Almanzor (939-1002)

almanzorMuhammad ibn Abū ʿĀmir , llamado “al-Manṣūr bi-llāh” (el victorioso por Allah), fue el caudillo militar más brillante y exitoso de Al-Ándalus, la España Musulmana. Hombre carismático, inteligente, y elocuente, supo aprovechar sus grandes dotes para la política, y la diplomacia, para alzarse con el poder absoluto dentro del califato de Córdoba. Su dictadura relegó a la oscuridad al legitimo califa, Hisham II, convirtiéndolo en una triste marioneta a su servicio. Un golpe a la dinastía Omeya del que nunca se recuperará. Por ello, aunque el gobierno de Almanzor recuperó la grandeza de Al-Ándalus, también significó el principio del fin para el Califato de Córdoba. Por otro lado, para los cristianos de la época, Almanzor fue un “castigo de Dios”, un demonio hecho carne, que llevó la muerte y destrucción a sus reinos, frenando en seco la expansión cristiana sobre el territorio de Al-Ándalus. Héroe para algunos, villano para otros, la verdad es que Almanzor fue un hombre hecho así mismo, que llegó a lo más alto gracias a su principal virtud: el valor de enfrentarse a cualquier obstáculo y superarlo.

1 – Sus comienzos: de escribano a visir.
Muhammad ibn Abū ʿĀmir nació, en el año 939, en una alquería (comunidad agrícola) llamada Turrush (algunos autores lo identifican con Torrox, Málaga, aunque parece ser un error toponímico), perteneciente a la cora de al-Yazirat (Algeciras). Unas tierras otorgadas a su antepasado Abd al Malik, de la tribu de Ma’afir, originaria de Yemen, por sus servicios al general Tarik durante la conquista musulmana de Hispania (711-726). Por tanto, su familia descendía de un linaje árabe yemení, algo de sumo prestigio entre los musulmanes de Al-Ándalus. Sus antepasados directos, considerados como notables, habían ejercido diversos, e importantes, cargos administrativos. Su padre, Abd Allah, fue un alfaquí (juez experto en la fiqh: la ley islámica), considerado en su entorno como un hombre sabio, bondadoso, sumamente ascético, y sin ambición de poder, que murió en Trípoli cuando regresaba de su peregrinación a La Meca, mientras que su madre, descendía del médico personal del gran califa Abd al-Rahmán III. Estos ilustres orígenes sirvieron a los cronistas musulmanes posteriores para enlazar la figura de Almanzor con distintas profecías que aludían a que los Omeyas serían destronados por alguien de su misma procedencia.

Tras pasar sus primeros años en la finca familiar, ibn Abū ʿĀmir, siendo ya un adolescente, se trasladó a Córdoba para estudiar leyes bajo la tutela de sus tíos. La intención del joven era seguir la tradición familiar y convertirse en alfaquí. Tras culminar sus estudios, el joven estableció un modesto puesto de escribano en los aledaños del palacio del califa, en el que redactaba solicitudes oficiales para la gente que deseaba presentar algún escrito ante la administración califal. Posteriormente, y gracias a su talento, logró obtener el cargo de secretario del cadí (juez y gobernante civil) de Córdoba; Ibn al-Salim. Gracias a este cargo, pudo entrar en contacto con el influyente visir(ministro) Ya‘far al-Mushafi, quien, a su vez, y viendo el talento de ibn Abū ʿĀmir (Almanzor), decidió introducirlo en la corte, como secretario personal de la reina Subh (para los cristianos Aurora, de origen vasco), esposa del califa Al-Hakam II.

Abū ʿĀmir realizó una buena administración de los bienes de la reina, y, pese a los gastos extravagantes de esta, pudo incrementar su patrimonio. A partir de entonces, contará con la amistad y protección de la reina Subh, lo que le ayudará enormemente a la hora de ascender en el escalafón de la nobleza de servicio. En el 967 es nombrado director de la ceca (la fábrica de moneda), al año siguiente, 968, tesorero real, para pasar a ser nombrado cadí de Sevilla y de Niebla en el 969, y, en el año 970, administrador de los bienes del heredero al trono: Hisham II. Finalmente, en el 972 obtiene el cargo de jefe de la shurta (policía) y, al año siguiente, 973, es nombrado cadí de los territorios omeya en el Magreb (principalmente Ceuta y Tánger), amenazados por los fatimíes, con objeto de supervisar los gastos del general Gálib, y ayudarle a comprar la fidelidad de las tribus bereberes locales, una misión en la que el joven consiguió un rotundo éxito.

En pocos años, ibn Abū ʿĀmir consiguió pasar del anonimato a ser uno de los principales notables al servicio del califato. Este rápido ascenso fue atribuido por sus detractores a su estrecha relación con la reina Subh, acusándolo de haber empleado su atractivo y carisma para seducirla y convertirse en su amante secreto. Es obvio que el favor de la reina (ya fuera amiga o amante) fue decisivo para ibn Abū ʿĀmir, pero este ascenso social no lo hubiera logrado si el joven no tuviera un gran talento para la administración.

El 1 de octubre de 976 falleció el califa Al-Hakam II, pasando el trono a su joven hijo Hisham II. Dada la minoría de edad del nuevo califa, el poder lo ejercerá realmente su madre, la reina Subh, y sus dos principales aliados: el visir Ya‘far al-Mushafi, que pasa a ser nombrado háyib (jefe de gobierno) y Abū ʿĀmir, que, con 37 años, ya es nombrado visir.

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La Península Ibérica en el 910. Fuente Wikipedia.

2 – El ascenso al poder absoluto.

Una vez llegado al poder, como visir, y mano derecha de al-Mushafi, Abū ʿĀmir se dedica a cimentar su posición, por un lado, acabando con la oposición al nuevo califa, Hisham II, mediante el asesinato de su tío; Al-Mugira, que aspiraba al trono en complicidad con la guardia de esclavos eslavos, y, por otro lado, ganándose la voluntad de la plebe mediante medidas demagógicas, como la eliminación del impuesto al aceite, y, mediante su presentación pública como exitoso caudillo militar. Para realizar esta última labor propagandística de su figura, Ibn Abū ʿĀmir realizará una exitosa campaña militar, saqueando en el año 977 las tierras cristianas de Galicia. A su regreso victorioso a Córdoba, cargado de esclavos y botín, Ibn Abū ʿĀmir, comenzará una nueva fase en su ascenso político: librarse de al-Mushafi y reemplazarlo como háyib, lo que le daría la jefatura de gobierno. Para ello, se alía con el general Galib (recordemos que lo conoció durante su misión en el Magreb), a cargo de las tropas de la Marca Media (la frontera norte), casándose con su hija Asmá. Con el apoyo de Galib, ese mismo año de 977, Abū ʿĀmir presenta una serie de acusaciones, bien fundamentadas, contra su antiguo mentor, el háyib al-Mushafi, consiguiendo que sea destituido y encarcelado. En marzo de 978, Abū ʿĀmir es nombrado háyib, asumiendo todas las funciones de gobierno en Al-Ándalus.

Su siguiente paso, será librarse de la reina Subh y de su hijo, el califa Hisham II. Para ello, Abū ʿĀmir, comienza trasladando la sede de la administración del gobierno, desde la sede palacial; Madīnat al-Zahrā (la ciudad brillante), a una nueva sede que ordenó construir bajo los mismos principios de belleza arquitectónica: Madīnat al-Zāhira (la ciudad resplandeciente). Con esto, alejaba al califa del gobierno efectivo, y, de paso, se protegía a si mismo de posibles conspiraciones. Por otro lado, Abū ʿĀmir comienza una campaña propagandística en el que propaga el mensaje de que el califa Hisham II se apartado del mundo material, para vivir una vida espiritual y piadosa en soledad, y, además, prohíbe el acceso a las habitaciones del monarca o su madre a personas no autorizadas por él mismo. Y, por último, priva de fondos a la familia real, apoderándose de las arcas con el tesoro califal que se custodiaban en el alcázar de Córdoba. El califa, y su madre, se convierten en prisioneros en su propio palacio.

Una vez eliminada la capacidad de actuación de la familia real, solo le quedaba un estorbo para obtener el poder absoluto; su suegro, el prestigioso y veterano general Galib. En el 980, durante un banquete en la fortaleza en Atienza, en el marco de una operación de saqueo contra los reinos cristianos, Galib le reprochó, espada en mano, su usurpación del trono. La disputa se saldó con Abū ʿĀmir herido en el cráneo y teniendo que huir a toda prisa para salvar la vida. Galib, por su parte, aglutinó en torno a su figura a todos los descontentos contra el despotismo de Abū ʿĀmir. Con sus tropas fronterizas, el apoyo de diversos contingentes reclutados entre sus aliados bereberes, e incluso el apoyo de los reinos cristianos, se lanzó a la ofensiva para poner fin al gobierno de su yerno Abū ʿĀmir. Entre el 9 y 10 de julio del 981, las tropas de Galib se enfrentaron al ejército califal de Córdoba en las cercanías de la fortaleza de Torrevicente, Soria. La batalla comenzó siendo favorable a las tropas de Galib, cuyas feroces cargas a la cabeza de la caballería resultaron devastadoras para sus enemigos. Sin embargo, tras una de esas cargas, Galib perdió el control de su caballo, probablemente por el esfuerzo acometido a su avanzada edad (en el 981 tendría cerca de 80 años, apareciendo en las fuentes un como un liberto (esclavo liberado) de origen eslavo, ya en tiempos del califa Abd al-Rahman III, 891-961), y acabó siendo aplastado por el armazón de su silla, muriendo instantáneamente. La muerte de Galib, interpretada como un castigo divino, provocó la huida en desbandada de sus tropas, y de sus aliados cristianos, y el triunfo final de Abū ʿĀmir, que, sin tener ninguna compasión por su difunto suegro, ordenó que su cadáver fuera rellenado con algodón y expuesto crucificado en la puerta de su residencia; Madīnat al-Zāhira. A partir de entonces, adopta el sobrenombre: al-Manṣūr bi-llāh (el victorioso por Allah), transformado en “Almanzor” por los cristianos, con el que pasará a la posteridad.

Eliminada toda oposición real, comenzaba la dictadura de Abū ʿĀmir, al-Manṣūr. Un gobierno, que, pese a ser despótico, mejoró las condiciones de vida de los habitantes de Al-Ándalus, llevándolos paz y prosperidad. Además, inició una ambiciosa política de obras públicas: mejorando y ampliando la gran mezquita de Córdoba, y construyendo canales de agua con los que mejorar el abastecimiento de los núcleos urbanos. Almanzor era un dictador, pero un dictador amado y respetado por su pueblo hasta el fin de sus días.

3 – El azote de la Cristiandad.

La principal base del apoyo popular incondicional del que disfrutaba Almanzor fue su compromiso incondicional con la yihad, la guerra santa contra el infiel. Almanzor forjó un potente ejército, basado en soldados profesionales a los que pagaba generosamente: mercenarios bereberes, negros, e incluso cristianos renegados, con el que logró detener la expansión de los nuevos Reinos Cristianos sobre el territorio de Al-Ándalus (un fenómeno conocido como la Reconquista) e hizo retroceder la frontera, recuperando el terreno, perdido años atrás, y repoblándolo con civiles musulmanes. Esto permitió a la población musulmana vivir con seguridad dentro de sus fronteras y fomentó la prosperidad económica del reino. En total, Almanzor realizó un total de 56 campañas militares, todas ellas victoriosas, y de estas, la mayoría fueron realizadas contra los territorios cristianos. Una cifra realmente asombrosa, que refleja muy bien su energía, belicosidad, y grandes dotes para la táctica y estrategia.

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Campañas de Almanzor. Fuente Wikipedia

Su estrategia era sencilla, y, al mismo tiempo, efectiva: atacar regularmente a sus enemigos para obtener la iniciativa, obligándolos a ponerse a la defensiva, con lo que evitaba que pudieran unir sus fuerzas para atacar el territorio de Al-Ándalus. Y, además, atacarlos con extrema dureza: arrasando sus iglesias, sus poblados, y sus campos, con objeto de destruir su economía y causarles un temor cercano a lo sobrenatural (era considerado por los eclesiásticos como un “castigo de Dios” o incluso como un “demonio hecho carne”).

Estos objetivos estratégicos variaban en función del enemigo al que se enfrentaba. Contra el Reino de León, el más poderoso de los reinos cristianos, el objetivo era doble: por un lado, Almanzor pretendía hacerles retroceder de sus posiciones defensivas en las ciudades de Zamora y Toro, y sus fortalezas aledañas, para asegurar de nuevo la frontera, establecida tradicionalmente en el río Duero, y, por otro lado, decidió atacar sus ciudades más importantes: León, Astorga y Compostela, con objeto de desprestigiar al rey Vermudo II (982-999), mostrándole como incapaz de defender su propio reino, y, de paso, obtener importantes riquezas y esclavos. Siguiendo estos objetivos, Almanzor atacó Zamora en siete ocasiones (años 979, 981, 982, 984, 986, 988, 994), León en cinco (años 982, 986, 988, 994, 995) y Astorga en tres (988, 994, 995). De estas campañas contra el Reino de León destacan especialmente la del verano del año 986, en la que Almanzor arrasó los monasterios de Sahagún y Eslonza, y saqueó las ciudades de Zamora, Salamanca y Alba de Tormes, para después, atacar a la propia capital, León, causando importantes daños en su castillo, y conquistando los arrabales, aunque no pudo destruir por completo la ciudad, la campaña del año 995, en la que saquea Astorga, y, sobre todo la del año 997, en la que ataca directamente uno de los lugares más sagrados para la cristiandad europea: Santiago de Compostela, donde se ubica la famosa tumba del apóstol. En esta ocasión, Almanzor hizo un asalto conjunto, trasladando una parte de su ejército por tierra, siguiendo la ruta Coria, Viseo, Oporto, Santiago, y, otra parte de su ejército por mar, para saquear Padrón y luego participar en el ataque a Santiago el 10 de agosto del 997. El triunfo de Almanzor fue completo, sus tropas saquearon Santiago e incendiaron la ciudad, reduciéndola a ruinas. Tan solo se salvó de la destrucción la tumba del Apóstol, gracias al ruego que le hicieron sus aliados mercenarios cristianos. A modo de trofeo, Almanzor se llevó a Córdoba las campanas de la catedral dedicada al apóstol. Unas campanas que cargaron a hombros los cuantiosos prisioneros cristianos que marchaban hacía la esclavitud. Aparte del gran numero de esclavos obtenido, el botín por la toma de la ciudad fue muy cuantioso. Una gran victoria, sobre todo a nivel moral, por la humillación causada a sus enemigos, y que sirvió para engrandecer aún mas su figura.

Tres años más tarde, tras la muerte del rey Vermudo II de León (999), y la ascensión al trono del niño de cinco años Alfonso V (994-1028), los reinos cristianos pudieron por fin formar una colación, entre leoneses, castellanos y navarros, con la que enfrentarse al ejercito de Almanzor. El ejército cristiano, comandado por Sancho García, conde de Castilla, y García Gómez, conde de Saldaña, salió al encuentro del ejercito de Almanzor, cuando se dirigía hacia Castilla, para realizar una campaña de saqueo y le bloqueó el paso desde la Sierra de la Demanda, entre Burgos y la Rioja. El 29 de julio del año 1000, ambos ejércitos se enfrentan en una de las alturas de dicha sierra, Peña Cervera. La batalla fue sumamente cruenta, y la victoria parecía sonreír a los cristianos, hasta que el conde Castilla se dejó engañar por un ardid de Almanzor, y, creyendo que llegaban refuerzos musulmanes, ordenó la retirada de sus tropas. La retirada se convirtió en huida cuando Almanzor lanzó a su caballería en persecución de los cristianos, logrando derrotarlos por completo. Esta victoria, aunque pírrica, fue un duro golpe para los reinos cristianos, su gran ejército no había logrado imponerse en el campo de batalla, y sus territorios, especialmente Castilla y Navarra, serían saqueados de nuevo por los musulmanes.

Dejando a un lado las campañas contra el Reino de León, las más importantes, hay que mencionar que, en el caso del Reino de Navarra, Almanzor respetó la paz con el reino mientras duró su matrimonio con Abba “la vascona” (Urraca de Pamplona), hija del rey Sancho Garcés II (938-994). Las campañas militares de saqueo y rapiña contra el territorio navarro comenzarán a partir del 990, cuando los gobernantes del reino se nieguen a pagar tributo a Almanzor. En el 999, con objeto de castigar su desobediencia, Almanzor ataca y saquea Pamplona, Sobrarbe, Aragón, Ribagorza y Pallars. Un año después, tras la victoria de Peña Cervera, decide castigar la participación navarra en la coalición cristiana atacando de nuevo Pamplona, a la que conquista y saquea. Solo la muerte impidió que siguiera atacando dicho territorio.

Por último, entre sus campañas hay que destacar el ataque contra Barcelona del año 985, en el que obtuvo muchos eslavos y un gran botín. Pese a este éxito, la zona de la Marca Hispánica (Cataluña) fue la menos atacada por las tropas andalusíes.

La última campaña de Almanzor se desarrolló en el año 1002, un ataque contra el condado de Castilla, en el que arrasó el monasterio de San Millán de la Cogolla. Sin embargo, Almanzor, que había comenzado la campaña militar ya enfermo de artritis gotosa, empeoró de salud y se vio obligado a regresar a la frontera, encaminándose hacia la ciudad de Medinaceli (capital de la Marca Media, la frontera central). Allí, acabó falleciendo, el 9 de agosto del año 1002, a los 62 años. Según los cronistas musulmanes, sobre el sudario de su cadáver se vertió tierra que él mismo había recogido en cada una de sus campañas victoriosas, y sobre su lápida de mármol se escribió: Sus hazañas te enseñarán sobre él, como si lo vieras con tus propios ojos. Por Dios que jamás volverá a dar el mundo nadie como él, ni defenderá las fronteras otro que se le pueda comparar. Los cronistas cristianos también recogieron la noticia, alegrándose de la muerte de su mayor enemigo, por ejemplo, el Chronicón Burguense menciona: “Era MXL, mortuus est Almanzor, et sepultus est in inferno”.

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La vuelta de Almanzor, enfermo y vencido en Calatañazor“, por Rodríguez Losada

Curiosamente, y dado que nunca fue derrotado por los cristianos, los cronistas de siglos posteriores, con intención propagandística, tuvieron que inventarse una batalla en la que, por fin, lograban derrotar al “demonio” y vengaban la afrenta sufrida con la toma de Santiago: la Batalla de Calatañazor, en la que supuestamente Almanzor sería derrotado por el conde de Castilla, y en la que, además, “perdió el tambor”, empleándose el tambor como símil de alegría. A causa de dicha derrota ficticia moriría tiempo después en Medinaceli. Una buena prueba de la falsedad de estas crónicas posteriores, que empiezan con la Crónica General de Alfonso X (publicada originalmente en 1274, o sea, que fue escrita 272 años después de la muerte de Almanzor), es que mencionan como jefes cristianos a Vermudo II y al conde García Fernández de Castilla, muertos ambos antes del año 1000. Ninguno de los cronistas de la época de Almanzor, ni cristianos ni musulmanes, menciona la existencia de dicha batalla, y, lo más probable es que la invención posterior sea una reinterpretación de la Batalla de Peña Cervera.

4 – Sucesión: la dinastía amirí.

La muerte de Almanzor no supuso la “liberación”, o más bien, llegada al poder, del califa Hisham II, sino que sus descendientes continuaron la labor política de su padre y mantuvieron el Califato de Córdoba bajo su control, instaurando una dinastía paralela de caudillos. Esta dinastía, conocida como amirí, tuvo poca duración, pero fue determinante para el futuro de Al-Ándalus. A su desaparición, la España musulmana quedó dividida en pequeños reinos que libraban constantes guerras entre sí. Un caos que pudieron aprovechar los reinos cristianos para expandirse hacia el sur.

Desde siempre, Almanzor mostró predilección por su segundo vástago: Abd al-Málik “al-Muzáffar” (975-1008), el hijo de una de sus esposas más queridas; Al-Dalfāʾ. Esta predilección ocasionó que su primogénito, Abd Allah, viéndose apartado del poder, decidiera encabezar una rebelión contra su padre, siendo apoyado por varios nobles omeyas descontentos y por el conde García Fernández de Castilla. La rebelión fracasó en el año 990 y Abd Allah pagó con su vida su deslealtad. Con ello, Abd al-Málik se convertía en el sucesor de su padre, no solo de hecho sino también por derecho.

Abd al-Málik era un hombre con abundante experiencia militar, había acompañado a su padre en varias campañas contra los cristianos, y había sido el encargado de pacificar los territorios del califato en el Magreb, pero carecía de la habilidad política de su padre y no le gustaba estar demasiado tiempo en la corte. Su vida era el ejército, y, aunque carecía de la habilidad táctica y estratégica de su padre, era un buen general, que dedicó todos sus esfuerzos a seguir debilitando a los reinos cristianos del norte con campañas de saqueo anuales. Abd al-Málik realizó 7 campañas militares contra los cristianos, que le supusieron el apodo de “al-Muzáffar” (el victorioso). Pero su carrera se truncó cuando murió, a los 6 años de llegar al poder, el 20 de octubre de 1008. Su muerte, se atribuyó a problemas cardiacos, pero es más que probable que fuera envenenado por su hermano menor y sucesor: Abd al-Raḥmān ibn Sanchul (983-1009), conocido como “Sanchuelo” por los cristianos (a causa de su parecido físico con su abuelo), el hijo que tuvo Almanzor con Abda, la hija del rey navarro Sancho Garcés II.

Abd al-Raḥmān “Sanchuelo” carecía de la inteligencia y del carisma de su padre y hermano, y, además, tenía una desmesurada afición al lujo, al vino, y a las mujeres, lo que era muy mal visto por el pueblo. Su falta de talento político le hizo cometer un grave error: se hizo nombrar heredero por parte del propio califa Hisham II, lo que causó una enorme indignación en el califato cordobés (el califa era la máxima autoridad, no solo política, sino religiosa, por ello, el pueblo podía aceptar que el háyib ostentara el poder político a la sombra, pero no el poder religioso, para el que no tenía legitimidad alguna). Con objeto de distraer la atención y calmar a los descontentos, Sanchuelo decidió emprender su primera campaña contra los reinos cristianos, y partió, en el invierno del 1008, en apoyo de García Gómez, conde de Carrión, que en aquel tiempo estaba en guerra contra el rey Alfonso V de León. Su salida de Córdoba fue aprovechada por los descontentos para iniciar una rebelión, el 15 de febrero del 1009, que derrocó a Hisham II y llevó al poder a un biznieto de Abd al-Raḥmān III (y por tanto legitimo descendiente de los Omeya), llamado Muhammad II al-Mahdi, el cuarto (y último) califa de Córdoba.

Sanchuelo, acompañado por el conde de Carrión, decidió regresar con su ejercito para tratar de revertir la situación y recuperar el poder, pero sus tropas le abandonaron y fue apresado. El 3 de marzo de 1009, Abd al-Raḥmān “Sanchuelo” fue decapitado junto con su fiel aliado el conde de Carrión, García Gómez. Con él, moría el sueño de la dinastía amirí y Al-Ándalus entraba en un periodo de caos y guerra civil, conocido como la fitna, en el que árabes, bereberes, e incluso la guardia de esclavos eslavos, lucharon por el poder, dividiendo el territorio en múltiples y pequeños reinos: las taifas. Presa fácil para la expansión cristiana.

El sueño de grandeza de Al-Ándalus, por el que había combatido Almanzor se hundía para siempre. Aunque, su dinastía pervivió. Hubo un superviviente de las guerras civiles, Abd al-Aziz, hijo de Sanchuelo, y nieto de Almanzor, que logró convertirse en rey de la taifa de Valencia. El y sus descendientes gobernarán la ciudad hasta el 1086, año en que el rey cristiano Alfonso VI impuso en el trono al rey Al-Cádir de Toledo. Finalmente, Valencia pasará a manos del mayor guerrero de la cristiandad, y otro de los grandes protagonistas de la historia medieval de España: el Cid.

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Busto de Almanzor en Calatañazor

Fuentes:

Historia de España en la Edad Media, un libro de Vicente Ángel Álvarez Palenzuela, editado por Ariel. 2002.

Guerra, violencia y terror: La destrucción de Santiago de Compostela por Almanzor hace mil años, un articulo de María Isabel Pérez de Tudela y Velasco, publicado por la Universidad Complutense de Madrid. 1998.

Las campañas de Almanzor a la luz de un nuevo texto, un articulo de Luis Molina, publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (España). 1981.

El Azote del año mil: Almanzor, según las crónicas cristianas,un articulo de Ana Echevarría Arsuaga recogido en la obra: Los protagonistas del año mil (actas del XIII Seminario sobre Historia del Monacato). 2-5 de Agosto de 1999.

© 2019 – Autor: Marco Antonio Martín García
Todos los derechos reservados.Prohibido su uso comercial y
la reproducción parcial o total de este texto sin consentimiento
previo del autor.

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