La intervención soviética en Afganistán, 1979-1989

La intervención soviética en Afganistán comenzó con el apoyo de la Unión Soviética al Partido Democrático Popular de Afganistán. Este partido comunista pretendía modernizar el país con distintos cambios políticos, sociales, económicos y religiosos, lo cual provocó la insurrección armada de la gran mayoría de fundamentalistas islámicos afganos, los cuales estaban en contra de todos estos cambios y veían el comunismo como una amenaza directa contra su Fe y su modo de vida tradicional.
La lucha de guerrillas de los muyahidines afganos obligó a la URSS a intervenir militarmente en una guerra asimétrica que pronto se convertiría en un auténtico infierno. La derrota soviética en Afganistán agravó la desintegración interna de la Unión Soviética y contribuyo a su caída poco tiempo después. Afganistán siguió siendo un país fundamentalista hasta la intervención militar de EEUU en 2001.

Tras la descolonización británica del país, en 1947, Afganistán entró en el punto de mira de la Unión Soviética. La gran potencia, enfrentada al Occidente Capitalista desde el final de la Segunda Guerra Mundial, buscaba ampliar su área de influencia a un país tan importante estratégicamente como es Afganistán, el puente entre Asia y Oriente Medio. Desde 1950, los soviéticos colaboraron con los afganos ayudándoles a modernizarse, construyendo carreteras, puentes y aeropuertos y pasando a entrenar a sus fuerzas armadas. Además, los soviéticos influyeron para que se produjese un cambio político y el país pasara a estar gobernado por una monarquía constitucional en vez de una monarquía absoluta. También auspiciaron que las dos principales facciones comunistas del país el “Jalq” y el “Parcham” se fusionaran en único partido, el “Partido Democrático Popular de Afganistán”.

El 17 de julio de 1973, el príncipe Mohammad Daoud Khan derribó la corrupta monarquía de su primo, el rey Mohammed Zahir Shah, y se convirtió en Primer Ministro con el beneplácito de los comunistas y de la mayoría del pueblo afgano.
Pese a las expectativas de los comunistas, Daoud mantuvo la neutralidad del país sin decantarlo por el bloque soviético, y poco tiempo después inició una dura represión contra los comunistas afganos, llegando a asesinar a Mir Akbar Khyber, uno de sus líderes, lo cual provocó que el 24 de abril de 1978 el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) diera un golpe de estado, asesinando a Daoud y colocando en su lugar como Primer Ministro a Nur Mohammad Taraki, que también era el Presidente del Consejo Revolucionario de Afganistán.

El gobierno de Taraki inició un programa radical de reformas con objeto de acabar con el feudalismo y llevar a Afganistán al siglo XX: eliminó la usura, inició una campaña de alfabetización en la que se incluyó a las mujeres, implantó una reforma agraria radical, prohibió el cultivo del opio, legalizó los sindicatos, estableció una ley de salario mínimo y lo más importante y rompedor: otorgó la igualdad de derechos para la mujer (llegando éstas incluso al Parlamento) y el Estado paso a ser laico. Estos cambios rompían de lleno con el pasado islámico del país y alarmaron a la URSS, que pidió a Taraki más moderación en las reformas. Sin embargo, la mecha del descontento de los islamistas ya estaba prendida y estos comenzaron a rebelarse en 25 de las 28 provincias, atacando a las fuerzas gubernamentales y realizando atentados terroristas.

El 14 de septiembre de 1979 Hafizullah Amín, líder de la otra facción del PDPA, asesina a Taraki y da un golpe de estado. Amín trata de detener las reformas de su predecesor, alejándose de la órbita de la URSS y acercándose a los Estados Unidos. Este giro de su política hacia Occidente provoca la ira de la URSS que, decidida a no perder su influencia en un país estratégico para el control de su frontera sur, organiza una operación secreta para hacerse con el control total del país. Al atardecer del día 27 de diciembre de 1979, dos grupos especiales (spetsnaz) del KGB entran en acción (700 hombres) entran en acción, el Grupo Alfa asalta el Palacio Presidencial en Kabul, la capital del país, y asesina a Hafizullah Amin, mientras el Grupo Zenith se encarga de controlar las comunicaciones y asegurar el Ministerio del Interior. Con los centros de mando y control asegurados, al amanecer del día 28, bajo el mando del mariscal Sergei Sokolov, comienzan a entrar en al país las divisiones regulares soviéticas. La 103ª División de Guardias Paracaidistas “Vitebsk” y dos divisiones reforzadas de Fusileros Motorizados, la 5ª y la 108ª, tomarán el control de las principales ciudades y puntos estratégicos del país. Esta operación magistral demostró que las fuerzas especiales soviéticas eran sin duda las mejores del mundo en la obtención de objetivos estratégicos, capaces de tomar el control de un país en menos de 24 horas, una capacidad bélica que preocupó sobremanera a EEUU y sus aliados occidentales.

La guerra había comenzado y pese al buen comienzo la situación no tardaría en deteriorarse, sin darse cuenta, la Unión Soviética había creado su propio Vietnam, había invadido un país para defender el gobierno de un partido comunista minoritario y existente solo en las grandes ciudades. Frente a ellos se alzaba la mayoría de las tribus que componían el pueblo afgano, en especial las tribus que habitaban las zonas rurales, amantes del modo de vida tradicional y profundamente creyentes en el Islam. Por si fuera poco, tras el visto bueno del presidente Carter, EEUU ayudaría a los rebeldes con ingentes cantidades de dinero, armas (desde fusiles de la Segunda Guerra Mundial a lanzagranadas anticarro LAW y morteros de 120mm) y consejeros de la CIA a los que se sumarían las brigadas internacionales de “combatientes de la fe” o Muyahidines de distintos países musulmanes que acudirían al país a combatir a los “infieles”; a los comunistas soviéticos que no necesitaban de un dios para vivir.

Las cosas empezaron mal para los soviéticos desde el principio, el ejército afgano sufrió una plaga de deserciones y motines que en menos de un año hizo reducirse su número de 80.000 hombres a menos de 20.000, por tanto, los soviéticos para compensar la ingente pérdida de soldados aliados tuvieron que aumentar su contingente inicial de 80.000 hombres a 108.000 hombres apoyados por 1.800 tanques y cientos de helicópteros. Pero, exceptuando a las unidades de elite, como los paracaidistas (desantnik), las tropas de montaña y los spetsnaz, la mayoría de soldados soviéticos eran reclutas de diversa procedencia que tenían pocas ganas de combatir en un país tan lejano de sus hogares y tan distinto en sus costumbres.

Al igual que en la mayoría de las guerras de guerrillas o guerras asimétricas, ésta era una guerra sin frentes definidos ni grandes batallas en la que los soviéticos controlaban las llanuras y las grandes ciudades mientras los rebeldes se escondían en fortalezas y cuevas de sus enormes montañas, listos para realizar emboscadas y ataques por sorpresa contra los convoyes de suministros soviéticos y contra las posiciones ocupadas por el ejército regular afgano.

Los comienzos de la guerra, en el invierno de 1979 a 1980, fueron relativamente “tranquilos”, los combates más serios se libraron a partir de marzo de 1980, cuando los soviéticos lanzaron sendas ofensivas para acabar con los focos rebeldes de las provincias de Kunar y Paktia, encontrándose con una tenaz resistencia. Poco después, el 9 de abril los soviéticos atacaron el Valle de Panjsher, valle situado 70km al norte de la capital Kabul donde los rebeldes, liderados por el famoso muyahidín Ahmed Shah Massoud, tenían una importante base desde la que atacaban los convoyes soviéticos que se dirigían a Kabul. Cuando los soviéticos llegaron al valle no encontraron ni rastro de los muyahidines, los cuales se habían mezclado con la población civil, y tuvieron que retirarse sin lograr pacificar el valle. En octubre volvió a pasar lo mismo cuando los soviéticos volvieron de nuevo al valle. En noviembre las ofensivas soviéticas se dirigieron hacía las provincias de Wardak y Nangrahar donde tampoco consiguieron pacificar la zona.

Por otro lado, los soviéticos también dedicaron gran parte del año a controlar la frontera con Irán, por donde los rebeldes recibían ingentes cantidades de armas y suministros. Dos helicópteros soviéticos fueron derribados por aviones iraníes mientras efectuaban ataques contra campamentos de adiestramiento que tenían los muyahidines en el lado iraní de la frontera.

En el campo político, la URSS también estaba perdiendo la batalla: la ONU y el movimiento de países no alineados condenaron duramente la intervención soviética, mientras que EEUU aumentaba el envío de dinero y armas a los rebeldes. Increíblemente, al envío de armas se sumó China, un país comunista pero que rivalizaba con la URSS en el dominio del Este Asiático.

A comienzos de 1981, los soviéticos decidieron cambiar de táctica y en vez de usar grandes unidades de soldados en costosas ofensivas contra un enemigo que rehuía el combate, comenzó a usar pequeños grupos de soldados aerotransportados por helicóptero, copiando la táctica usada por los EEUU en Vietnam. Además, los soviéticos comenzaron una estrategia de “tierra quemada” fuera de las ciudades, arrasando las zonas agrícolas rurales y los sistemas de irrigación para causar el hambre entre los rebeldes de las montañas. Sin embargo, los rebeldes continuaban indomables y rechazaban los continuos ataques soviéticos, fracasando estrepitosamente las ofensivas contra Paghman, al norte de Kabul, contra el Valle de Panjsher y contra Nangrahar.

En septiembre, los soviéticos lanzaron la cuarta ofensiva contra el Valle de Panjsher, que para entonces estaba ya completamente fortificado y sus accesos estaban protegidos con minas antivehículo y antipersonales. En esta ocasión los soviéticos encontraron una resistencia tan fuerte que tuvieron que retirarse tras sufrir más de 100 bajas en su avance por tierra hacia el corazón del valle.

En 1982, los soviéticos decidieron minimizar las operaciones terrestres y aumentar los ataques aéreos y las operaciones aerotransportadas, dada la mayor eficiencia de éstas.
La mayor operación fue la quinta ofensiva contra el Valle de Panjsher, lanzada el 16 de mayo y en la que participaron 12.000 soldados, apoyados por 104 helicópteros y 26 cazabombarderos. En esta ocasión, en vez de avanzar solo por tierra, 4200 paracaidistas a bordo de helicópteros artillados lanzaron un gran número de asaltos aéreos para apoderarse de los principales puntos estratégicos del valle. La lucha por el control del valle fue durísima, en una ocasión un regimiento paracaidista fue rodeado tras desembarcar cerca de la fortaleza rebelde de Rukha y solo se salvó de la aniquilación por la oportuna llegada de los fusileros motorizados del mayor Aushev, que por su valiente acción fue condecorado como ”Héroe de la Unión Soviética”.

Esta ofensiva soviética, que había estado dirigida por el general Grigoryan, cogió completamente desprevenidos a los muyahidines, ya que estos esperaban un ataque por tierra como en anteriores ocasiones y por ello obtuvo grandes resultados. Aunque Massoud, el líder rebelde, consiguió escapar, un gran número de sus hombres fueron abatidos por los soviéticos, que además capturaron la lista con los nombres de los 600 agentes que rebeldes que operaban en Kabul y ocuparon una gran parte del valle.
Para intentar encontrar a Massoud y acabar con el resto de rebeldes que operaban en el valle los soviéticos lanzaron una sexta ofensiva en que diversos grupos de fuerzas especiales asaltaron un gran número de aldeas en las montañas consiguiendo acabar con varios grupos rebeldes pero sin lograr encontrar al líder.

Poco después todo el éxito de estas ofensivas fue desperdiciado por los soviéticos al dejar el control del valle al ejército regular afgano, cuyos soldados eran incapaces de enfrentarse a los muyahidines con efectividad.

El resto de ofensivas soviéticas de 1982 se concentraron en arrasar los alrededores de Kabul, donde se concentraban varias unidades guerrilleras, y los entornos de Mazar-e-Sharif. Los rebeldes contestaron estos ataques con un gran número de ataques terroristas sobre Kabul y alrededores que causaron cientos de bajas a los soviéticos y sus aliados afganos.

A comienzos de 1983 los soviéticos incrementaron los ataques aéreos usando bombarderos pesados mientras sus tropas de tierra permanecían a la defensiva.
En el valle de Panjsher los soviéticos habían acordado un alto el fuego de 6 meses de duración con Massoud que ambos bandos aprovecharon para reforzar sus posiciones y darse un respiro. En otros frentes, los rebeldes atacaron Kandahar y Kabul e incluso en diciembre llegaron a asediar un puesto fortificado del ejército afgano leal al régimen situado en Urgun.

El siguiente año, 1984 comenzaba para los soviéticos con la ardua tarea de liberar Urgun del cerco. Por su parte, los rebeldes, cada vez mejor armados y más experimentados en la guerra de guerrillas, consiguieron una nueva victoria al emboscar un gran convoy en el Paso de Salang.

A este éxito rebelde le sucedió la culminación soviética de sus continuas ofensivas contra el valle de Panjsher. La séptima ofensiva, dirigida por el mariscal Sergei Sokolov, siguió el patrón de la quinta, 11.000 soldados soviéticos, apoyados por 190 helicópteros y 200 aviones lanzaron sucesivos y exitosos asaltos aerotransportados sobre las bases rebeldes consiguiendo ocupar el valle y obligando a los rebeldes supervivientes a retirarse para escapar del cerco. Las bajas soviéticas fueron de tan solo 60 muertos mientras que varios cientos de rebeldes habían sido abatidos y sus fortalezas habían sido demolidas con explosivos. Sin embargo, Massoud, el alma de la resistencia en la zona había conseguido escapar de nuevo y volvería a la zona en cuanto los soviéticos se retiraran a sus bases y dejaran a los soldados regulares afganos a cargo del control del valle. En septiembre se lanzó otra ofensiva, la octava, contra grupos pequeños de rebeldes que aún resistían en el valle.

En el resto de frentes, los soviéticos consiguieron nuevos éxitos con sus ofensivas de verano contra los rebeldes de Herat y Kandahar y consiguieron casi sellar la frontera con Pakistán, por donde entraban refuerzos y suministros para los rebeldes. Este año de éxitos se cerró con la destrucción de las posiciones rebeldes en Paghman.

El éxito soviético basado en los ataques con helicópteros artillados Mil Mi Hind 24 generó que EEUU decidiera suministrar a los rebeldes misiles anti-aire SA-7S y que aumentara las partidas de dinero destinadas a los rebeldes y el número de asesores de la CIA que se encargaban del entrenamiento de los rebeldes.

En 1985, el año más sangriento de la guerra, los soviéticos dedicaron sus esfuerzos militares a seguir destruyendo las bases de los muyahidines (lanzando entre otras una última e ineficaz ofensiva contra el valle de valle de Panjsher) y a cerrar las fronteras con Irán y Pakistán, mientras que por otro lado intensificaban las acciones de espionaje, soborno de jefes tribales y coacción. Acciones que solía efectuar la policía secreta afgana o “KHAD” con apoyo de agentes del KGB.

1985 también sería el año en que los rebeldes cambiaron de estrategia, aconsejados por los agentes estadounidenses, los diferentes jefes tribales, que realizaban la guerra cada uno por su cuenta, decidieron aliarse en un movimiento de resistencia único con el objeto de coordinar ataques contra los soviéticos, lo cual incrementaría enormemente su efectividad. Los rebeldes afganos pasarían de una estrategia defensiva, dedicada a emboscar convoyes por carretera, asesinar a funcionarios del gobierno y realizar atentados terroristas a una estrategia ofensiva, en la que columnas de insurgentes lanzarían ataques contra las ciudades y campamentos soviéticos. Estos ataques los realizarían apoyados con el nuevo y abundante material de guerra que les habían entregado sus aliados norteamericanos, británicos y chinos: baterías de lanzacohetes, morteros de 120mm, lanzagranadas chinos que imitaban el RPG soviético, misiles antiaéreos FIM-92 “Stinger” e incluso tanques “Type 59” chinos.
(Además de todo el apoyo militar, EEUU aportaba 600 millones de dólares cada año al esfuerzo bélico rebelde)

La nueva situación con rebeldes armados hasta los dientes con misiles antiaéreos y lanzacohetes antitanque, impidió a los soviéticos poder seguir usando a gran escala sus helicópteros de ataque y aviones, que pasaron a una misión defensiva, protegiendo a los convoyes de suministros. Por otro lado, los salvajes ataques soviéticos contra las aldeas que suministraban comida a los insurgentes hacían que cada vez un mayor número de indignados afganos decidiera unirse a los rebeldes. Con la gran mayoría del país en contra estaba claro que la facción gubernamental apoyada por los soviéticos jamás podría imponerse.

A partir de 1986 el agotamiento soviético impulsó una nueva estrategia destinada a salir del embrollo, una estrategia similar a la “vietnamización” realizada por EEUU en sus últimos años de presencia en Vietnam, los soviéticos pasarían a la defensiva y el peso del conflicto lo llevarían a cabo los soldados gubernamentales afganos apoyados por la artillería y aviación soviética.

Un factor determinante en el abandono de la URSS de su campaña en Afganistán fue la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov, un nuevo líder de carácter reformista con un programa llamado “Perestroika” que pretendía llevar a cabo reformas económicas y sociales en la URSS y acabar con la Guerra Fría abogando por una distensión en las relaciones con Occidente y con China. La primera condición que ponían éstas potencias era la salida de las tropas soviéticas de Afganistán y Gorbachov decidió que a partir de 1987 las tropas abandonarían el país escalonadamente.

Mientras se reducía el número de efectivos, los soviéticos continuaron defendiendo las ciudades y realizando operaciones a pequeña escala. La única operación importante fue la limpieza de la carretera entre Gardez y Khost que se saldó con una victoria soviética. Una victoria final que les permitiría retirarse con el honor intacto.

Nada más comenzar el año 1989 los últimos soldados del Ejército Soviético cruzaron la frontera, abandonando Afganistán para siempre y finalizando así un largo conflicto que había sido un verdadero quebradero de cabeza para la URSS.
Los soviéticos no habían sido derrotados en el campo de batalla, habían sido derrotados en el terreno político y social, habían sido incapaces de ganarse al pueblo afgano y de doblegarlo, todo un fracaso propagandístico que sufría en su prestigio una de las dos mayores potencias mundiales. Pocos años después y pese a los intentos de reforma de Gorbachov, la URSS caería por su propio peso, agotada económicamente acabaría desintegrándose en un caos del que surgirían con mucho esfuerzo y sufrimiento las nuevas naciones de nuestros días.

La guerra de Afganistán costó en total a la URSS 12.000 muertos (9530 en combate), 50.000 heridos o enfermos y la pérdida de 400 tanques, 300 helicópteros y casi mil transportes de tropas (BMR y BMD). Estas cifras, ridículas en comparación con las sufridas con los norteamericanos en Vietnam, no supieron un coste demasiado alto para una potencia con una cantidad de población enorme como era la URSS, pero el coste económico, social y político del conflicto hicieron un daño tremendo que contribuyó en gran parte al agotamiento final de la Unión Soviética.

Para Afganistán la invasión soviética supuso la pérdida de 600.000 vidas (siendo casi un 80% muertes de civiles) y el desplazamiento a países vecinos de casi 5 millones de habitantes, una auténtica tragedia humana. Por otro lado, los continuos ataques soviéticos contra las zonas agrícolas destruyeron el sistema de irrigación, tan vital para la agricultura en un país tan árido y convirtieron los campos de cultivo en eriales, aumentando exponencialmente la pobreza y el hambre en el país.

Por otro lado, la guerra no acabó con la salida soviética, el régimen comunista afgano, dirigido por el Primer Ministro Najibullah consiguió resistir hasta abril de 1992, en que toma el poder un gobierno de transición. El 1 de septiembre de 1996 los Talibanes, integristas islámicos radicales, se hacen con el control del país, pasando a imponer su versión de la ley islámica con suma dureza, acabando con todo signo de modernidad y con la alfabetización y los derechos para la mujer que había impuesto el gobierno comunista.

Para los EEUU, la ayuda a los rebeldes se había saldado con una deliciosa victoria, pero una vez acabado el conflicto se desatendieron de Afganistán y no aportaron ayudas económicas para la reconstrucción del país, algo que indignó sobremanera a sus antiguos aliados, que a partir de entonces se dedicarían a apoyar el terrorismo internacional contra los intereses norteamericanos.

La organización terrorista Al Qaeda nació en 1980 al calor del conflicto de Afganistán, siendo en un comienzo un movimiento internacional de muyahidines de distintos países entrenados y financiados por la CIA y dirigidos entre otros por el joven saudí Ben Laden que pronto se convertiría en el líder más famoso de la organización.
Así pues, irónicamente, en su afán de combatir a la URSS, los EEUU sembraron las semillas de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y de la posterior intervención norteamericana en Afganistán contra Al-Qaeda y sus aliados talibanes, intervención que dura hasta nuestros días.
Nunca nadie ha conseguido nunca conquistar al pueblo afgano.

Por último y como curiosidad, anotar que Ahmed Shah Massoud, el famoso líder rebelde que tantos problemas había dado a los soviéticos en el valle de Panjsher, fue uno de los hombres que más activamente se opuso a los Talibanes, siendo el creador y líder de la “Alianza del Norte”, una alianza de tribus contrarias al integrismo de los talibanes. Dos días antes del 11 de septiembre de 2001, Massoud fue asesinado por un terrorista suicida de Al-Qaeda.

Fuentes:
“Rusia`s War in Afghanistan” de David Isby
“Tropas de Elite del Bloque Sovietico” de Steven J Zaloga y James Loop
“Mil Mi-24 Hind Gunship” de Alexander Mladenov
www.wilsoncenter.org/sites/default/files/WP51_Web_Final.pdf

© 2011 – Autor: Marco Antonio Martín García
Todos los derechos reservados.

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Categorías: Historia Militar y Grandes Batallas | 1 comentario

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