y desalojar al invasor.

El 25 de abril de 1846 en Rancho Carricitos, al norte del río Bravo, una patrulla estadounidense, compuesta por 63 hombres del 2º regimiento de dragones, al mando del capitán Seth Thornton, se encontró por sorpresa con una columna de soldados mexicanos, unos 2.000 hombres de la 3ª brigada de caballería, al mando del coronel Anastasio Torrejón, que, tras cruzar el río Bravo dos días antes, el 24, avanzaba hacia el norte. Viéndose rodeado, Thornton ordenó a sus hombres cargar contra el enemigo, entablándose un breve combate entre ambas fuerzas que se saldó con la muerte de 16 estadounidenses, y la captura del resto, entre ellos el propio capitán Thornton, que resultó herido de gravedad.

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James Knox Polk, 1795-1849. Fuente Wikipedia

Tras ser informado por el general Taylor sobre el combate, el presidente Polk solicitó al Congreso una declaración de guerra contra México, aludiendo a que se había derramado sangre estadounidense en territorio estadounidense: “Mexico has passed the boundary of the United States, has invaded our territory, and shed American blood upon the American soil”. Tras una votación, con 173 votos a favor y sólo 14 en contra, el Congreso de los Estados Unidos aprobó declarar oficialmente la guerra a México el 13 de mayo de 1846.

Diez días después, el 23 de mayo de 1846, México hizo lo propio y declaró a su vez la guerra a los EE. UU. : “El gobierno, a consecuencia del estado de guerra, provocada, iniciada y mantenida por los Estados Unidos de América, dictará todas las medidas necesarias para que se sostenga con la energía que corresponde a los derechos y dignidad de la nación.”

2 – El desarrollo del conflicto.

Mexican–American War
Mapa de la contienda. Fuente Wikipedia

2.1 – Frente del norte de México: primeros combates.

Antes de que los EE. UU. declararan oficialmente la guerra, el 8 de mayo se produjo la primera batalla entre ambos bandos. El general Mariano Arista, contando con un ejército de 4.000 hombres, decidió atacar Fort Texas (Fort Brown) con objeto de eliminar la estratégica posición, antes de que se concluyeran sus obras de construcción y se convirtiera en una firme base estadounidense. Enterado de esta maniobra, el general Zachary Taylor corrió, con unos 2.400 hombres, en auxilio de la plaza asediada. Arista, por su parte, decidió dejar una parte de sus tropas asediando el fuerte, y salir al encuentro de Taylor con el resto, unos 3.400 hombres. En el encuentro entre ambas fuerzas, acontecido en la llanura de Palo Alto, a unos 8 kilómetros de Fort Texas, el general Arista desplegó mal sus tropas, en una extensa línea, y fue derrotado por la superioridad de la artillería enemiga, que machacó impunemente a los infantes mexicanos mientras estos se mantenían a la defensiva. Tras lanzar un fallido ataque de caballería contra el flanco enemigo, Arista, sin saber muy bien que hacer frente al ataque enemigo, acabó optando por retirarse, tras haber sufrido importantes bajas: unos 250 hombres, entre muertos y heridos, frente a unas bajas enemigas de tan solo 11 muertos y 43 heridos. Tras esta derrota, Arista decidió replegarse con sus hombres a una posición más fácilmente defendible; Resaca del Guerrero (Resaca de la Palma), el meandro del lecho seco de un río, que cruzaba el camino a Matamoros, en donde acampó para pasar la noche y descansar. Además, ordenó a los hombres que había dejado asediando Fort Texas que levantaran el sitio y se unieran a su columna principal para reforzar sus efectivos, que pasaron a ser de unos 3.700 hombres.

Arista confiaba en la irregularidad del terreno y en la densa cubierta de matorrales para proteger a su infantería de la letal artillería enemiga, mientras que su propia artillería estaba adecuadamente emplazada para cubrir el camino y batir al enemigo que intentase cruzarlo. Tras ser informado, por sus exploradores, de la disposición defensiva enemiga, el general Taylor, pese a contar con menos hombres, 2.222 (173 oficiales y 2.049 soldados), decidió atacar de inmediato, el 9 de mayo (al día siguiente de la Batalla de Palo Alto), lanzando un ataque coordinado en el que sus tiradores ligeros y artillería se desplegaron en el centro, a la derecha del camino a Matamoros, atrayendo el fuego artillero mexicano, mientras que el 5º regimiento de infantería, apoyado por una parte del 4º, atacaba el flanco izquierdo, y el 3º regimiento, junto el con el resto del 4º, avanzaba por el flanco derecho. La lucha en los flancos, cubiertos por el denso chaparral de arbustos y matorrales fue caótica, los hombres se fueron separando en grupos pequeños y el avance estadounidense se estancó ante la firme defensa mexicana. Sin embargo, Taylor supo reaccionar ante las dificultades y ordenó al escuadrón de Dragones, comandado por el capitán May, cargar contra la artillería mexicana y silenciarla. Los dragones de May tomaron al galope la principal batería de artillería enemiga, y capturaron al general Rómulo Diaz de la Vega, aunque tuvieron que replegarse poco después ante un impetuoso contraataque de la infantería mexicana. Sin embargo, May logró su objetivo, y mientras los cañones enemigos quedaron en silencio, un regimiento de refresco estadounidense, el 8º de infantería, apoyado por parte del 5º regimiento, logró avanzar, a paso de carga, por el camino y romper las líneas enemigas, capturando definitivamente la artillería mexicana y obligando a su infantería a retroceder, abandonado sus posiciones. Pese a este revés, los soldados mexicanos trataron de resistir valientemente, hasta que, el 4º regimiento de infantería estadounidense logró finalmente romper las líneas mexicanas por el flanco izquierdo, sellando el destino de la batalla. Ante la inevitable derrota, Arista ordenó la retirada a Matamoros. La caballería de Taylor partió en persecución de los mexicanos en retirada y muchos destacamentos acabaron desbandándose, huyendo muchos de los soldados hacía el río Bravo para cruzarlo a nado. La llegada de la noche puso fin a los combates y el ejército de Taylor acampó en la posición tomada, Resaca del Guerrero. La batalla se saldó para el ejercito mexicano con 154 muertos, 205 heridos y 156 desaparecidos (probablemente soldados que trataron de cruzar el río Bravo a nado y acabaron ahogándose). Por su parte, los estadounidenses sufrieron 39 muertos y 82 heridos.

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Zachary Taylor (1784-1850), fuente Wikipedia

Cuatro días después de la batalla, el Congreso de los EE. UU. declaraba oficialmente la guerra. La iniciativa de Taylor, actuando sin estar oficialmente en guerra, le permitió adelantarse al ejército mexicano y asegurar el territorio fronterizo en disputa y, además, gracias a sus victorias en el campo de batalla, dejar el norte de México abierto a una invasión. El 18 de mayo, Zachary Taylor, tras recibir refuerzos y abastecimientos, reanudó sus operaciones militares y ocupó Matamoros sin oposición, ya que el general Arista había considerado indefendible la plaza y había ordenado la retirada de sus tropas hasta la ciudad de Monterrey. Poco después, el desafortunado general Mariano Arista, fue destituido fulminantemente y sometido a consejo de guerra por su incapacidad. El mando de sus tropas fue otorgado, provisionalmente, al general Francisco Mejía.

 

2.2 – El frente del Pacífico: la toma de Nuevo México y Alta California.

Mientras el general Taylor invadía el noreste de México, y una vez declarada oficialmente la guerra, las tropas de EE. UU. comenzaron las operaciones en otros frentes. En el oeste se organizó una fuerza de 2.500 hombres, comandada por el brigadier general Stephen Watts Kearny y compuesta por el primer regimiento de dragones, dos regimientos de voluntarios de la caballería montada de Missouri, un batallón de artillería, un batallón de infantería, y el batallón Mormón (compuesto por 559 voluntarios de esa “religión”). A finales de junio de 1846, esta fuerza partió de Fort Leavenworth, Kansas, con el objetivo de invadir los territorios mexicanos de Nuevo México y Alta California. El gobernador de Nuevo México, Manuel Armijo, solo contaba para la defensa del territorio con un puñado de milicianos mal armados y, por ello, decidió desbandarles y no combatir, huyendo a México capital, en donde fue procesado por deserción y cobardía, siendo finalmente absuelto. El 15 de agosto, las tropas de Kearny tomaban la capital, Santa Fe, sin necesidad de haber pegado un solo tiro durante la campaña. Kearny tomó posesión de Nuevo México en nombre de los EE. UU. y nombró gobernador civil del nuevo territorio al prospero comerciante Charles Bent.

Tras dejar una parte de sus tropas como guarnición, 800 hombres al mando del coronel Sterling Price, Kearny envió un destacamento, compuesto por unos 750 hombres comandado por el coronel Alexander William Doniphan, a capturar “El Paso” y partió, tan solo acompañado con su escolta de 140 dragones, al territorio de la Alta California, para tomar posesión oficial del mismo. Recordemos que, como comenté en el capítulo anterior, a finales de 1845 había llegado al territorio una expedición ”científica”, comandada por el capitán John Charles Frémont, con objeto de sublevar a los colonos estadounidenses de este territorio. La iniciativa de Frémont tuvo éxito, y, el 14 de junio de 1846, los colonos estadounidenses sublevados tomaron Sonoma, el principal asentamiento del territorio, y proclamaron la república independiente de California.

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John Charles Frémont (1813-1890).

 

A estas actuaciones, se sumó la actuación de una pequeña escuadra naval estadounidense desplegada en el Pacífico, compuesta por la fragata Savannah y los balandros Cyane y Levant, y bajo el mando del Comodoro John Drake Sloat, que, el 7 de julio de 1846, tras una breve escaramuza tomó el puerto de Monterey, California. Dos días después, el 9 de julio, el balandro Portsmouth, al mando del comodoro John Berrien Montgomery tomaba sin oposición el puerto de Yerba Buena (actual San Francisco). Ese mismo día, los colonos estadounidenses sublevados arriaron su bandera del oso, y pusieron fin a su efímera república independiente, pasando a izar las barras y estrellas.

El norte de la Alta California pasaba a manos de los EE. UU. y Frémont era premiado con su ascenso a mayor y el mando de un batallón de voluntarios californianos, reclutado entre los colonos estadounidenses y compuesto por 428 hombres, con el que pacificar el territorio, acabando con los focos de resistencia mexicana que existían al sur.

Por otro lado, el comodoro Sloat, enfermo, y reticente a colaborar con un aventurero, sin respaldo oficial, como era Frémont, fue reemplazado por su segundo al mando, el comodoro Robert F. Stockton, que continuará la campaña. Tras esto, Frémont y Stockton decidieron unir esfuerzos para atacar San Diego y Los Ángeles. Frémont se embarcó, el 26 de julio, con 160 de sus hombres en el balandro Cyane para navegar hasta San Diego y atacar la ciudad junto los infantes de marina (marines) de Stockton. El 29 de julio los estadounidenses desembarcaron y tomaron San Diego sin oposición. Poco después, el 13 de agosto entraban en Los Ángeles, de nuevo, sin oposición y sin necesidad de efectuar un solo disparo.

Parecía que EE. UU. había logrado el control de toda la Alta California, pero, el 23 de septiembre de 1846, estalló una revuelta de ciudadanos mexicanos en Los Ángeles, descontentos con el gobierno despótico del teniente de marines Archibald H. Gillespie, puesto por el comodoro Stockton a cargo de la ciudad. La revuelta, protagonizada por unos 200 hombres y liderada por el general José María Flores, consiguió expulsar a la guarnición estadounidense y retomar la ciudad para México. Tras este éxito, Flores ocupó Santa Barbara y puso vigilancia sobre San Diego. Stockton envió unos 300 infantes de marina bajo el mando del capitán William Mervine, de la fragata Savannah, para que retomara Los Ángeles, pero fueron emboscados a la altura del Rancho Domínguez, por unos 90 milicianos de Flores, el 8 de octubre de 1846, y se vieron obligados a reembarcarse tras sufrir 4 muertos y 6 heridos. Los hombres de Flores no sufrieron bajas.

Dos meses después, a comienzos de diciembre de 1846, llegó a la Alta California, tras una larga travesía desde Nuevo México, el brigadier general Kearney, con su escolta de 140 hombres, para tomar control del territorio. Kearney, pensaba que el territorio estaba pacificado, pero el 5 de diciembre salió de su error cuando fue informado por el teniente Gillespie, que acudió a su encuentro junto con una escolta de 39 marines, de los sucesos acontecidos en Los Ángeles. Al conocer la nueva situación, Kearney decidió poner rumbo a San Diego para unir fuerzas con Stockton y retomar Los Ángeles. Sin embargo, fue sorprendido por una fuerza de 75 lanceros californios (voluntarios mexicanos procedentes de los ranchos de la zona), comandados por el general Andrés Pico, en la zona del valle de San Pascual, y, en el combate entre ambas caballerías, los lanceros se impusieron a los dragones estadounidenses, causándoles 17 muertos y 18 heridos, entre ellos el propio Kearney, sin sufrir bajas propias. Kearney se vio obligado a atrincherarse con sus hombres en una colina y enviar una petición de ayuda a Stockton, que, al día siguiente, 7 de diciembre, acudió a la zona con una fuerza de 200 marines y obligó a huir a los hombres de Pico.

El 12 de diciembre, las tropas de Kearney entraron por fin en San Siego, junto con los hombres de Stockton, y se prepararon para retomar Los Ángeles. El 7 de enero de 1847, Kearney y Stockton avanzaron sobre Los Ángeles, para retomar la ciudad. Tras derrotar a las tropas de Flores, muy inferiores en armamento y número, en la Batalla del río San Gabriel, el 8 de enero, y en Batalla de la llanura de La Mesa, el 9 de enero, los estadounidenses entraron en los ángeles el 10 de enero de 1846. Derrotado, el valiente general Flores huyó a Sonora, mientras que el resto de los mexicanos californios, aceptaron capitular, y reconocer la soberanía estadounidense, mediante el Tratado de Cahuenga, el 13 de enero de 1847. La Alta California pasaba a manos de los EE. UU. convirtiéndose en el estado de California en 1850.

Una vez asegurada Alta California, la escuadra estadounidense del Pacífico se dedicó a bloquear los puertos mexicanos de Baja California, tomando sin demasiado esfuerzo los puertos de Guaymas (19-10-1847) y Mazatlán (11-11-1847) y combatiendo, entre octubre y diciembre de 1847, por el control del puerto de La Paz, que finalmente obtuvieron (8-12-1847). A estos bloqueos se sumó la captura de barcos mercantes mexicanos. Finalmente, tras un breve enfrentamiento en el puerto de Todos los Santos, el 30 de marzo de 1848, la campaña del Pacífico concluyó exitosamente, tras la firma del tratado de paz entre EE. UU. y México. Sin necesidad de mucho esfuerzo, la aplastante superioridad militar estadounidense, tanto en efectivos, como en material, se impuso a la defensa valiente, aunque improvisada, de los mexicanos y EE. UU. logró el control de los territorios que ambicionaba, alcanzando el Pacífico y expandiendo el país de costa a costa.

2.3 – Frente del norte de México: toma de Monterrey y avance.

Tras haber asegurado el control de la frontera, y cruzar el río Bravo, el general Zachary Taylor, con un ejército de 6.640 hombres, comenzó a avanzar por el norte de México, con objeto de capturar el territorio y forzar al gobierno mexicano a negociar un acuerdo de paz. Entre agosto y septiembre de 1846, Taylor ocupó las localidades de Camargo, Tamaulipas y Cerralvo, y, a mediados de noviembre, partió a la captura de Monterrey, en donde se encontraba la mayor parte de efectivos mexicanos del “Ejercito del Norte”: los restos del ejercito del depuesto general Arista,1.850 hombres, comandados por el general Francisco Mejía, a los que se sumaron unos 3.140 hombres con los que acudió, a tomar el mando, el general Pedro Ampudia y Grimarest (de origen cubano) y un batallón formado con unos 300 voluntarios irlandeses; el San Patricio, y comandado por John Patrick Riley (inmigrante británico que desertó, junto con un puñado de compañeros, del ejército estadounidense por el maltrato constante a los soldados católicos).

Haciendo inciso, hay que destacar que, a nivel político, se había producido un importante cambio, el presidente Mariano Paredes fue depuesto por el pronunciamiento en la capital del teniente coronel José Mariano Salas y el congreso mexicano eligió como nuevo presidente a, el hasta entonces exiliado, Antonio López de Santa Anna, confiando en su experiencia militar para dirigir los destinos del país. Santa Anna dejó a cargo del gobierno a su vicepresidente, Valentín Gómez Farías, y se puso al mando del ejercito mexicano. Una de las primeras decisiones que tomó Santa Anna, como general en jefe, fue la de que el Ejercito del Norte se retirara de Monterrey hasta la localidad de Saltillo, para establecer allí una línea defensiva con la que detener el avance de Taylor. Sin embargo, el general Pedro Ampudia rehusó, decidiendo por su cuenta resistir en Monterrey, ya que estaba convencido de poder resistir el ataque estadounidense.

El 19 de septiembre de 1846 las tropas de Taylor llegaron a Monterrey, y tras reconocer las defensas mexicanas, compuestas por varios fortines, se prepararon para atacar la ciudad mediante un movimiento envolvente: una división, comandada por el general William Jenkins Worth, atacaría la ciudad por el noroeste, mientras el resto de las tropas de Taylor atacaban por el este. Durante los cuatro días siguientes el ejercito estadounidense avanzó, conquistando la ciudad palmo a palmo, frente a una valiente resistencia mexicana, en la que destacó el heroísmo de los irlandeses del San Patricio. En esta ocasión, la potente artillería estadounidense perdió efectividad ante las buenas defensas de la ciudad y, ante el gran número de bajas sufridas en los duros combates casa por casa, el general Taylor decidió pactar un armisticio, el 24 de septiembre, con Pedro Ampudia, mediante el que le permitiría abandonar la ciudad con hombres, armas, y bagajes, a cambio de rendir la misma. Un hecho que indignó al presidente Polk, quien remarcó que el ejercito no tenía autoridad para negociar treguas, solo la tenía para matar al enemigo. Contrastando con la honesta actitud de Taylor, hay que destacar los crímenes cometidos por los rangers de Texas contra la población civil de Monterrey; violaciones, incendios de viviendas e incluso asesinatos. El Houston Telegraph informó el 4 de enero de 1847 de la muerte de 50 civiles mexicanos a manos de los rangers texanos. Taylor, pese a admitir los crímenes, no los castigó (probablemente por miedo a ser destituido por sus superiores en Washington). La batalla, pese a durar solo unos días, dejó un elevado número de bajas en ambos bandos: 488 estadounidenses, entre muertos y heridos (más 43 desaparecidos), frente a 367 mexicanos muertos o heridos.

Tras esta honorable derrota, las tropas mexicanas se retiraron hacía Saltillo y desde allí a la ciudad de San Luis Potosí, a donde también arribó, a comienzos de octubre, el propio general Santa Anna, junto con 5.000 hombres, para reorganizar el ejército y hacer frente a Taylor. Santa Anna premió la iniciativa, y desobediencia, de Pedro Ampudia destituyéndole (aunque siguió en el ejército, al mando de una brigada de infantería ligera), y poniéndose él mismo al mando. Tras acumular nuevos refuerzos, Santa Anna reunió un gran ejército, compuesto por 19.650 soldados y 40 piezas artilleras, y, a finales de enero de 1847, decidió avanzar al encuentro de Taylor, que permanecía acampado en Monterrey, confiando en que su superioridad numérica le permitiría expulsar a los estadounidenses.

Oleo_Antonio_Lopez_de_Santa_Anna
Antonio López de Santa Anna, 1724-1896. Fuente Wikipedia

Informado del avance enemigo, Taylor decidió posicionar sus fuerzas, 4.650 hombres que le quedaban tras enviar a la división de Worth en dirección a Veracruz (para apoyar el ataque que planeaba desembarcar allí un segundo ejército estadounidense, al mando del general Winfield Scott), en el Puerto de la Angostura, en el camino a Saltillo. Allí atrincherados en las alturas dominantes se encontró la vanguardia mexicana con los estadounidenses de Taylor. Entre el 22 y 23 de febrero de 1847, ambas fuerzas se enfrentaron en la conocida como Batalla de la Angostura o de Buena Vista (por su proximidad a una hacienda con dicho nombre). Los mexicanos, pese a sufrir bastantes deserciones, en su marcha hacia el norte, contaban con una gran superioridad numérica, 15.142 hombres frente a 4.650, y lograron hacer retroceder a los estadounidenses desde el paso de montaña hasta la hacienda de Buena Vista, en donde lograron mantenerse hasta el anochecer del 23 de febrero. Con la llegada de la noche los combates cesaron, sin embargo, y pese a estar ganando la batalla, Santa Anna decidió no proseguir con el ataque y, en vez de perseguir a los estadounidenses, ordenó a sus tropas regresar a su base, en la localidad de Agua Nueva, y, desde allí, de nuevo a San Luis Potosí, a donde regresaron el 26 de febrero. Ambas fuerzas sufrieron cuantiosas bajas en la encarnizada batalla, los mexicanos; 591 muertos y cerca de 1.000 heridos, y los estadounidenses; 267 muertos y 455 heridos. Hoy en día ambos bandos reclaman la victoria en dicha batalla, aunque, lo mas justo es decir que quedó en tablas, ya que ningún bando alcanzó sus objetivos estratégicos: Santa Anna, falto de municiones y alimento para sus hombres, fue incapaz de proseguir la batalla y, ante el gran número de bajas, optó por replegarse sin haber logrado destruir por completo al ejercito invasor. Mientras que Taylor vio frenado su avance hacía el sur, y se vio forzado a regresar a Monterrey. Además, perdió la confianza del presidente Polk, que a partir de entonces apostará por una nueva ofensiva, comandada por el general Scott, como medio para doblegar la resistencia mexicana y poner fin a la contienda.

2.4 – Frente Sur: la ofensiva de Scott y el fin de la guerra.

El 9 de marzo de 1847, un ejercito de 12.000 hombres, comandado por el general Winfield Scott, desembarcó en la costa de Veracruz y puso bajo asedio la célebre ciudad portuaria, que acabaría rindiéndose, tras una valiente resistencia, el día 27 de ese mismo mes de marzo. Una vez asegurada la ciudad, como base para la invasión, Scott se encaminó con su ejercito hacía el interior de México, con objeto de atacar la capital y poner fin a la guerra. Santa Anna, que había dejado el frente norte para hacer frente a esta nueva amenaza, decidió cortarle el paso en Cerro Gordo, Xalapa, una posición estratégica fácilmente defendible para su ejército, que, con 8.700 hombres, era visiblemente inferior a las tropas de Scott. El 18 de abril, ambas fuerzas se enfrentaron en la conocida como Batalla de Cerro Gordo, y, una vez más, Santa Anna fue derrotado. En esta ocasión por un hábil movimiento táctico de flanqueo, diseñado por Scott y llevado a cabo por el joven y brillante capitán Robert E. Lee, que permitió a los estadounidenses atacar por la retaguardia al ejército mexicano, derrotándolo completamente. La batalla se saldo con unos 1.000 soldados mexicanos muertos o heridos, y 3.060 prisioneros, frente a tan solo 63 estadounidenses muertos y 365 heridos. La desastrosa decidió definitivamente la contienda. Santa Anna, cada vez tenía menos apoyos y la población estaba desmoralizada. La gran ciudad de Puebla se rindió sin combatir ante las fuerzas de Scott el día 1 de mayo, y, a comienzos de agosto alcanzaron el valle de ciudad de México. Tras derrotar a los defensores mexicanos; el 19 de agosto de 1847 en la Batalla de Padierna (o Contreras), el 20 de agosto en la Batalla de Churubusco, y el 13 de septiembre en la Batalla de Chapultepec (en la que alcanzó la fama eterna un grupo de 50 cadetes mexicanos, conocido para la posteridad como los Niños Héroes), el ejercito de Scott entró en ciudad de México, y, tras una larga y dura lucha en la que los estadounidenses sufrieron 1.650 bajas, entre muertos y heridos, obtuvieron la rendición oficial de la ciudad el día 20 de septiembre. Tras un infructuoso intento por recuperar Puebla, el derrotado Santa Anna, sin apoyos ya entre la población, huyo a Colombia, dejando un vacío de poder en el gobierno mexicano, hasta que el presidente de la “Suprema Corte de Justicia”, don Manuel de la Peña y Peña, asumió la presidencia interina del país a fines de septiembre.

Sin su capital, y sin apenas recursos, México intentó continuar luchando mediante el hostigamiento guerrillero al invasor, aunque, finalmente acabó capitulando y firmando, el 2 de febrero de 1848, el Tratado de paz de Guadalupe-Hidalgo, mediante el cual, la frontera entre ambos países se establecía definitivamente en el río Bravo, y, además, México renunciaba a los territorios de Alta California y Nuevo México, a cambio de una compensación económica de 15 millones de dólares. Con ello se consumaba la perdida de la mitad de su territorio, aunque dada la grave situación en que quedó el país no tenía mas opción que ceder a las pretensiones estadounidenses.

La contienda se saldó con unas enormes pérdidas humanas: 13.283 estadounidenses muertos, y entre 16.000 y 25.000 mexicanos. La mayoría de estas bajas fueron causadas por enfermedades.

El ejercito mexicano lucho valientemente, pero carente de suministros, mal armado, y peor comandado por el incapaz Santa Anna, no pudo hacer frente a un ejercito profesional, muy bien adiestrado y armado, como era el estadounidense. A su vez, los problemas endémicos del país: el caudillismo, una económica endeble, y las graves desigualdades sociales, fueron determinantes para que México fuera derrotado.

Chapultepec
Batalla de Chapultepec, 12-14 de septiembre 1847

Ese mismo año de 1848, el general Taylor aprovechó la fama adquirida en la contienda para alzarse con la victoria electoral y convertirse en el 12º presidente de Estados Unidos. Durante su breve presidencia (murió en 1850), y a raíz de la incorporación de los nuevos territorios, comenzaron a desatarse los problemas entre estados esclavistas y estados abolicionistas, que años después desembocarían en la Guerra Civil, o Guerra de Secesión, de los EE.UU. (1861-1865).

Por su parte, el infortunado Santa Anna volvió del exilio y, ante el caos reinante, recuperó la presidencia del país a mediados de 1853. Ese mismo año vendió, a cambio de 10 millones de dólares, el Territorio de la Mesilla a los EE. UU., una adquisición que rectificaba la frontera establecida en el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, con objeto de facilitar la construcción de un ferrocarril transcontinental en el sur de Estados Unidos. Dos años después, y tras haber convertido su presidencia en una dictadura personalista, Santa Anna fue expulsado definitivamente del poder, exiliándose en la isla caribeña de Santo Tomás, hasta 1874, cuando pudo volver a México. Moriría en su casa de ciudad de México en 1876.

3 – Conclusiones.

La invasión de México fue parte de un ambicioso proceso de expansión territorial, que los EE. UU. iniciaron a comienzos del siglo XIX, con la incorporación de las colonias europeas de Louisiana y Florida, y que acabaría culminándose, a finales de siglo, con la adquisición de Alaska, la conquista de los territorios indios, y, finalmente, de Puerto Rico y Filipinas, tras la guerra contra España de 1898. Esta expansión territorial, sumada a la potencia industrial y económica del país, llevó a los EE. UU. a convertirse en la potencia hegemónica en América, y tras la Segunda Guerra Mundial, en la potencia hegemónica en el mundo occidental.

Adquisiciones Territoriales EEUU
Expansión territorial estadounidense. Fuente Wikipedia.

Por todo ello, cabe preguntarse si en el improbable caso de que hubiera existido una victoria mexicana en el conflicto de 1846-48, se hubiera producido un freno en seco a la expansión imperialista estadounidense, cambiando la Historia, o si tan solo habría supuesto un freno momentáneo a esta expansión, retrasándola en el tiempo hasta que la potencia industrial de los EE. UU. lograra imponerse definitivamente. Sea como fuere, y dejando a un lado la ficción, la realidad es que el conflicto fue un duro golpe para la joven nación mexicana, no solo por la perdida de la mitad de su territorio, sino por las heridas internas que abrió: destrucción de la economía, inestabilidad política, guerras civiles, y conflictividad social. Heridas, que perdurarán a lo largo del siglo. Además, la debilidad militar de México fue aprovechada por las potencias europeas para invadir el país tan solo 15 años después, en 1863, y colocar como gobernante al emperador Maximiliano I de Habsburgo. Una invasión que, aunque no fructificó en el tiempo, muestra bien a las claras el estado caótico en el que quedó sumido México tras la guerra con EE. UU. y del que tanto tiempo le costó salir.

Quizás, el mejor resumen de la contienda es que el que realizó, años después, el general, y 18º presidente de los Estados Unidos, Ulysses S. Grant: “fue una de las guerras más injustas jamás libradas entre una nación fuerte y una débil…Nunca me perdonaré a mí mismo por haber ido a esa guerra. No creo que haya habido una guerra más perversa que la librada por los Estados Unidos contra México. Y lo pensé también en la época, cuando yo era más joven, solo que no tuve el coraje moral suficiente para renunciar” (It was one of the most unjust wars ever waged by a stronger against a weaker nation. . . . I have never altogether forgiven myself for going into that war. I do not think there was ever a more wicked war than that waged by the United States on Mexico. I thought so at the time, when I was a youngster, only I had not moral courage enough to resign.)

 

Fuentes:

-The Mexican War, 1846-1848, por Douglas V. Meed, y publicado por Osprey. 2002.

-U.S. Army Campaigns of the Mexican War – The Occupation of Mexico, May 1846-July 1848, por Stephen A. Carney y publicado por el Centro de Estudios Militares del Ejercito de Estados Unidos. 2015.

The US Army on the Mexican Border, a Historical Perspective, por Matt H Matthews y publicado por el Combat Studies Institute Press, Fort Leavenworth, Kansas. 2007.

Imágenes de licencia libre, obtenidas en Wikipedia.com

 

© 2019 – Autor: Marco Antonio Martín García
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